Un escritor de gran talento, el Sr. Jules Vallès, me tomaba
aparte el otro día, y, haciéndome el honor de nombrarme en medio de ilustres
novelistas, nos reprochaba el no escribir para el pueblo, de no ocuparnos de sus
necesidades, de despreciar la política, etc. En una palabra, no nos preocupamos
en absoluto de la cuestión del pan; y es un crimen que bastaría para
designarnos, en la próxima revolución, como rehenes.
En el fondo, el Sr. Vallès, quién tiene por las barricadas un inmoderado amor,
no admite que se ame otra cosa. Se sorprende de que uno pueda alojarse en otra parte
que no sea en los paveses amontonados, que se puedan soñar otros placeres,
interesarse por otras tareas. Yo respeto este ideal literario, reclamando por
supuesto el derecho a conservar el mío, que es distinto. Desde luego la
barricada es un buen tema para escribir. El Sr. Vallès lo ha demostrado con
frecuencia; pero no creo que sea más útil a los problemas de los panaderos del
pueblo que a los amores de Pablo y Virginia.
Théophile Gautier, al que le horrorizaba el pan, pretendía que esa
masa sosa e
insípida era una invención occidental tonta y peligrosa, imaginada por los
burgueses avaros y que les había costado unas cuantas revoluciones.
No usaré este argumento, aunque me parece tanto más
justo en relación con la
cuestión, que la literatura con la miseria pública.
Desde luego, nosotros no alimentaremos al pueblo. Pero los escultores tampoco,
ni los violinistas, ni los acuarelistas, ni los grabadores de camafeos, y en
general todos aquellos que se dedican a las profesiones artísticas.
Nosotros no escribimos para el pueblo; nosotros nos preocupamos poco de lo que
le interesa generalmente; es cierto, no somos del pueblo. El Arte, sea cual sea,
no se dirige más que a la aristocracia intelectual de un país. Me sorprende
que se puedan confundir.
Si una nación no se compusiese más que del pueblo, comprendería el reproche
que nos dirige el Sr. Vallès. ¡ Felizmente no es así !
Una nación se compone de capas muy diversas ( para usar una expresión
célebre), yendo de las más bajas a las más altas, de las más ignorantes a
las más ilustradas.
El pueblo, la muchedumbre, pena, se agita, sufre, es cierto, por mil
privaciones, justamente porque es el pueblo, es decir la masa apenas civilizada,
analfabeta, brutal. Pero una selección se va haciendo poco a poco en esta
multitud. Se destacan unos hombres más inteligentes, formando otra capa
intermedia, más cultivada, superior. Esta clase tiene ya unos gustos, unas
necesidades, unas aspiraciones, en definitiva un ideal totalmente diferente del
de aquellos de la capa inferior.
Y siempre se produce el mismo trabajo en la multitud. Siempre los seres de
élite se emancipan, se separan del populacho original, formando unas clases de
individuos cada vez más cultivados, cada vez más superiores.
La transformación completa, acabada, constituye la aristocracia. Por
aristocracia no me refiero a la nobleza, sino a toda la parte verdaderamente
inteligente de una nación. Pues el mismo fenómenos se produce en
sentido inverso, y las razas que fueron superiores regresan a menudo al
pueblo como consecuencia de el debilitamiento cerebral de las generaciones.
Y bien, mi querido colega, es a esta élite, nada más que a esta élite, a
quiénes nosotros nos dirigimos; no nos ocupamos más que de ella, no escribimos
más que para ella, y además nuestro arte es más delicado y refinado, cuanto
más se restringe nuestro público.
Esta aristocracia nos demuestra, comprando nuestros libros, que somos de su
agrado, que respondemos a una necesidad de su espíritu. Nosotros alimentamos su
inteligencia con un alimento que no es el pan del pueblo.
¿ Reprocha usted al Sr. Broder el no fabricar ómnibus
? ¿ Es culpable porque
no confecciona más que coches de lujo para los ricos ?
Y aún así, esta comparación no es la más adecuada, pues el novelista podría
ser útil al pueblo si el pueblo supiese comprenderlo e interpretarlo.
No se nos puede pedir más que una cosa: el talento. Si no lo
tuviésemos,
seríamos candidatos a ser fusilados; si lo tenemos, es nuestro deber emplearlo
únicamente para las personas más cultivadas, que son los únicos jueces de
nuestros meritos, y no para aquellos mezquinos, para los que nuestro arte es
desconocido.
Pero, si el pueblo fuese capaz de leer a los novelistas,
a los auténticos
novelistas, podría encontrar allí la más útil de las enseñanzas, la ciencia
de la vida. Todo el esfuerzo literario de hoy tiende a penetrar en la naturaleza
humana y en expresarla tal como es, en explicarla en los límites de la estricta
verdad.
¿ Que mejor servicio se puede rendir a un país que el de enseñarle lo que son
los hombres, a que clase pertenecen, enseñarle a conocerse a él mismo ?
Esta es, convengo, la menor preocupación de los novelistas. Ellos se dirigen
solamente a la cabeza de la nación; como los políticos se ocupan de los bajos.
Y esté seguro, mi querido colega, que, a pesar de todo vuestro talento, el
pueblo se burla bastante de vuestros libros, a los que no ha leído, y los que
verdaderamente os aprecian son aquellos que incluso desprecian la política.
¡El pueblo ! Desde luego merece interés, piedad, esfuerzos; pero
pretenderlo todopoderoso, quererlo dirigente equivale a realizar el viejo dicho popular:
poner el carro antes que los bueyes.
En razón directa, por desgracia, de su grosería. A medida que se afina, deja
de padecer.
En el otoño quise ir a ver a esos miserables que trabajan en las minas, esos
forzudos condenados a la noche eterna, a la húmeda noche de los profundos
pozos.
Salía del Creusot, ese admirable encierro. Allí, los hombres, la élite de los
obreros, viven apacibles en ese horno encendido día y noche, que ilumina su
carne, sus ojos, su vida. Permanecer ocho días junto a esos horribles braseros
parecería un suplicio para las fuerzas humanas a cualquier habitante de una
ciudad. Esos jóvenes pasan su existencia en ese fuego, y no se quejan nunca,
únicamente porque trabajan., porque son inteligentes, instruidos, porque se
esfuerzan, mediante el trabajo, en mejorar la suerte que les ha proporcionado la
inconsciente naturaleza.
En Montceau es otra cosa. La masa de obreros
pertenece a la última clase del
pueblo. No son capaces, más que de desplazar la carretilla y de horadar las
negras galerías de hulla. Aquellos no pueden dedicarse a ninguna tarea que
demande un trabajo del espíritu. También tratan de matar a sus jefes, los
ingenieros. Su suerte no es tan miserable como se cree; pero su salario es
mínimo. ¿ De quién es la culpa ?
Es una extraña región esa región del carbón. A derecha, a izquierda, una
llanura se extiende sobre la que planea una nube de humo. De lugar en lugar, en
este campo desnudo, se perciben singulares construcciones que coronan altas
chimeneas. Esos son los pozos.
La ciudad es oscura como frotada de carbón. Una polvareda negra flota por todas
partes, y, cuando un rayo la atraviesa, brilla de pronto como cenizas de
diamantes.
El lodo de las calles es como una pasta de carbón. Se sienten crujir bajo los
dientes pequeños granos que se tragan y se aspiran con el aire.
A la derecha, inmensos edificios totalmente negros arrojan un vapor sofocante.
Es allí donde se preparan los aglomerados.
El polvo de las minas, diluido en el agua, cae en unos moldes y sale bajo la
forma de ladrillos en medio de toda una serie de ingeniosas operaciones que
realizan unas máquinas movidas por el vapor.
Aquí hay una verdadera tropa de mujeres ocupadas en seleccionar el carbón.
Parecen negras cuya piel, en algunos sitios, está salpicada de manchones
pálidos; y miran con ojos brillantes, descarados. Algunas, se dice, son bellas.
¿ Cómo adivinarlo baja esa máscara negra ?
Saliendo de esa sombría fábrica, se ve una mina a cielo abierto. La veta de
hulla a flor de tierra desciende poco a poco, hundiéndose oblicuamente. Para
alcanzarla habrá que profundizar hasta cuatrocientos metros.
Luego se atraviesa la llanura para llegar a una de esas
construcciones de alta
chimenea que indican la apertura de los pozos. En todo instante es necesario hay
que atravesar vías; en todo momento, un tren de hulla llega yendo de las minas a
las fábricas, de las fábricas a las minas. Todo el campo está surcado de
locomotoras que humean, de vagones que descienden solo las pendientes. Es una increíble
red de raíles extendidos como hilos negros sobre el suelo gris donde
crece una hierba enferma.
Nos acercamos a los pozos Sainte-Marie.
A flor de tierra bajo una capa de arena, se percibe un gran cuadrado de
pequeños sombreros de fundición que coronan unas válvulas. Y de todas esas
tapaderas salen delgados chorros de vapor. Un calor terrible se desprende. Están encima de las calderas.
La máquina de al lado, instalada en un bonito edificio, marcha lentamente,
haciendo girar un pesado volante de un modo pausado y regular.
Dos ruedas colosales desenrollan el cable de hilos metálicos que desciende y
remonta los ascensores que sirven para descender a las entrañas de la tierra-
Se nos prestan dos cascos; se nos da a cada uno una pequeña lámpara rodeada de
una tela metálica. Nos apretamos en la gran caja móvil que va a hundirse en el
pozo negro. El ingeniero grita: « ¡ En marcha ! ». Un timbre indica que vamos
a cuatrocientos metros. La máquina se mueve. Descendemos.
Se hace la noche, la noche fría, húmeda. Una abundante lluvia cae de las
paredes de los pozos sobre nuestro extraño vehículo, cae sobre nuestras
cabezas, discurre sobre nuestros hombros. A veces, una corriente de aire nos
azota el rostro cuando pasamos ante una galería. Uno apenas se tiene de pie, en
tanto es sacudido en esta máquina.
Pero unas voces, lejanas como en un sueño, salen del fondo de la tierra. Se
habla, en bajo, allí abajo, bajo nosotros. Llegamos. El descenso ha durado
cinco minutos.
Las galerías tienen pocos hombres. Los obreros van al trabajo a las cuatro de
la mañana y suben al día a la una y media. Me gustaría más esto que
los hornos de Creusot.
No se ve nada, más que charcos de agua, en un estrecho
subterráneo. El agua
chorrea por los muros, discurre en rápidos arroyos, deslizándose entre las
piedras.
Otro ruido nos sorprende: ese ruido continuo y sordo de las máquinas de
vapor. Es una máquina, en efecto, que bebe esta agua y la arroja afuera, a cuatro
cientos metros por encima de nosotros. Y he aquí, siempre en la sombra, un
amplio estanque donde deposita esa bomba, donde se aglutinan todos los
flujos de la mina.
Por fin la vista se acostumbran a la sombra. Caminamos, apretados tras el
ingeniero; pues, si se perdiese alguien en las galerías, ¿ cómo y cuando
podría salir ?
Caminamos mucho tiempo. Unos mosquitos nos zumban en los oídos, viviendo no sé
como en esas profundidades.
Nos aplastamos contra la muralla. Pasa una vagoneta de
hulla. Es arrastrada por
un caballo blanco que va a un paso lento y resignado. Pasa. Un calor de vida, un
olor de estiércol nos golpea: es la cuadra. Quince animales están allí,
condenados a esas tinieblas desde hace años, y que no volverán a ver más el
día. Viven en ese agujero, hasta su muerte. ¿ Tienen esas bestias el recuerdo de las llanuras, del sol y de las brisas ? ¿ Una imagen lejana se aparece en
sus oscuras inteligencias ? ¿ Sufren la vaga y constante añoranza del cielo
claro ?
A veces, cuando una de ellas cae enferma, se la sube una noche, pues la luz del
día la volvería ciega. Se la sube y se la deja libre, sobre la tierra.
Asombrada, levanta la cabeza, aspira el aire fresco,
se estremece, mueve el
cuello como para asegurarse que nada la retiene; luego se lanza apasionadamente.
Se lanza, pero una extraña fuerza la retiene, pues se pone a girar como en un circo, a dar vueltas en un estrecho
círculo, a gran galope, como una loca. Es inútil atarla: no saldrá de esa pista, hasta el momento en el que caerá
exhausta, borracha de aire.
Encontramos por fin las canteras. Dos murallas negras y brillantes, a la
derecha, a la izquierda, unos agujeros se hunden dentro. Fuertes pértigas retienen el
carbón sobre nuestras cabezas, todo un entramado complicado que es necesario cambiar cada vez que se ataca una nueva capa.
Helo aquí entonces ese tenebroso dominio de los mineros. Tenebroso, es
cierto; pero los hombres, cada día, lo abandonan a una hora. ¿ Están peor que
los miserables empleados que ganan mil quinientos francos al año y que están
encerrados de la mañana a la noche en unos despachos tan sombríos que el gas
debe iluminarlos todo el día ?
Yo no creo nada, y, si hubiese que elegir, me gustaría tal vez más ser minero.
19 de noviembre de 1883
Traducción
de José M. Ramos González para
http://www.iesxunqueira1.com/maupassant
Versión
en francés: http://maupassant.free.fr/cadre.php?page=oeuvre