EN EL MUSEO DE HISTORIA NATURAL
( Au muséum d'histoire naturelle )

Publicado en Le Gaulois, el 23 de marzo de 1881

      En nuestra memoria, en ese almacén de antigüedades de las sensaciones e ideas, nos encontramos a veces, de pronto, un viejo recuerdo olvidado, que nos hace revivir en un segundo todo un periodo lejano de nuestra existencia.
      Despertándome el otro día tuve una de esas visiones de antaño, uno de esos recuerdos de la primera juventud, que me dejó en el corazón una irresistible necesidad de volver allí, allí, a ese Jardín de las Plantas que tanto amé cuando tenía diez o doce años.
      Y allí fui, caminando.
      Después de haber dejado atrás las avenidas, entré por la puerta enfrente al puente. Me detuve sorprendido advirtiendo en medio de este antiguo dominio de animales exiliados, un auténtico palacio, casi acabado, una gran construcción blanca, de noble estructura, elegante y sencilla.
      Iba a preguntar a algún guardián, cuando vi venir a mi encuentro a uno de mis mejores amigos, el Sr. Georges Pouchet, profesor de anatomía comparada en el Museo de historia natural, heredero, por tanto, de la cátedra del gran Cuvier. Era uno de los maestros de la casa de ciencia donde yo entraba. Tomé su brazo, y comenzamos juntos un verdadero viaje a través de esas curiosas galerías que encierran los misterios de la vida.
     - En primer lugar, querido, ¿Qué es ese edificio nuevo ?
     Supe por él que tenía ante mis ojos el nuevo Museo. Toda el antiguo edificio estaba en ruina, se había vuelto insuficiente. Y se construyó para sustituirlo, este elegante palacio donde las colecciones estarían holgadas y en consecuencia podrían ser visitadas por el público sin que hubiese que atravesar veinte veces el jardín, como hoy se hacía.
      No me detendré mucho en aquellas partes de mi paseo que todo el mundo puede realizar. Me parece que realizaba un peregrinaje en ese lugar en el que había ido tan a menudo en mi infancia; y los detalles que me daba mi sabio acompañante eran como revelaciones sobre lo más ínfimo del Ser.
      Volví a ver de nuevo a los animales feroces, a nuestros hermanos los monos, pequeños animales con nombres insólitos, pero de una gracia enternecedora, y la más bella colección de antílopes que se halle en ningún jardín zoológico. Una familia sobre todo retuvo mi atención durante tiempo: los tres animales, el macho y dos hembras, de un pelaje casi blanco que parecía volverse rosado, de patas frágiles, de musculosos muslos, fornidos de grupa, con unas cabezas de ciervo con grandes ojos negros, coronadas con un par de cuernos desmesurados parecidos a largas cañas curvadas, corrían a brincos, con una inolvidable elegancia.
      En la rotonda de los elefantes, un joven rinoceronte se hizo amigo mío.
      Pasaba entre dos vigas de madera su larga cabeza de monstruo mal hecho, semejante a un cabo rematado por un faro, mientras que sus ojos, demasiado bajos, daban la sensación de hundirse en su mandíbula. Yo acariciaba a esta figura deforme y dócil, cuando un guardián vino a charlar con nosotros y me contó que un día, mientras él limpiaba la jaula de su pensionista, aquél, por broma tal vez, o únicamente por agradecimiento, lo había lanzado de un solo golpe con su montañosa nariz, como una bala en el espacio.
      Nos detuvimos ante los pájaros, las zancudas, filósofos soñadores, flamencos y marabúes amarillos como senadores, cuya cabeza parece roída por un ratón, y ante los pelícanos con su bocio que me recordaron una aventura acaecida en el Havre el año pasado:

      Esta ciudad posé un buen acuario. Las grandes piscinas de vidrio llenas de enormes bogavantes, pulpos, cangrejos, etc., iluminados desde afuera por el sol, se encuentran rodeando una especie de caverna oscura donde entra el público. Un monstruoso pelícano libre y domesticado vive también en este tipo de gruta y se pasea, todo el día, entre las piernas de los visitantes.
      Dos campesinos, el hombre y su esposa, viejos paletos cortos de ideas, habían venido a visitar el Havre. Después de haber paseado todo el día por las calles, rodeando avenidas, recorrido los espigones, llegaron por la tarde al acuario, entraron en la gruta donde nada se distinguía, y, encontrando un banco en un rincón, se sentaron. Estaban extenuados por el cansancio; se durmieron, y el guardián, cerrando las puertas, no se percató de su presencia en la penumbra.
      Era el momento de la luna llena. El astro, con todo su brillo, arrojó pronto en la gruta, a través del agua del mar verdoso de las piscinas, una claridad fantástica. Todas las extrañas bestias del océano se agitaban bajo esta luminosidad nocturna, se perseguían, bajo unos exagerados efectos ópticos que los convertía en gigantes.
      Los dos viejos se encontraban como en su cama, y soñaban con su casa sin duda, cuando una sensación singular, unos roces, unas caricias de plumas, luego de unos golpes agudos, los despertaron con un sobresalto.
      El pelícano los había descubierto. Repugnante, abriendo el pozo sin fondo de su garganta y batiendo las alas, les picaba con su inmenso pico para pedirles algo que comer. Se llevaron un susto espantoso. El horror de ese lugar que no reconocían, los monstruos diabólicos que nadaban por todas partes, la infernal luz que los iluminaba, esa gruta horrible, habitada por este ser espantoso, ¡ era el infierno con el diablo ! ¡Estaban muertos ! ¡ Era el diablo !
      Entonces comenzaron a huir, tropezaron con el hielo, las rocas, perseguidos por la bestia y profiriendo unos aullidos tan agudos que los paseantes los oyeron. Se despertó al guardián, y los dos viejos fueron expulsados. Pero su terror había sido tan vivo que cayeron enfermos y no curaron quizás nunca.

      Después de haber saludado a la Venus hotentote, morena rival de la Venus de Milo, y tras recorrer la sala de los monstruos con dos cabezas y la avenida cubierta donde unas ballenas están suspendidas, entramos en el pabellón de mineralogía. Lo que más admiré fue un dibujo de Henri Regnault; pero lo que más me sorprendió fue un bloque de hierro traído de tierras polares.
      Se ha creído durante mucho tiempo que este metal, recogido en Laponia, en medio de los hielos y donde se encuentra en bastantes cantidades, había caído del cielo: se le había clasificado entre los aerolitos, pero los sabios, más tarde, cambiaron de opinión, y se ha reconocido que unas erupciones volcánicas debían haberlo arrojado desde el centro de la tierra.
      Lo que tiene de extraño, es que el hierro enterrado tantos siglos en el hielo, ¡ rezuma calor ! - Sí, rezuma, se funde; unas gotas de agua rojiza salen del metal que se corroe, como si sudase. Con el frío, esta singular transpiración se detiene; pero, cuando llega la primavera, el misterioso fenómeno vuelve a comenzar y la sudoración reaparece sobre la superficie del bloque.

      Saliendo enseguida del Jardín de las Plantas y atravesando la calle Buffon, entramos en los bastidores de la ciencia, en el laboratorio de anatomía comparada que dirige el Sr. Georges Pouchet.
      Es un edificio cuadrado, muy parecido a uno de esos fuertes que protegen las plazas. Incluso tiene fosos, casi almenas.
      El despacho del profesor es amplio, rodeado de osamentas de todo tipo, cubierto de esqueletos, de vestigios de seres.
      Sobre la inmensa mesa, libros, papeles, microscopios, instrumentos de disección, de vivisección, mandíbulas y una cantidad de pequeños fragmentos cuadrados de cristal. Mirando estos de cerca, se puede apreciar que están formados de dos láminas muy delgadas, aplicadas la una sobre la otra y encerrando una muestra casi imperceptible, una mancha amarillenta, una línea marrón; y se lee sobre el anverso: « Fibras musculares de la ballena » - Sobre otra placa, donde aparece algo rojizo, dice: « Mandíbula del conejo !» Luego, al lado de ésta, en un cartón azul que parece secular, un sombrero de forma alta, un viejo, viejo sombrero de antaño, alargado por los bordes, con mucho fondo; y dentro: « A la Ciudad de Poitiers - Lapeyriére, sucesor del Sr. Petitjean, sombrerero oficial de Sus Altezas el príncipe de Condé y el duque de Bourbon, en París - calle de la Vieille-Boucherie, nº 12, bajo el puente Saint-Michel. »
      Esta reliquia, pues lo es, es el sombrero del gran Cuvier, hallado por su sucesor.
      En las salas contiguas, un olor singular penetra en la garganta, un olor fuerte y desagradable, que provoca picor en las fosas nasales y levanta el corazón: es el perfume de las conservaciones. Por todas partes se ven grandes cubas cuidadosamente recubiertas, en forma de bañera, con pies debajo, para evitar que el cierre se abra. El profesor, alegre, se frota las manos como un coleccionista monomaniático abriendo el armario de sus objetos insólitos: 
      - Va a ver usted mis ballenas - dijo.
      Descubre una cuba, y una sofocante bocanada me salta al rostro; cuando me aproximo de nuevo, se percibe vagamente algo oscuro y alargado; se trata de una ballena de tres meses; al lado, una de seis semanas; luego otra todavía, una serie de fetos monstruosos.
      Luego se pasa revista a la colección de los órganos de una ballena adulta. Helos aquí al natural en la olorosa cuba; helos aquí moldeados en escayola. Los encuentro preferibles bajo esta última forma.
     Las dependencias exteriores del laboratorio resultan, para un profano, más curiosas que el laboratorio en sí.
     En medio de un terreno desnudo se eleva un pequeño edificio que recuerda a la Morgue; y, cuando se penetra dentro, uno se cree más que nunca en ese siniestro pabellón de los ahogados. Se encuentran allí incluso las losas frías bajo el agua que discurre siempre. Me aproximo a un barreño y, a través de un líquido verduzco, una cabeza me mira, una cabeza horrorosa, descompuesta, putrefacta. Pues este no es más que el lugar donde los animales muertos, de los que se quiere conservar el esqueleto, son despojados de su carne. En medio de la sala se eleva una especie de grúa con un elevador como en las estaciones del ferrocarril. El Sr. Pouchet me informa de que ese instrumento sirve para elevar a los elefantes muertos.
     Salimos y me encuentro al borde de un río, un pequeño riachuelo en putrefacción, negro, infecto, el auténtico río en el que debe vaciarse ese reino de carroñas. Es el Bièvre, el triste Bièvre, ese arroyo antaño encantador, con su nombre de tísico, convertido en alcantarilla pútrida, asolado por las industriales, condenado por los ingenieros; el Bièvre avergonzado de sus fangos, oculto hoy bajo tierra, no atreviéndose a mostrarse al sol.
      Pero hete aquí que, por el cristal roto de una especie de invernadero, se me aparece un amasijo de huesos. Parecen desordenados, como si fuesen arrojados allí tras una salvaje batalla, y unos lugares negros muestran vestigios de sangre. Son sobrantes en los trasteros de la anatomía . En este cementerio vienen a coger con alegría los sabios de provincias que completan así sus colecciones. Encima está la galería de esqueletos a conservar, abarrotada hasta las puertas de todos las muestras y de todas las especies, numeradas, clasificadas, alineadas en un orden admirable. Se creería estar en el extraño y siniestro museo de algún carnicero coleccionista y fantástico. Varios de estos restos valen miles de francos.
      Entramos luego en una cueva que me ha parecido el purgatorio de los animales.
     En la vaga claridad de ese lugar, pueden verse inmensos pájaros disecados, seres monstruosos gesticulando dentro de unos tarros de alcohol etílico, serpientes enroscadas, bestias de todas las formas, y, encima de sus cabezas, solo en una sala hecha a su medida, demasiado enorme para entrar en las galerías abiertas al público, como si esperase también su día de liberación, un mastodonte horroroso, antiguo monstruo de una especie desaparecida, irguiendo hasta la gigantesca bóveda su prodigioso esqueleto, totalmente emblanquecido por los siglos. 
     Como yo mostrase al Sr. Georges Pouchet un tarro conteniendo un feto, preguntándole por que el alcohol se había vuelto rojo y cubierto de una especie de espuma, él me respondió:
     - No lo sé; se produce en todo esto una multitud de reacciones, unas más desconocidas que otras.
     Y yo pensaba:
     - Siempre será así. Los sabios buscarán sin cesar lo desconocido. Y por tanto el gran paso está hecho. Se camina en la certitud, hacia la certitud; se sabe que todo efecto tiene una causa lógica, y que, si esta causa se nos escapa, es únicamente porque nuestro espíritu, nuestra penetración, nuestros órganos y nuestros instrumentos son demasiado débiles.

23 mars 1881

Traducción de José M. Ramos González para http://www.iesxunqueira1.com/maupassant
Versión en francés: http://maupassant.free.fr/cadre.php?page=oeuvre