CARTA DESDE ÁFRICA
( Lettre d'Afrique )
Publicado en Le Gaulois, el 20
de agosto de 1881
Djelfa, 10 de agosto.
Mi querido director,
Sé que varios periódicos argelinos han
respondido con acritud a mis artículos sobre Argelia. Como me he encontrado
casi siempre en camino, ninguno de esos artículos me ha caído bajo los ojos.
No lo he oído más que por extranjeros, y por consiguiente me resulta muy difícil
saber justamente lo que contienen.
He aquí sin embargo, eso creo, los puntos sobre
los que más se me ha criticado. He escrito que el mundo arrojaba en Argelia sus
aventureros. Sobre esto, un periódico local me ha respondido: « ¡ Aventurero
usted mismo ! » El argumento me ha alegrado y abierto horizontes. Como tengo la
intención de añadir a mis críticas sobre Argelia la de la detestable cocina
que se come en ese país, espero leer dentro de algunos días otras injurias
análogas a la primera, y me estremeceré ciertamente sabiendo que yo mismo soy
un mal cocinero o un detestable peluquero, si protesto contra el modo en el que
se me ha cortado el pelo. En cuanto al fondo de la cuestión, manifiesto que es
imposible pasar media jornada con un argelino inteligente y amante de Argelia
sin oírle exaltarse con violencia, y quizás con razón, contra la oleada de
aventureros extranjeros que se han arrojado sobre su país.
Que no se dice contra los españoles que pueblan
toda la provincia de Orán, contra algunos italianos cuyo dinero cuesta caro a
aquellos que están apurados, y contra los judíos cosmopolitas cuya
exterminación por los árabes seguiría de cerca sin duda, por la de los
españoles si los franceses dejasen de repente de ocupar el país.
A propósito de los alfalferos españoles
masacrados, permítame abrir un paréntesis. Acabo de recorrer todo el país que
ocupaban, y he oído hablar mucho de ellos por personas seguramente imparciales
y que se desesperaban de la huida de los supervivientes. Ahora bien, he aquí mi
convicción: se se les ha matado, es su falta mayor que la nuestra.
La historia nos ha enseñado como el español se
comporta ordinariamente en un país conquistado: con que violencia trata a los
vencidos.
Y bien, me parece evidente que los españoles han
seguido en Argelia su costumbre nacional; y que no es que hayan inflingido duros
tratamientos a los árabes cuyos territorios ocupaban sino que privaban de
trabajo acaparando la recogida de alfalfa. Fueron las tribus en medio de las que
vivían esos extranjeros quienes los han masacrado, y no los jinetes de Bou-Amama.
Ahora bien, ningún francés ha sido muerto; la vía del ferrocarril que
atraviesa el país no ha sido saboteada; y las personas obligadas por sus
funciones de recorrer esta tierra me han afirmado que serían mucho más seguras
en medio de una tribu insurgente que en medio de uno de esos grupos de
alfalferos que vivían aislados sobre las altas llanuras. ¿ A quién
sorprende esto ? esos emigrados eran en su mayoría los deshechos de su nación.
Es la regla, por otra parte; lo que rechaza un país no constituye
ordinariamente lo que mejor posee. Unos españoles establecidos en Argelia, y
bien visto bajo todos los informes, no me han parecido lejos de pensar así.
De donde yo concluyo que las reivindicaciones de
España, muy profundas en principio, lo son, de hecho, mucho menos.
Ahora bien, si ocurriera que los franceses,
tentados por el dinero que se puede ganar en la industria de la alfalfa ( en los
talleres de Aïn-el-Hdjar, las mujeres están pagadas hasta cinco francos al
día ), si llegara ese día, digo, que unos franceses, tentados por esos
beneficios, emigrasen a su vez y viniesen en masa aquí, usted entendería a los
españoles dar esos gritos, pues ellos esperan, esos fugitivos, que la cuestión
de la indemnización sea arreglada entre ambos países, y nosotros no tardaremos
en verlos regresar en más grande número todavía que antes.
Se me reprocha, por otro lado, haber afirmado que
Francia enviaba aquí a sus funcionarios inservibles. No es así, parece. Tanto
mejor. Me gustaría solamente saber si ha sido así y sino, durante mucho
tiempo, enviados a la colonia a buen número de autoridades de difícil
colocación en la madre patria.
En el fondo sobre todo he querido testimoniar,
creo, la simpatía que el árabe me ha inspirado a primera vista, y de la
indignación que me ha embargado descubriendo cuales son los procedimientos que
la civilización emplea hacia él.
En París no tenemos ninguna sospecha de lo que
se piensa aquí.
Nos imaginamos buenamente que la aplicación del
régimen civil es la inauguración de un régimen de bonanza. Es, al contrario,
en la esperanza de la mayoría de los argelinos, la señal de la exterminación
del árabe. Los periódicos más hostiles al sistema de las oficinas árabes
publican a todo instante unos artículos con títulos como estos: « ¡ Más
arabefóbicos !» lo que equivale a este grito: « ¡ Vivan los arabefóbicos !
» La palabra de moda es: « ¡ Exterminación ! » el pensamiento: « ¡
Quítate de ahí que me pongo yo !» ¿ Quién habla así ? - Unos argelinos de
Argel que dirigen los asuntos en la plaza del gobierno. Ellos no han visto otros
árabes que los que les enceran las botas: éstos hacen de la colonización una
habitación y de la cultura una túnica.
¿ Han recorrido su país ? - Jamás. ¿ Han
pasado ocho horas en un cuartel militar; luego ocho horas en una comuna, junto a
un administrador civil, para aprender el modo en que los dos principios son
aplicados ? - Jamás. Ellos exclaman: « ¡ El árabe es un pueblo ingobernable,
es necesario arrojarlo al desierto, matarlo o darle caza; nada de medios. »
Entonces se parte para el interior del país con
las ideas que los periódicos argelinos les han inculcado. Se gana un cuartel
militar y se presentan ante esos legendarios capitanes de los negociados
árabes, esos feroces ogros, esos monstruos, ¡¡¡ esos espoliadores !!! Se
encuentran hombres encantadores, instruidos, llenos de reflexión, de dulzura y
de piedad por el árabe. Ellos dicen: « Es un pueblo infantil que se gobierna
con una palabra. Se hace lo que se quiere, tan solo basta saber tomarlo. » ¿
Sabe usted lo que hacen esos capitanes del negociado indígena ? - Defienden al
árabe contra las vejaciones y las exacciones del colono.
Entonces usted dice: « Entiendo: es un papel
nuevo que ellos representan para destrozar la autoridad civil. Es una buena
guerra. Vamos a ver la tienda de al lado. » Y se cae en un país gobernado por
un administrador de levita. A sus preguntas, él responde: « ¡Oh ! mis ideas
han cambiado desde que estoy aquí. En Argel, pensaba de otro modo. Con la
justicia, firmeza y la benevolencia severa, se hace lo que se quiere del árabe.
Es dócil y siempre dispuesto para las faenas. Tiene algo de niño y de mujer.
Es suficiente saber tomarlo. »
La estupefacción os embarga. Y se exclama: «
Entonces nosotros somos terriblemente culpables. ¡Cómo! este pueblo que trata
de sobrevivir con sentido, los ciudadanos no hablan nada menos que de
exterminarlo y de cazarlo en el desierto, sin ocuparse del modo en que se le
sustituirá. »
Él se revuelve, dice usted; pero ¿ es cierto que se
le expropia y que se le pagan sus tierras a una centésima parte de lo que
valen? Se revuelve - ¿ Es cierto que, sin razón, incluso sin pretexto, se le
toman propiedades que valen aproximadamente sesenta mil francos y se les da como
compensación una renta de trescientos francos por año ?
Se les ha reconocido el derecho de recorrer en
SUS BOSQUES, único medio que les queda de hacer pastar su ganado cuando todas
las llanuras están secas por el sol y cuando se le ha cerrado la entrada del
Tell; pero ¿ es cierto que la administración forestal, la más liosa y la más
injusta de las administraciones argelinas, ha puesto casi la totalidad de esos
bosques en defensa y hace proceso tras proceso a los pobres diablos cuyos cabras
pasan los límites, límites que únicamente puede apreciar el ojo experto de
los forestales ?
¿Que ocurre entonces ? los bosques se queman.
Ellos queman en este momento por todas partes:
miles de hectáreas son devoradas, partes del país están arruinadas por el
fuego. Se ha visto, de lejos, a los incendiarios. Y se grita:
«¡Exterminación! » Pero, es justamente cuando se le extermina cuando se
revuelve ese pueblo.
Lo que yo digo, por otra parte, quizás no es oficial
por parte del negociado árabe, pero no que no lo piense y no lo diga a la
primera ocasión.
Pero en Argel, las personas sedentarias y
competentes no ven más que los errores y los vicios del árabe. Repiten sin fin
que es un pueblo feroz, ladrón, mentiroso, sarnoso y salvaje. Todo esto es
cierto. Pero, al lado de los defectos, hay que ver las cualidades.
Yo habría tal vez cedido y aceptado finalmente
la manera de ver unos fogosos argelinos, si no hubiese aprendido de golpe, por
el virulento artículo de un pequeño periódico local, que se funda en este
momento, en París, una sociedad protectora de los indígenas argelinos.
A la cabeza de esta sociedad, se ven los nombre
de los Sres. de Lesseps, Schoelcher, Elisée Reclus, etc., etc.
Ahora bien, si los indígenas tienen tanta
necesidad de ser protegidos, es entonces que se los oprime. ¿ Quién los oprime
? No soy yo seguramente.
Entonces es el argelino. Verdaderamente si unos
hombres como los Sres. Lesseps y Elisée Reclus reconocen que hay que socorrer a
ese pueblo, de igual modo que a los animales que protege la ley Grammont, es que
es muy necesario venir a su socorro.
Aquí, en el interior, completamente al sur de la provincia donde me encuentro
en este momento, los argelinos salidos de Argel admiten perfectamente la
utilidad de esta sociedad.
He dicho igualmente que se perdía en este país
la noción del derecho. Es tan cierto que no he podido impedir reírme a mi vez
viendo un conductor de coche pagar a golpe de porra dos perdices compradas a un
árabe. Aquí, se ha acostumbrado a la injusticia, tanto se vive en la
injusticia; pero yo desafío a un francés cualquiera a no indignarse
vehementemente si él pasa, como yo acabo de hacerlo, veinte días bajo la
tienda, en medio de los árabes, yendo de tribu en tribu.
Y sin embargo, los negociados árabes están
animados de un espíritu de justicia que me ha sorprendido enormemente; los
administradores civiles están, para la mayoría, con las mismas ideas. Pero ¿
qué quiere usted ? está tomada la costumbre, y Argel pasa a la rueda.
Perdón por esta larga carta. Parto para el oasis
de Laghouat, y seguiré a continuación hacia el sur de la provincia de Argel y
de Constantine por Aïn-Rich y Bou-Saada. Se dice que las tribus de esta parte
están trabajadas y que un movimiento tendrá lugar cuando acabe el Ramadán. Le
hablaría incesantemente de este país, del que no existe incluso ningún mapa y
que pocos viajeros han visitado. Los oficiales de los negociados son casi los
únicos que lo conocen. Es con dos oficiales con los que parto.
20 de agosto de 1881
Traducción
de José M. Ramos González para
http://www.iesxunqueira1.com/maupassant
Versión
en francés: http://maupassant.free.fr/cadre.php?page=oeuvre