CUESTIÓN LITERARIA
( Question Littéraire )
Publicada en Le Gaulois, el 18 de
marzo de 1882
El notable escritor que firma bajo el nombre de Nestor en el Gil Blas
ha consagrado un largo artículo a la discusión de mi última crónica, donde
yo apreciaba el volumen de mi colega J.-K. Huysmans.
Mi contradictor habiendo puesto en su crítica en
la picota a todos aquellos que él llama los nuevos novelistas, apreciando su
método y juzgado su poética, deseo volver sobre este tema.
Y de entrada, en principio, declaro a mi
amable colega que creo en todos los principios literarios inútiles. Solo
la obra vale algo sea cual sea el método del novelista. Un hombre de talento o
de genio pone como preceptos sus cualidades e incluso sus defectos; y he aquí
como se fundan todas las escuelas. Pero, como es en virtud de las reglas
establecidas o aceptadas por los escritores de un temperamento diferente, que se
atacan los libros del rival, las discusiones tienen de excelente que pueden
servir a explicar las obras y hacer comprender la legitimidad de las
reivindicaciones artísticas, el derecho de cada literato de comprender el arte
a su manera, en el momento en el que está dotado de suficiente talento para
imponer sus puntos de vista.
Ahora bien, yo he dicho, hablando de las novelas
de Dumas padre ( y de ahí viene la disputa de Nestor ) que un invencible
aburrimiento me invade con la lectura de esta acumulación de increíbles
invenciones; y, siendo consciente de la cólera que iba a despertar en los
admiradores de los Tres Mosqueteros, tuve cuidado de ponerme al abrigo detrás
de esta frase de Balzac: « Uno está verdaderamente enfadado de haber leído
esto. No queda nada más que el disgusto consigo mismo por haber perdido de ese
modo el tiempo.»
Yo admiro infinitamente la imaginación, y la
pongo a la misma altura que la observación; pero creo que, para poner en una
obra la una o la otra, de modo que se haga decir a los verdaderos artistas: «
He aquí un libro », es necesario un tercer don, superior a los otros dos y que
le faltaba a Dumas, a pesar de su prodigiosa capacidad de contador. Ese don es
el arte literario. Quiero decir esa cualidad singular del espíritu que plasma
en una obra no sé que de eterno, ese color inolvidable, cambiante con los
artistas, pero siempre reconocible, el alma artística en definitiva que se
encuentra en Homero, Aristófanes, Esquilo, Sófocles, Virgilio, Apuleyo,
Rabelais, Montaigne, Saint-Simon, Corneille, Racine, Molière, La Bruyére,
Montesquieu, Voltaire, Chateaubriand, Musset, Hugo, Balzac, Gautier, Baudelaire,
etc., etc., y que no está en las novelas de Dumas padre más que en aquella del
Sr. Cherbuliez, al que yo citaba también el otro día. La señorita de Scudéry,
el vizconde de Arlincourt, Eugène Sue, Frédéreic Soulié, han turbado sus
generaciones. ¿ Qué queda de ellos ? Lo que quedará de Dumas padre cuando su
hijo haya desaparecido. Nada más que un recuerdo, aunque Dumas sea, a mi
parecer, infinitamente superior a los que acabo de citar.
Don Quijote, esa novela de novelas, es una
obra de imaginación, y, aunque traducida, nos da la sensación de una maravilla
de arte inestimable. Gil Blas es una obra de imaginación, Gargantua
igualmente, y también el adorable libro de Gautier, Mademoiselle de Maupin.
Y ellos vivirán eternamente, porque están
animados de ese soplo vivificante.
Fuera del arte, no hay salvación. El arte, ¿ es
eso el estilo ? se preguntarán. Seguramente no, aunque el estilo sea una gran
parte. Balzac escribía mal; Stendhal no escribía; Shakespeare traducido nos
produce levantamientos de admiración.
El arte, es el arte, y no sé más.
Opium facit dormire quia habet virtutem
dormitivam.
El arte nos concede la fe en lo inverosímil, anima lo
que toca, crea una realidad particular, que no es ni verdadera, ni creíble, y
que se transforma en ambas por la fuerza del talento.
Pero hay que distinguir entre ese dios y los
Pigmaliones de aventuras.
Partiendo de ese principio, por el que nuestros
sentidos no pueden revelarnos nada más allá de lo que existe, que los más
grandes esfuerzos de nuestra imaginación no desembocan más que en coser juntos
los límites discordantes de verdad, los nuevos novelistas han concluido que, en
lugar de esforzarse en deformar la verdad, valía más la pena reproducirla.
Este método tiene su lógica. Mi colega Nestor lo admite perfectamente; pero,
cuando pretendo que el Sr. Folantin, el personaje de Huysmans, ese triste
empleado en la búsqueda de una cena decente, es de una veracidad
sorprendente, el redactor del Gil Blas me responde: « ¡ No ! es pura
fantasía, me deja indiferente. » Y Nestor da inmediatamente la razón
probatoria siguiente: « Como tengo, gracias al cielo, una excelente cocinera,
esas angustias no me interesan en absoluto.» Ahora bien, mi querido colega,
como la mía es mucho menos buena que la suya, yo continuaré hasta que ella
esté formada, lo que no tardará, eso espero al menos - yo continuaré, digo,
estando emocionado por los disgustos estomacales que experimentan las personas
mal alimentadas.
Pero confieso que ese género de crítica me pone
en un gran compromiso. Si cada lector exige que yo le haga dormir en su cama,
comer en su cocina ordinaria, beber el vino al que está acostumbrado beber,
amar a las mujeres que tengan los cabellos de la suya, interesarse en los niños
que lleven el nombre de su hijo o su hija, y rechace en comprender las
angustias, los dolores o las alegrías que él no ha experimentado, si él llega
a proclamar: « No me interesará nunca todo lo que no sea yo y solo yo
», tendría que renunciar a escribir novelas.
Si uno de mis personajes, sube en un coche, éste
vuelca y se rompe un brazo, usted me responderá: « Eso me da lo mismo, yo
tengo un cochero perfecto.» Si yo hago padecer a una muchacha un parto
doloroso, usted me responderá: « Yo me mofo, no soy mujer.»
Si hago ahogarse a un joven, en un paseo por el
Sena, dirá usted: « ¿ Qué me importa ? Yo no voy nunca al agua »
Mi colega Nestor añade, es cierto: « ¡ Ah ! si
usted me hubiese contando las decepciones de la vida de un empleado, sus
ambiciones, sus amores, sus temores de cara al futuro, aunque mis ambiciones,
mis amores, mis temores, fuesen de otra naturaleza, el punto de contacto habría
sido encontrado.»
Lo dudo un poco. La ambición de un empleado, es
un aumento de 300 francos cada trienio. Sus decepciones vienen de la
gratificación recortada; sus amores son demasiado baratos para nosotros; sus
temores hacia el futuro se limitan a no poder alcanzar el máximo de
jubilación. Eso es todo.
Y cuando yo le hubiese descrito esa vida, ¿
usted se declararía satisfecho ? Y usted me niega el derecho de tomar un
empleado filósofo, resignado, que se dice: « no tengo esperanza, ni futuro.
Volveré siempre al mismo círculo. Lo sé, no puedo hacer nada más; tratemos
al menos de no sufrir demasiado físicamente en esta miseria.»
Y él se esfuerza inútilmente en hacerse un vida
material soportable. El se va a pique y lo sabe, no resiste; pero
quisiera al menos tener buenas las horas de la mesa, siendo las otras tan
míseras. ¿ Y usted dice que eso no es justo ni humano ni legítimo ?
¿ Cuando cesarán de discutirse las intenciones, de hacer a los escritores
procesos tendenciosos, no para reprocharles sus faltas a sus propios métodos,
sino las faltas que ellos han podido cometer contra las convenciones literarias
adoptadas y proclamadas por aquellos ?
18 de marzo de 1882
Traducción
de José M. Ramos González para
http://www.iesxunqueira1.com/maupassant
Versión
en francés: http://maupassant.free.fr/cadre.php?page=oeuvre