No se hablaba casi nunca de Irlanda, hace cincuenta o sesenta años, sin
llamarla « la verde Eire ». El lenguaje poético al
que debemos la denominación de « la pérfida Albión » y la « gruesa Normandía »
no ha descubierto otro epíteto para calificar esta tierra de eterna miseria,
este país andrajoso y sórdido de pordioseros, este hogar de revueltas sin fin, de
religión sanguinaria y de inimaginable superstición. ¡ La verde Eire ! ¿ Esas
palabras no evocan más que un paisaje a lo Watteau ? Pero cuando se dice: «
Irlanda » que imágenes de muerte, de servilismo, de luchas sangrientas pasan
bajo nuestros ojos !
Según la elegante clasificación al uso en el mundo, para designar los distintos
pueblos de Europa, si Francia es el país de la elegancia, de la gracia y del
espíritu; Inglaterra, la nación del spleen, de la flema y del rosbif;
España, el reino de las castañuelas; Italia la patria de las artes, y Suiza la
tierra de las pastoras de vacas, seguramente Irlanda es la tierra de la pobreza.
La odiosa miseria ha establecido allí su imperio; oprime al país como un pulpo,
lo toma, lo devora, ejerce sobre ese suelo, que es suyo, toda su poderosa
tiranía, por mediación del inglés, su lugarteniente.
No quiero relatar aquí la historia de la conquista y la dominación inglesa, ni
contar los primeros actos del drama secular y terrible en el que una nueva
escena está a punto de representarse bajo nuestros ojos. « Demos la
palabra a los acontecimientos », según la formula prudhommesca al uso en el mundo
parlamentario, y consideremos simplemente en su vida íntima y cotidiana al autor
principal de este drama, al triste y famélico paisano irlandés.
Fue para él para quién parece haber sido creada la palabra "vegetar"; pues él vegeta,
horriblemente indigente, alimentándose apenas, hambriento sin cesar, y arrojando
sobre las ciudades unas hordas de mendigos semejantes a lobos enflaquecidos que
entran, en el invierno, en los pueblos.
El rico campesino no conoce otros manjares que la patata. Pues la patata es la
providencia de Irlanda, como la castaña lo es de Córcega. Se la venera como a
una salvadora, y se la clasifica por especies, por familias, que gozan de mayor
o menor consideración según sus reconocidas cualidades.
Atravesar Irlanda, es pasearse en medio de los espléndidos grabados de Callot,
Ningún país del mundo es más rico en andrajos. Incluso las mujeres no tienen
nunca esos coquetos vestidos típicos que se encuentran por todas partes. Van vestidas no importa cómo, con no importa qué, e ignoran todo vestigio de
elegancia.
La señal característica de su vestimenta, marca que persiste aún en una gran
parte del país, es un inmenso abrigo azul largo con capuchón, y sin el que
no consentirían salir nunca de su casa, incluso para ir a la puerta vecina.
Este abrigo tiene para ellas toda la importancia de un vestido de gran
ceremonia; es de forma graciosa, por lo demás, se lleva bien, y al menos oculta,
en un segundo, el montón de telas inmundas que se podían ver con disgusto un
minuto antes. Ellas lo llevan en todas las estaciones, tanto en invierno como en
verano, haga frío o calor. En verano, se deja caer el capuchón sobre la espalda;
en invierno se utiliza para cubrir el rostro, y eso es todo.
De este modo, antaño los jinetes, por lujo, estaban cubiertos de pieles, incluso
durante los días de más calor.
Cuando dos jóvenes se van a casar, la composición de la dote es a menudo de un
cómico siniestro y loco.
Un viajero cuenta esta anécdota:
Pasaba cerca de una cabaña y fue atraído por los gritos furiosos de un
joven hombre que quería hundir la puerta, aullaba, juraba, hablaba de matar a
alguien.
Ese joven debía, el mismo día, casarse con una muchacha que vivía en la cabaña.
Las dotes eran iguales y hermosas. Él, poseía una choza ( a la que le faltaba el
techo; pero podía repararla ) y un cerdo. En cuanto a ella, debía, en
compensación de esas riquezas, recibir de su padre una mesa, una silla, una
marmita y una manta. Todo iba sobre ruedas para los amantes; pero hete aquí que
la misma mañana de la boda, el cerdo del novio murió. El padre, ante esta
noticia, exclamó: « ¡ No tendrás a mi hija ! » El muchacho se indignó, se
rebeló: fue en vano. Entonces se le propuso una transacción; se trataba de tomar
a la mujer, pero tenía que dejar a los padres la mesa, la silla y la marmita, juzgados
de un valor equivalente al del animal muerto. Él lo rechazó con energía, exigiendo
todo. La muchacha, en el fondo de su choza, sollozaba - cuando un rival se
presentó, un rival con un cerdo vivo, un rival que, sabedor de la catástrofe,
venía con perfidia a ofrecer su cerdo y su mano.
Se recibió a ambos con los brazos abiertos; la joven se consoló inmediatamente, y
el enamorado rechazado ahogó su tristeza en el whisky.
El whisky es el gran consuelo de esos
miserables y, al mismo tiempo, una de las plagas de Irlanda.
El aguardiente de Bretaña y el whisky de Irlanda, son sin duda, las principales
causas de numerosas apariciones, de hordas enteras de seres fantásticos que
pululan por ambos países.
Como sobre el viejo suelo bretón, todas las supersticiones crecen libremente
sobre esta tierra de servidumbre y temor. El primero de los espíritus que
encontramos allí es el Glamour, que reina igualmente en Escocia. Es un
merodeador nocturno siempre a la caza de viajeros. Cuando se encuentra con uno,
cambia ante sus ojos la forma de los objetos, le seduce por ilusiones
encantadoras y erróneas, le pasea de espejismo en espejismo, abre ante ellos las
puertas de oro de palacios maravillosos, luego lo arroja, perdido, aturdido por
esas visiones, al fondo de algún horrible pozo.
¿ No es una simple imagen de la vida, de nuestras aspiraciones siempre
equivocadas, de nuestros sueños siempre decepcionantes y de la desilusión final
en la que siempre caemos desesperados ?
Las hadas son numerosas, benevolentes y muy pobres, según parece: como si nadie
pudiese ser rico en este país de pobreza. Se encuentran, se dice, muchos enanos,
hermanos de los Korrigans bretones. Se afirma que están tocados con un gorro
rojo, bajo el que alumbran sus ardientes cabellos.
El más divertido seguramente de todos los genios
fantásticos de esta tierra es el gracioso Pooka.
Es un caballito negro que sale, cuando llega la
noche, de su cuadra subterránea.
Galopa, galopa por montes y valles, buscando a un
aldeano retrasado. El hombre, a lo lejos, se estremece al ruido de los hierros
del caballo-demonio; se detiene temblando desde la punta de los cabellos a los
pies, y el Pooka cae sobre él como un rayo, pasa una cabeza erizada entre
sus piernas, lo eleva y lo arroja, sobre su lomo, donde la víctima se encuentra
pegado de un modo indisoluble. Entonces comienza la marcha, brincando sobre la
cresta de las rocas, saltando precipicios, atravesando ríos, golpeando las
piernas del jinete en los muros, en los arbustos, en los troncos de los árboles;
haciendo tropezar su frente en las ramas de los bosques. Nada lo detiene, no
frena su furiosa marcha; luego, al canto del gallo, desmonta de una sacudida al
viajero, dejándolo muerto, maltrecho, sangrando, en medio de un bosque desierto.
Algunas veces, es cierto, viene en auxilio de
ancianos extraviados y fatigados, y los lleva al término de su camino. Pero casi
siempre, se ensaña con los borrachos. Pooka también me parece ser uno de
los símbolos del whisky.
Contra las malicias de esos espíritus traviesos,
se invoca la protección de los santos y principalmente de santa Latheerine. Ella
era sencilla y bella, y habitaba junto al pueblo de Cullen. Su miserable cabaña,
abierta a todos los vientos, no la protegían en absoluta contra el frío. Iba con
frecuencia a pedir un poco de fuego al herrero, su vecino. Ponía entonces
algunos carbones encendidos en una escudilla de barro que ocultaba bajo su
falda. Un día, en el momento en el que disimulaba de ese modo su provisión de
calor, el herrero, hombre apasionado, observó que la santa tenía unas bonitas
piernas. Creyó haber cometido un gran pecado y se lamentó de su atrevimiento;
pero al día siguiente, no pudo impedir mirar aún, y así continuó haciéndolo los
siguientes días. Por fin, al cabo de la semana, no aguantando más y comunicó su
descubrimiento a la santa.
La pobre inocente, tan pronto se bajó para ver si
el herrero decía la verdad, dio vuelta a la escudilla y plantó fuego en su
vestido. Furiosa y desolada, pidió entonces al cielo privar siempre a Cullen de
herreros, a fin de que no pudiesen a partir de ese momento abrasar de ese modo
las faldas de las muchachas. Y nunca más se vio un herrero en ese pueblo.
En lo que a mí respecta, encuentro bastante extraña
esta historia, y el fuego bajo la falda me parece simplemente una honesta imagen
para ocultar una aventura que no lo es tanto.
Como si la muerte fuese la mayor alegría
reservada a esos desheredados de la vida, los irlandeses, desde la más remota
antigüedad, han tenido pasión por los funerales. Todavía puede oírse allí un
grito quejumbroso y lamentable, parecido al aullido del perro y llamado el
ullaloo.
Antaño, cuando moría un señor, el jefe de los
bardos, de pie en la cabeza del ataúd, cantaba con tristes versos las cualidades
del difunto. Al fin de cada letanía, el coro, situado cerca de los pies, gritaba
el ullaloo que la muchedumbre, amigos, parientes, servidores, aldeanos,
repetía al unísono como una jauría de perros aulladores.
El ullaloo tiene, en cada provincia, un
acento propio, tan particular que el oído menos ejercitado es capaz de
reconocerlo a grandes distancias.
Incluso hoy, cuando un cortejo pasa por la calle
de una ciudad o sobre un camino del campo, la muchedumbre lo sigue. No solamente
lo sigue hasta el cementerio, sino que llora con los parientes con lágrimas
auténticas.
Esta facilidad para enternecerse es general en
este país; y el autor de los Esquisses philosophiques afirma haber visto
una cantidad de personas sollozando alrededor de una vieja mujer que parecía
desesperada. Habiendo preguntado por la causa de este dolor universal,
supo que la vieja había perdido dos chelines.
Ahora bien, he aquí que hoy Irlanda se agita de
nuevo. Ese pueblo que el inglés antaño ha declarado ser el último de los
pueblos, indigno de la libertad e incapaz de obtenerla, está harto de permanecer
eternamente miserable.
Se levanta a menudo, y siempre sin éxito, porque
lo hace sin orden, sin adhesión y sin unión. A veces un jefe, como Hugh O'Donnel
el Rojo, reunía a su alrededor a los señores vecinos, y luchaba hasta la muerte,
sin tregua ni descanso; pero, después de él, regresaba la calma, al menos en
apariencia.
Últimamente hemos visto a los fenians,
caóticos y mal disciplinados todavía. Hoy el aspecto de las cosas ha cambiado, y
parece que una especie de combate legal se produce.
La revuelta está organizada a lo moderno,
metódicamente, como las huelgas obreras. Hombres considerables marchan con el
pueblo. Si fracasan esta vez, saldrán adelante la próxima vez.
23 de enero de 1881
Traducción
de José M. Ramos González para
http://www.iesxunqueira1.com/maupassant
Versión
en francés: http://maupassant.free.fr/cadre.php?page=oeuvre