LAS DESCONOCIDAS
( Les inconnues )

Publicado en el Gil Blas, el 16 de octubre de 1883

      No hay escritor que no haya tenido sus desconocidas. De vez en cuando encuentra en el buzón que lleva su nombre en el periódico, o bien recibe mediante el intermediario de su editor, una pequeña carta perfumada, con caracteres elegantes. La abre con una sonrisa, pero sin asombro, y lee: « Señor, soy una gran admiradora de vuestro talento y experimento la necesidad de deciros todo el placer que me produce leeros, etc., etc. »
      Luego pide perdón por hacer perder un tiempo tan precioso; pero, verdaderamente, ella quisiera una palabra de respuesta, nada más que una palabra; y la carta se termina con unos sobreentendidos de todo tipo. Esos sobreentendidos dependen de la edad y de la condición de la que escribe; pues existen muchas clases de desconocidas.
      Hablemos en primer lugar de las desconocidas extranjeras. Estas son generalmente unas chifladas, unas intrigantes o sencillamente unas coleccionistas de autógrafos. A veces, sin embargo, se recibe una fotografía de una bella mujer, haciéndosenos la boca agua... Tal vez estaría bien que esas fotografías estuviesen fechadas.
      Las desconocidas nacionales se dividen en varias clases:
      1º Desconocidas de provincias.- Esta clase se subdivide en cuatro grupos, a saber: la mujercita soñadora, inteligente, una especie de Emma Bovary, que, casada con algún burgués honrado y mediocre, esboza platónicamente la novela secreta de su vida con un hombre al que juzga un semidiós. Vacía su corazón en sus cartas, se exalta, se enternece, ama de lejos a ese ilustre corresponsal que quiere responder a sus llamadas, a sus impulsos hacia una felicidad ideal.
      La mujer está llena de aspiraciones poéticas que la conducen invariablemente al adulterio. En provincias, en la tranquila vida calma y monótona de la familia, en la pequeña casa de la pequeña ciudad, sumisa a los hábitos odiosos y regulares de cada días, a las conversaciones banales del marido al que solo preocupan sus asuntos, ella jadea devorada de deseos, sedienta de lo desconocido. Se dice: « ¡ Que ! ¿ esto será siempre así, siempre, hasta la muerte ? No, no es posible.» Lee versos, novelas. Ama, sin conocerlos a aquellos que le hacen las horas menos tristes, que la hacen soñar en su miserable existencia. Sobre todo un escritor la hace palpitar, respondiendo por la naturaleza misma de su talento a sus íntimos y secretos deseos. ¡ Ella le escribe ! ¿ Y si responde ? Él responde - La continuación en el próximo viaje a París.
      2º grupo- la palaciega que se aburre. Los caballeros cazadores de su entorno la indignan, pues tiene una alma que juzga distinguida. Es necesario alguien superior para comprenderla. Ella lo elige entre aquellos cuyo renombre le favorezca, y le escribe. Sus cartas son espirituales, sin desahogos; quiere detalles sobre él, sobre su persona, sobre su vida. ( Ha tenido la precaución de tomarlos antes de escribir.) Tiende sobre todo a los autógrafos. Quiere amueblar su existencia un poca vacía, como su salón que carece de celebridades, y, si la ocasión se presenta, su cama. Será una de esas de las que se dice: « X ... la ama hace tiempo », o bien: « Fue en la época de la relación de X ... con la Sra. B... » Eso da una referencia y os sitúa a una mujer. ¿ Acaso no se citan en todo momento las amantes de Musset, las de Byron, las de Mérimée ?
      3º grupo.- La señorita de compañía de los castillos que busca satisfacer sus vagas exaltaciones, y una conquista, si es posible. Ella aprovechará su primera salida, tras el regreso de los señores a París, para ir a caer en los brazos del gran hombre gritándole en la nariz: « Soy yo.» Ella lo relee esperando sus cartas, por la noche, en la cama, y mira con desprecio a los seres inferiores de los que come el pan.
      4º grupo.- La vieja solterona. Toda su vida fue triste, lleva soñando toda su vida. Nadie jamás la ha comprometido, ni la ha conocido. Padece siempre el sufrimiento de ese abandono general, de ese absoluto aislamiento. Tal vez una sola frase, leída una noche bajo la claridad de la lámpara, ha sacudido hasta el fondo su pobre corazón. Toma una hoja de papel y se pone a escribir. Vierte sobre ese papel, de un modo discreto sin embargo, todas las íntimas miserias de su lamentable existencia. Recuerda poco a poco tantas penas que jamás ha contado, tantos sufrimientos del alma, tantos días siniestros transcurriendo uno tras otro ! Cuenta todo eso, en esa noche de desahogo, a ese hombre, joven quizás, y que ella no conoce. Su corazón seco, sin amor, da a ese extraño su última savia.
      Pero el escritor le responde, de un modo dulce, atento, fraternal. Pues él ha adivinado. Y durante mucho tiempo ellos se escribirán así, se volverán amantes sin verse, se amarán de lejos hasta el día en el que él cesará de recibir las cartas de su vieja amiga. Entonces comprenderá que ha muerto y pensara mucho tiempo en ella, tierna y dolorosamente, pues incluso no ha sabido su nombre.

      En cuanto a las desconocidas de París, son de naturaleza más simple. Jóvenes o viejas, buscan aventuras.

     
EJEMPLO
      « Señor, ¿ ama usted a las mujeres que acaban de llegar ? No crea que le propongo una cita. En absoluto. Soy curiosa, eso es todo. ¿ Está claro ? Nada de amor, amistad si usted quiere y le aseguro que seré una amiga discreta y fiel. Estoy libre el martes por la tarde. Venga al Francés, a tal palco. Yo os tenderé la mano como a un viejo amigo, pues tendremos testigos. Si yo no os gusto usted no regresará más. Si soy de su agrado tanto mejor. Pero no olvide esto. Nada de amor. Yo no seré nunca suya.

«K.R., nº 8, apartado de correos
Plaza de la Madeleine.»

      Aquella no cede la primera noche a causa de los testigos... pero...¿y la segunda?...

      OTRO EJEMPLO
      « Señor, nada hay más descarado que una mujer de mundo cuando ella se pone en su papel. Me parece por otra parte, escribiendo así, que estoy disfrazada en el baile de la Opera. Y usted sabe que en la Ópera una se atreve a todo. Entonces me atrevo, sin dar rodeos. No soy vieja, no soy fea; se me puede amar. Me aburro. Los hombres que me rodean me enojan. ¿ Quiere usted que lo recoja el viernes próximo ? Cenaremos en el cabaret, y le dejaré besarme las manos. »

      El escritor se frota el bigote. Entonces el viernes.
      Él llega primero, pide la cena y espera. De pronto se abre la puerta, una mujer entra, oculta por un velo. Tiene el tipo un poco grueso, pero la mano es blanca y fina; pues ella se quita los guantes pronto. Luego pone sus dos brazos sobre los hombros del elegido, lo mira al fondo de los ojos, y dice, con voz acariciadora, un poco velada, como tímida: « Hola, amigo mío.»
      No queda más que una cosa que hacer. Él toma en sus brazos su conquista, y emocionado ya, vibrando de ardor, besa los velos con pasión. Ella los levanta un poco, hasta la boca, no más alto y responde francamente a los besos. Poco a poco el abrazo se estrecha, ella desfallece, tropieza, cae y se abandona.
      Luego, teniéndola todavía en sus brazos, ella murmura: « Qué gentil, sin haberme visto, con todo el misterio de lo desconocido.» Entonces ella se despoja de su velo.
      ¡ Horror ! ¡Tiene cincuenta años !
      Y él cena enfrente a ella como ante un remordimiento, con el creciente temor del postre. Ella le toca la rodilla, él le aparta el pie
      Y ella le cuenta las historias de todos los hombres a los que ha vuelto locos de amor.
      ¡ Pues se cree bella y deseable !
      Él no se atreve a hablar, ni a comer, ni a quedarse, ni a huir. Una horrorosa jaqueca, dice, lo atenaza, y acaba por escapar jurando... pero un poco tarde.
      Y vuelve a caer..
      Pues los escritores son fatuos y débiles como nadie. Bajan la cabeza siempre en manos de las desconocidas.

      Una encantadora anciana me contó una noche la aventura siguiente:
      « Yo vivía en un pueblo en el centro de Francia, cuando un libro de él me cayó en las manos. Fue como una respuesta a mis pensamiento más íntimos, y le dirigí una larga carta llena de admiración.
      « Él me respondió, yo escribí de nuevo; y esta correspondencia no le disgustó sin duda, pues la continuó con una escrupulosa exactitud.
      « Nos hicimos amigos, amigos íntimos. Yo le contaba todos mis secretos; el me contaba los entresijos desconocidos de su vida, sus contratiempos; se desahogaba, confiándose enteramente a esta Desconocida lejana que había conquistado su estima y su afecto.
      « Un día, partí para Paris radiante. ¡ Iba a verlo, a estrecharle las manos, oir su voz, conocer su rostro !
      « Le escribí para que viniese a recibirme.
      « El se negó.
      « Quedé aterrada; escribí de nuevo; volvió a rechazarlo. Según decía, hacía falta conservar todas nuestras ilusiones, que la realidad siempre destruía. El conocimiento de nuestros seres disminuiría la intimidad de nuestros corazones. Nosotros nos amábamos tan bien que no podíamos más que turbar estas delicadas y tiernas relaciones.
      « Finalmente, no apareció.
      « Regresé a mi provincia, un poco entristecida, y continué enviándole todos mis pensamientos. En cuanto a él, parecía más afectuoso, más expansivo.
      « Volví a París, donde esta vez me quedé; y, un día, recibí una carta en la que me pedía de un modo indirecto, discreto, algunos detalles sobre... mi persona. ¡ Tenía miedo que fuese fea !
      « Yo era hermosa, señor, puedo decirlo ahora, muy bella incluso; y le envíe una verdadera descripción mía... incluso hasta la talla.
      « Al día siguiente, mi sirviente pronunciaba su nombre en mi salón, su nombre ilustre y bien amado.
      « ¡ Dios ! ¡ Que feo era !
      « Bajo, negro, aspecto envejecido, la figura grimosa, se adelantaba tímidamente en medio del círculo de hombres, de hombres conocidos, que me rodeaban.
      « Apenas dijo algunas palabras. Pero regresó al día siguiente. Yo no estaba sola todavía. ¡Oh! por nada del mundo hubiese querido ahora encontrarme a solas con él. Era demasiado feo ciertamente, demasiado feo. Hay unos límites para todo. Pero él no me encontraba tan mal como había temido, pues, cada día, llamaba a mi puerta. Nunca lo recibía a menos que estuviese rodeada de amigos; y lo veía exasperarse y amarme cada día más, pues me amaba perdidamente.
      « Yo trataba con mis cartas de apaciguar esta pasión inútil. ¡ No, no podía responder allí, era imposible, imposible !
      « Él me suplicaba concederle una cita: por fin cedí, y le fijé una hora donde podríamos... explicarnos.
      « Entró, nervioso, irritado: « Señora, me dijo, hay que elegir. Usted juega conmigo, me martiriza, me desespera; tiene que elegir entre el mundo y yo. »
      « Le miré durante bastante rato - no, no podía.
      - Entonces, tomándole la mano: « Mi pobre amigo, le dije, pues bien... elijo el mundo.»
      «Emitió un sollozo y salió.
      « Él tenía razón, señor, no hacía falta vernos y destrozar de este modo nuestra tan encantadora intimidad.»

16 de octubre de 1883

Traducido por José Manuel Ramos González para http://www.iesxunqueira1.com/maupassant
Versión en francés: http://maupassant.free.fr/cadre.php?page=oeuvre