ADRIANNE

Era sábado. En la Comedia Francesa, tras el segundo acto de Jean Baudry, circuló de pronto el rumor, propagándose de sillón en sillón y subiendo desde las butacas a los palcos, que se acababa de encontrar a Vincente Mickel colgado en su habitación con una corbata rosa al cuello. Hubo conmoción, incluso sorpresa. La sorpresa en París es más rara que la emoción. ¿Cómo? ¿era posible? ¿era cierto? ¿Vincent Mickel se había suicidado? ¿Por qué? ¿qué razones tenía? Joven – treinta años – ya famoso – una medalla en el último Salón de Exposiciones, – y libre, – veinte mil francos de renta, – y también tenía, – él no lo decía pero se sabía, – la inapreciable alegría de haber ofrecido su alma entera, sin ser rechazado, a la más envidiable de las más bellas mujeres. Sorprendía por tanto este acto de desesperación en medio de tantas dichas; nada explicaba una muerte así en tal existencia. Algunos hombres, en el Foyer, que habían sido compañeros de Vincent Mickel, recordaban en voz baja su naturaleza inquieta, tan ardientemente prendado de lo Exquisito y lo Perfecto, que las taras de la Belleza humanan desalentaban en gran medida su nerviosidad siempre alerta como la de los convalecientes, y que la menor sacudida lo estremecía a veces con un temblor histérico; lo habían visto llorar con cálidas lágrimas, de repente, sin razón aparente; todo su ser tenía la sensibilidad de los oídos de algunos músicos, que se atormentan y exasperan, hasta el más agudo de los sufrimientos, con la sola aprensión de una posible falsa nota. Sin duda tales recuerdos podían dar lugar a algunas suposiciones, pero de un modo vago y sin pruebas. Ningún hecho conocido, ninguna certitud posible. Todavía hoy, dos días después de los funerales, la causa de ese suicidio es un oscuro misterio. Sin embargo he creído descubrirla en una historia que me ha sido contada y que a su vez contaré.
Vincent Mickel se aburría en una pequeña ciudad del Midi de Francia – poco importa cual – mientras la Sra. Adrianne de G... se aburría en Inglaterra junto a un pariente enfermo; ella había partido de improviso, y, durante esa ausencia, él no quiso quedar en París; creyendo que sufriría menos al no verla, allí donde no tenía la costumbre de verla, y que, sin ella, por desgracia, se sentiría menos solo en una ciudad en la que nunca hubiesen estado juntos. Pero con qué angustia pasaba las horas y los minutos, – releyendo de la mañana a la noche las queridas notas perfumadas, besando de la noche a la mañana la frágil miniatura en su estuche de terciopelo rosado – ¡él esperaba el inefable instante de su reencuentro! Llegó una carta. Tres palabras: «Estoy en París.» Se le encogió el corazón. ¿Una carta? ¿Por qué una carta? El correo es tan lento. ¿Por qué Adrienne no lo había avisado mediante un telegrama? Se hubiesen encontrado un día antes. ¿Acaso no serían algunas horas de embriaguez ganadas? ¡Ah! las mujeres que indiferentes son, incluso las que aman. Pero no importa, ella había regresado, todo estaba bien. No tubo necesidad de hacer su maleta ya que estaba preparada en previsión de la buena noticia; y, habiéndola cargado sobre sus hombros, – no había tiempo de llamar a un mozo – descendió rápidamente las escaleras, metiéndose en un coche. Cuando estuvo ante la estación, el tren acababa de partir. Emitió un grito de rabia y se mordió los puños. Debería esperar el próximo expreso. ¡Esperar! ¡mientras ella lo esperaba! Cayó sentado sobre su maleta y permaneció allí, con los brazos caídos, consternado.
Por fortuna recordó que el tren, desde la ciudad a la estación vecina, debía subir una pendiente muy larga, muy dura, y en consecuencia marchaba con una cierta lentitud. ¡Adelantaría al tren! ¿Cómo? todavía no lo sabía, pero ya pensaría en un medio, ¡caramba! Dejó su equipaje, se dirigió corriendo a los alrededores de la estación, informándose de puerta en puerta; había tenido una idea: encontrar, no un coche, – ningún cochero habría consentido en ir más rápido de lo indispensable, – sino un caballo. Un carnicero le dijo: Tengo uno. Un animal pesado, bajo, viejo, jadeante. No importó, él lo compró, lo hizo ensillar de cualquier modo, saltó encima y partió, obligando al estupefacto caballo a galopar, destrozándole el vientre a base de propinarles fuertes patadas con el talón que hacían un ruido de bombo. Como la noche caía corría el riesgo de extraviarse a través de la desconocida campiña. Pero ganó el seto que bordea el ferrocarril, no apartándose de la vía. Fue una carrera agotadora y grotesca. A cada movimiento que él hacía para mantener su montura al galope, cargaba ciertamente todo su peso. ¡Quizás no llegase a tiempo! Era tan lento ese animal. ¡Oh! lo reventaría pero llegaría. Más fuerte, siempre más fuerte, lo golpeaba, gimiendo, resoplando, sudando. ¡Llegó! El tren estaba en la estación, la locomotora silbaba, sonó una campanilla. «¡Demasiado tarde!» grito un empleado. ¡Vamos allá! Vincent Mickel saltó la barrera, empujó al hombre, se introdujo en un vagón y cayó en un rincón, roto.
¡Pero qué alegría en el alma! Seguramente vería a Adrienne mañana. ¿Qué hora era? Extrajo su reloj. Las nueve. El tren estaría en París a la una menos veinte. Así, dentro de dieciséis horas – veinte minutos para el traslado en coche, – él tendría en sus brazos a su adorada bien amada. ¡Y a partir de ese momento nada podría impedirlo! Como se encontraba solo en el vagón, se tumbó para intentar dormir, sabiendo que dormido soñaría con ella. El sueño no llegó. ¿Es que se puede dormir cuando el recuerdo y la esperanza os cuchichean en el oído su deliciosa canción? Con los ojos cerrados, la veía en su plena belleza. La fresca boca rosada donde los besos pían como pajarillos en el nido, con los dulces ojos azules, – levantó un poco el párpado para mirar si las estrellas eran tan dulces como los ojos de Adrienne – y el cuello encantador y frágil en el que ella tenía la costumbre de anudar un pañuelo rosa; veía todo a través de la oscura bruma ensoñadora de sus cejas. Luego, cuando amaneció, –¡el día! ¡el día! ¡dentro de siete horas estaría en París! – se le volvió a aparecer, dormido aún, con una mejilla en la mano, la frente sobre las pesadas ondas de sus cabellos desplegados, en la querida habitación completamente impregnada de ella, donde el primer rayo pálido que se desliza entre las cortinas apaga con su blancura el último fulgor de la lámpara. ¡Oh! algunas horas todavía, – y entraría en esa habitación, y, arrodillándose, con los brazos extendidos... Una formidable sacudida, en un estrépito repentino de tabiques desmoronados y de espantosos clamores, lo precipitó contra la portezuela que se había abierto, y, sin saber lo que estaba sucediendo, se encontró tumbado sobre la espalda en el lodo de un barranco, mientras que a su alrededor, con sobresaltos de espanto y griteríos de horror, iban y venían, corrían, asustados, despeinados, hombres y mujeres; una anciana, prosternada sobre la vía, levantaba el cuello y gritaba al cielo de un modo espantoso.
Se levantó. Se palpó. Sano y salvo. Por una especie de milagro, el accidente, – un choque de trenes – no había ocasionado ninguna victima; los viajeros más dañados no tenían más que algunas contusiones. Pero su desastre, el suyo, era completo, puesto que la locomotora no podría ponerse en marcha y en consecuencia ¡hoy no vería a Adrianne! Sobre una colina, a izquierda, se levantaba una ciudad; se arrojó a través de las tierras de labranza, hundiendo sus piernas en los arroyos, saltando las fosas, escaló una cota, atravesó una plaza completamente engalanada con banderas, se encontró en la estación ante la taquilla... Ningún tren para París antes de la una de la madrugada.
¡No le quedó más remedio que resignarse! Ni a pie, ni a caballo, ni en coche, podría recorrer en algunas horas una distancia de ochenta kilómetros. Con rabia en el corazón, jurando entre dientes, se dedicó a merodear por la ciudad, y lo que duplicaba su cólera, era que a su alrededor todo era festivo: grupos de aldeanos riendo bajo el claro sol matinal, ventanas donde ondeaban banderolas tricolores, gorritos de mujeres en los que se desplegaban al aire unas cintas. Quizás se inaugurase ese día la estatua de un ilustre personaje. Desembocando en una amplia llanura que parecía un campo de maniobras, Vincent Mickel vio algunos hombres agrupados en torno a un globo aerostático que estaban inflando.
¡Una idea loca lo invadió! Corrió hacia esos hombres, dijo que quería hablar con el piloto enseguida. El aeronauta se aproximó. «¿Cuando parte usted, señor?»– Dentro de una hora. –¿Dónde descenderá? – si el viento no cambia, en París. – ¡Parto con usted! –¿Sabe señor que eso le costará doscientos francos? – No, quinientos.» Una hora más tarde, y bajo el buen viento que soplaba hacia París, Vincent Mickel subía a través del espacio, con las manos aferradas al borde de la cesta, y bajo el globo se agitaban ya confusos, los gestos mezclados de una innumerable multitud, mientras que las mil banderas, desplegándose y moviendo sus alas muy cerca de la tierra, tenían el aspecto de una amplia concentración de pájaros que renuncian a seguir o otro gran pájaro que ha levantado el vuelo. ¡Ascensión deliciosa en la pura claridad del aire! Pero pronto, lo que era viento fue una ráfaga; el aeróstato, bajo el irresistible empuje, comenzó a dar bandazos, girando de un modo vertiginoso, con la formidable velocidad de un obús. «¿Seguimos dirigiéndonos hacia París? – Si, pero más rápido,» – dijo el piloto inquieto. ¡Demasiado rápido! ¡Qué imbécil! ¿Es que se puede ir demasiado rápido cuando se va hacia quien se ama y que os ama y os espera? Incluso cuando estalló la tormenta, golpeando y haciendo peligrar la frágil envoltura de seda entre las sombrías nubes; incluso cuando el relámpago atravesó la cesta con su ziz zag fulminante, incluso cuando el globo, más espantosamente todavía, comenzó a dar vueltas y girar bajo la tempestad, Vincent Mickel, golpeado por el viento y la lluvia, no juzgó que fuese demasiado rápido, y se regocijaba pensando que toda esa conmoción de la naturaleza lo arrastraba hacia el beso de Adrianne, y creía, extasiado, que ¡era el furor de su voluntad lo que desencadenaba los elementos! «Santo Dios» gritó el aeronauta. Roto por un rayo, el globo caía. ¡Perdidos! «¿donde estamos?–¡Eh! sobre París, ¡que el diablo nos lleve!» ¡Sobre París! el espanto de Vincent Mickel tuvo una inmensa alegría, pues había llegado. Sin embargo la terrible caída, como la de una piedra en el aire, continuaba, continuaba, aumentando. Finalmente vencido por el miedo, Mickel había cerrado los ojos. ¡Una brusca detención! ¡agua por todas partes! agua entrando en su boca! habían caído en el Sena. Mickel se hundió, volvió a la superficie del río, vio la cesta yéndose con la corriente, reconoció el Louvre, y, siendo un buen nadador, alcanzó la orilla en algunas brazadas. Pero tenía en el brazo izquierdo un dolor intenso. Se acordó que, en la caída, había impactado violentamente con algo muy duro, un tejado de casa tal vez, o el muro de una avenida. Debía tener el brazo roto.
¡Por fin en su casa, en casa de ella! La miraba, arrastrándose a sus pies, con lágrimas de embriaguez en los ojos, diciendo: «¡Te adoro!» besando esas tan querida manitas, e introduciendo su cabeza en la seda del camisón como un pájaro que se revuelca en la cálida arena. Luego, cuando estuvo seguro de que ella estaba allí y que él la tenía y que los dioses son menos felices que los hombres si los dioses no aman, se puso a contarle, riendo, como si se tratase de una historia divertida, todo lo que había hecho para llegar hasta ella, todo ese extravagante y terrible viaje: el tren perdido, el caballo del carnicero, el accidente del ferrocarril, el globo, la tempestad, la furiosa caída y su dolorido brazo.
Pero Adrienne, entonces, sonriente, bonita, no conmovida, pero asombrada, – sí, teniendo en su mirada esa sorpresa irremediable de no comprender en absoluto, dijo:
–¡Oh! pero estás loco realmente por haberte expuesto de ese modo; podías haber llegado mañana.
Él no respondió. Quizás haya sido únicamente a raíz de esas palabras por lo que se suicidó.

Traducción de José M. Ramos
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