UNA BUENA DECISIÓN

¡Bien! sí, ¡había tomado una decisión! Acudiría a su cita, cometería la insigne locura, ella, una gran dama absolutamente virtuosa, de llamar, en pleno día, a la puerta de un apartamento de soltero, y entrar con el velo levantado en el salón donde el olor de los habanos se edulcora con los perfumes de frívolas visitantes, donde tal vez se deje sobre algún mueble el antifaz de la señorita Anatoline Meyer, de las Novedades, olvidado allí tras el último baile de la Ópera. ¡Sería una gran imprudencia, sin ninguna duda! No importa, ya que sus intenciones eran absolutamente puras. El sentimiento del deber le dictaba seguir esa conducta. Juzgaba necesario, y ciertamente digno de ella, dar una lección al impertinente que, el día anterior, durante un vals, se había atrevido a susurrarle al oído, con voz candorosa: «¿Vendrá usted, verdad?» ¿Qué esperaba el muy cretino? ¿Cómo era posible que solamente hiciese seis meses que le prodigase muchas atenciones, únicamente pequeños flirteos de las manos que se abandonan con lentitud, miradas que no se fraguan más que a medias, y que de pronto se hubiese lanzado a ese brutal y descabellado extremo? ¿Acaso creía que recién llegado, podría rendirla, conseguirla, volverla loca de pasión, dejarla sin fuerza en los brazos y hacerle cerrar los ojos bajo las pestañas húmedas de lágrimas? ¡Menuda opinión tenía de ella, ciertamente! Casada desde hacía al menos dos años, no experimentando por su marido más que una fuerte aversión soportable, habiendo rechazado victoriosamente las pretensiones de los admiradores más apasionados y los más hábiles, era irreprochable. Gracias a Dios, intachable y digna de todo respeto. Así pues, daría una lección al insolente, con un castigo ejemplar; entraría en su casa, tranquila, fría, muy digna, – mantener la compostura, tal vez podría resultar difícil a causa de sus pequeños y gruesos labios rosados que siempre quieren sonreír, y de sus cálidos ojos marrones que tienen al diablo en las pupilas, pero, en fin, lo intentaría, – entraría en su casa, con la frente muy alta, y hablando con seriedad.

«¡Sí, Señor, he venido, porque no he querido darle la satisfacción de que creyese que tenía miedo de usted! Asumo el peligro porque lo desprecio. Y he venido también para manifestarle mi parecer sobre su conducta. Es indigna de un caballero. Yo soy una mujer honrada, sinceramente y lealmente vinculada a mis deberes. En la familia, cuyo ilustre apellido he abandonado por otro también glorioso, he recibido una austera educación, teniendo nobles ejemplos que seguir. Si se ha reprochado a mi abuela haber montado en la grupa de un oficial cosaco, en 1815, se trataba de una calumnia de los liberales y los republicanos. Las mujeres de mi casta, cuando montan a caballo, lo hacen con la urbanidad propia y distintiva de todas sus acciones. Una de mis abuelas estaba en Fontenoy, vestida de hombre; y tal era su fidelidad a sus heroicas costumbres que nadie intentó investigar si era mujer. Es cierto que era fea. En cuanto a mí, soy su digna descendiente, por la virtud, si no por la fealdad; pues una no sabría ser perfecta. Pretendo, entre la relajación de las costumbres modernas, conservar intacto un honor diez veces secular. ¡Usted es despreciable, señor! ¿Piensa usted haber encontrado una de esas criaturas sin fuerza de voluntad. – demasiado frecuentes, por desgracia – que se dejan ir río abajo siguiendo la corriente de las pasiones o de los caprichos? Todavía lo considero a usted lo bastante sensato para creer que reconocerá su error, ya que después de la dura lección que he debido darle, abandonará de un modo definitivo cualquier tipo de esperanza culpable que me resulte ignominiosa.»

Sí, le diría eso, y otras cosas, con serenidad pero con firmeza, de un modo inexorable, y a él no le quedaría más remedio que inclinarse humildemente, lleno de admiración y arrepentimiento, convencido.
Por otra parte, dándole vueltas al escenario de su victoria y preparando su arenga, la adorable joven comenzaba a vestirse, – pues la hora de la cita estaba próxima – y tras haberse puesto las medias negras, donde la piel se transparentaba mediante gotitas de leche rosada, tras haberse abotonado la vaporosa camisa que pone sobre la desnudez una nube de vaga nieve, elegía en el armario con espejo, unos ligeros pantalones de diáfana seda, adornados con unos encajes y que no se sujetaban a la cadera más que mediante un único botón.

Traducción de José M. Ramos
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