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CAROLINE
FONTÈJE
En plena
juventud, en plena gloria, en el mismo momento en que su belleza podría haber
conquistado todos los corazones y su talento a todas las almas, Caroline Fontèje
– puesto que hay que llamarla con otro nombre que no sea el suyo, – se ha
convertido en la amante del trapecista Sternozzi. Sí, esta admirable mujer, esta
gran poetisa, adorada y celebrada, doblemente triunfadora, se ha entregado a ese
saltimbanqui que, por encima del guirigay de las aclamaciones de asombro, se
arroja intrépidamente de un trapecio a otro haciendo brillar a la luz del gas
las lentejuelas doradas de su ceñido maillot color carne. Y ella no ha ocultado
la bajeza de su elección. Cada noche sale con Sterzonni del camerino donde se
pone su uniforme de seda y plata, se pasea con él por las caballerizas esperando
el momento de los ejercicios, le habla en voz baja, muy cerca del oído, en algún
apartado; luego, tras la representación, se lo lleva consigo, radiante y
orgullosa, con celosa diligencia. Que todos conozcan su ignominia le gusta, ella
así lo quiere; si pudiese haría imprimir la historia de su amor en líricas y
cínicas estrofas sobre grandes carteles verdes, al lado del nombre de su amante.
Cuando esta abyecta aventura fue de dominio público, yo corrí a casa de Caroline
Fontèje una mañana; me aproximé a ella sin decir palabra, y la miré durante
largo rato, tristemente, interrogándola con la mirada.
– Sí, es cierto – exclamó, mostrando en una roja sonrisa sus bellos dientes de
loba feliz; es cierto, ¡amo a Sternozzi! ¿Cree usted que soy una loca o me juzga
infame? ¿Habría debido entregarme, no a un payaso, sino a alguien de mi
condición, un noble o un artista? ¿A usted, por ejemplo? Pues bien, ni infame,
ni loca. Lógica, eso es todo. Y si he decepcionado, como cree usted, no ha sido
culpa mía.
–¿Quién es entonces culpable? – pregunté, dolorosamente sorprendido.
Ella respondió:
–Usted y su sastre. ¿Qué opinión tienen ustedes los hombres de nosotras las
mujeres? ¿Cree usted que la diferencia de sexo implica fatalmente una diferencia
de naturaleza y que, por no tener virilidad, no se forma parte de la humanidad?
Profundo error, mi querido colega. ¡Homo sum! decía la gran emperatriz. Y tenía
razón. En el teatro, las bellas criaturas medio desnudas de las comedias mágicas
y las del ballet, entre las muselinas y las sedas, en las cálidas claridades que
las besan e iluminan, os ofrecen con gestos de putas su belleza de hurí1
, despertando así la visión de no se sabe que harem paradisíaco y canallesco; en
los salones, mostrando sus hombros blancos, las duquesas y embajadoras pasan
deslumbrantes entre el remolino de los valses; en las esquinas de las calles,
las jóvenes obreras, cuyo corsé de Orleáns se ciñe bien, levantan un poco su
vestido para saltar el arroyo, y muestran, entre la falda de cachemira roja y
los botines negros, un rápido destello de una media blanca: ¡vuestros ojos se
iluminan! y del encanto de la mujer, visto o entrevisto, ¡nace en vosotros un
deseo que se puede convertir en amor! A cualquier hora, en cualquier lugar, y
por todas partes, las ocasiones de prendarse siempre os son presentadas,
brutales o exquisitas. Las coqueterías mimosas, las torpes desnudeces siempre os
solicitan; y sois los Paris2 de todas las diosas. Pero a
nosotras, la mujeres, – ¡homo sum, no obstante! – ¿qué tentaciones se nos
ofrecen? ¿Mediante qué delicados artificios o mediante qué violentas audacias
podemos ser atraídas? ¿Qué atractivo, como una trampa adorable y terrible, se
nos presenta? ¡Ah! cuando los hombres jóvenes de largas cabelleras, esbeltos y
blancos, llevando, en sus brazos desnudos, la corta capa púrpura, regresaban,
fuertes y orgullosos, del gimnasio o del estadio; cuando los jóvenes caballeros
de Roma, imberbes, con el cuello al descubierto, pasaban en carro por la Vía
Sacra; cuando, tras la caída de la coraza, los buscadores de aventuras,
prendados de Oriana o de Clorinda3 , vestían la larga túnica
que se abre sobre el pecho; y más tarde, cuando los favoritos, bellos como
mujeres, con perlas en la oreja y diamantes en los dedos, abrochaban sus
collares de oro alrededor de las fresas ornamentadas; cuando la cabeza altiva de
los mosqueteros se levantaba, con el desafío en la mirada, bajo el penacho de
los sombreros; cuando los terciopelos y las sedas envolvían de colores
deslumbrantes la grácil impertinencia de los Clitandres4 y los
Valères5 ; e incluso, cuando los jóvenes indómitos miembros de
la Convención6 , en traje ceñido, consideraban el cadalso con
una mirada de la que una mujer hubiese estado celosa, y cuando, ridículos y
adorables, los Increíbles7 , con los pantalones de seda
violeta, daban sus saltos marcando sus muslos, entonces, nosotras también, como
vosotros hoy en día, podíamos ser motivadas por la fuerza o por la gracia, y, de
entrada encantadas, ¡amar pronto! Pero fíjese usted ahora. ¡Sus levitas son
absurdas, sus chalecos dan pena, y sus pantalones grotescos! ¡Sus mangas
descienden hasta las falanges de los dedos! ¡El cuello de las camisas les sube
hasta las orejas como una argolla estranguladora como no queriendo que se vea el
daño que hace! La boca –¡el beso!– desaparece en la maleza enmarañada del
bigote, y todo lo que le queda de rostro se oculta bajo el ala de los sombreros,
que tanto gustan a los enterradores. ¡Ni una forma, ni un color! Hemos llegado a
creer que los escultores son unos mentirosos y los pintores unos impostores;
pues, a veces nos preguntamos si, bajo la monotonía colgante de largos abrigos,
hay un cuerpo. Y todo esto hasta el punto que, avergonzadas, temblorosas,
asqueadas, aquellas que quisieran que se les diese realmente el equivalente de
lo que ellas dan, van a aplaudir en furtivas barracas de feria a los voluminosos
Hércules que allí se muestran, o a los circos, para ver a los payasos elegantes
y finos, de armoniosas formas.
Yo respondí, herido en mi amor propio:
– Esa, señora, es una extraña moral; existen, creo yo, otros amores que los que
se consuman en el coche de un saltimbanqui, detrás de una barraca, en la feria
de Neuilly o en la fiesta de Saint-Cloud.
Ella, girando sobre el respaldo del sillón su bella cabeza de faunesa parisina,
exclamó:
–¡Muéstreme un héroe! ¡Enséñeme un poeta! para que me arrodille a los pies
gloriosos de aquél que ha vencido o de aquél que ha cantado. Somos mujeres, pero
también somos almas. ¿Dónde están las gloriosas heridas? Yo las vendaré. ¿Dónde
están los grandes corazones entristecidos que divulgan al pueblo sus dolores y
sus esperanzas en poemas proféticos? Yo los consolaré. Dadme un Dunois8
; seré un paje de armas – y el traje me sentará bien–; dadme a Hoche9
, seré cantinera; y si me ofrece usted a Petrarca, seré Laura, – ¡y no tendré
más hijos que con él! Pues es en nosotras, las mujeres, más que en vosotros,
hombres, donde sobrevive la pasión sublime del ideal: nosotras no vemos ni la
edad ni la fealdad cuando hay grandeza y gloria. ¿Que importa el rostro? Nos
basta el pensamiento. ¡Ah! somos admirables en efecto, puesto que podríamos, con
el abandono enamorado de Julieta, bajo las caricias de Romeo, echar nuestros
brazos al cuello de Thersite, si él fuese Achille, y besar los labios de Esopo,
si él fuese Homero10 . Pero ¿dónde están vuestros héroes, y
donde están vuestros poetas? ¿Necesito un triunfador? Heme aquí, dice un
general. ¿Pido un Shakespeare? Presente, dice un reportero. Nadie es grande, y
mi alma lo es. Si me comprometiese con un diplomático o un soldado, no obtendría
más que un traje negro o un uniforme, y los poetas me dirían con risa
sarcástica: «¿Ha visto usted el último ballet en los Folies-Bergère?» Pues bien,
dado que no hay ni vencedores ni cantores, me dedico a los saltadores.
Estúpidos, de acuerdo, pero apuestos y orgullosos, y completamente
deslumbrantes, como las ágiles panteras, ¡poseyendo vigor y gracia! Y en mí,
igual que en usted, se conjuga lo animal y lo racional: si el espíritu no puede
volar dejad surgir a la bestia.
–¿Ha acabado?– pregunté yo, cada vez más ofendido.
–Una cosa más – dijo ella-– ¿Queréis ser amados? Sed grandes, o, a falta de
grandeza, tened encanto. ¡Homo sum! ¡Homo sum! Pero, si continuáis siendo tan
mediocres, tan viles; si lleváis sombreros donde falta una divisa de lacayo,
trajes donde el cuerpo se oculta, cuellos que suben hasta las mejillas; si, al
fin y al cabo, no pudiendo ser héroes, no sois siquiera hombres, ¡tened cuidado!
Los tenores con terciopelos ceñidos a su cuerpo, cuyo cuello maquillado se deja
ver, y los jóvenes actores en botas hasta la rodilla, y los histriones en
maillot ajustado, que, de pie sobre la tensa cuerda o sentados sobre el
travesaño de los trapecios, dan a los circos no sé que aire de museos vivos, ¡os
robarán triunfalmente a vuestras amantes y a vuestras esposas! Y si, una noche,
al salir de la Ópera Cómica, donde habrá tenido lugar la primera entrevista,
ofrecéis el brazo a vuestra novia, a lo largo de las calle que discurre entre
los edificios, detrás de vuestros futuros suegros, podrá suceder que la inocente
damisela, mientras que susurráis las tiernas palabras de las jóvenes
confesiones, apenas os escuche, soñadora, mirando en sus sótanos a los panaderos
medio desnudos que amasan la harina con brazos vigorosos.
Notas del
traductor:
1.En el Islam, una hurí es una de las jóvenes
perpetuamente vírgenes que esperan a los creyentes en el Paraíso el día del
Juicio Final
2.Alusión al personaje de la mitología griega, que tuvo que dirimir una disputa
entra las diosas Hera, Atenea y Afrodita y fue el que desencadenó la guerra de
Troya.
3.Alusión a personajes de las novelas de caballerías. En particular al Amadís de
Gaula
4.Alusión a uno de los personajes de La mujeres sabias de Molière
5.Alusión a uno de los personajes de El Hipócrita de Molière
6.Durante la Revolución Francesa, la Convención Nacional fue la asamblea
consitucional y legislativa que duró desde 1792 hasta 1795.
7.Los Increibles y sus equivalentes femeninas, las Maravillosas, constituían un
movimiento en la Francia de finales del s.XVIII caracterizado por su gusto por
el lujo.
8.Jean, bastardo d'Orléans (el término bastardo no era entonces peyorativo),
conde de Dunois, llamado Dunois, nacido el 23 de noviembre de 1402 y muerto el
24 de noviembre de 1468 en el cstillo de Lay, fue uno de los capitanes franceses
en la guerra de los Cien Años. Fue también compañero de armas de Juana de Arco.
9.Louis Lazare Hoche, nacido el 25 de junio de 1768 en el barrio de Montreuil en
Versalles y muerto el 19 de septiembre de 1797 en Wetzlar (Oberhessen), fue un
general francés de la Revolución.
10.En la mitología griega, Thersite, hijo
de Agrios es un guerrero griego de la guerra de Troya. Homero lo describe como
el guerrero más feo del ejército griego. Además es insolente, mentiroso y
burlón. Ulises lo hace apalear y Achille, exasperado, lo mata por haber querido
violar el dadáver de Penthésilee. Depués de lo que, para purificarse, Achille
debe hacer el peregrinaje a Lesbos.
Traducción de
José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes |