|
CLEMENTINA
PAGET
Repudiemos toda
vanidad y digámoslo con imprudente franqueza: los poetas y los artistas, incluso
perdidamente enamorados, son unos esposos bastante mediocres y unos deplorables
amantes.
Aquel que, poseyendo a una mujer – quiero decir más bien que es poseído por
ella, – es susceptible de tener, ¡no más de una vez cada dos años! una sola idea
no relacionada directamente con esa mujer; aquél cuyo pensamiento no constituya
una adoración constante, la palabra sea una alabanza ininterrumpida y la actitud
un arrodillamiento perpetuo ante la criatura amada; ese hombre por rico que sea,
rico como el más rico banquero judío de Alejandría, guapo como el caballero de
Eon, robusto como un minero de Cataluña, joven como el Sr. Delaunay de la
Comedia Francesa, y tuviese tanto genio como Cleomenes, Shakespeare, o Delacroix
– jamás será considerado por ninguna esposa o por ninguna amante como un
enamorado perfecto, ni siquiera tolerable. Y no lo será en realidad, puesto que
en ese leal intercambio que debería ser el amor, la mujer, entregándose, da todo
lo que tiene, todo lo que es, no sabría dar más, y, consecuentemente, la menor
reserva por parte de usted constituye una desigualdad en la reciprocidad, es
decir un fraude, un robo.
Ahora bien, no podrá usted negar, por desgracia, lo obstinadamente que piensan
los poetas o artistas, ¡mis colegas! cuando la rima de una balada o el modelado
de una pierna o un torso se les resiste, mientras la bien amada, – bien amada
pero no lo suficiente, – atraviesa el despacho o el taller con un roce imperioso
de encajes o de sedas, con la evidente y legítima intención de ocupar y de
extasiar toda nuestra alma mediante la elegancia de un traje nuevo o por el
picante gracejo de un mechón recientemente peinado, que se enrosca un poco
alborotado al borde del ojo.
No crea sin embargo que las esposas o las amantes de los artistas tienen la
clemencia de confesarse satisfechas si sus maridos o sus amantes no les hurtan
nunca la más mínima parcela de sí mismos. Es típico de las mujeres, como de los
niños, pensar: «¡quiero más!» cuando se les ha dado todo. Desconocen lo que es
estar saciados; ningún alto en el deseo. La ambición a contracorriente más bien
que la propia ambición. «¿No te he ofrecido todos los diamantes y todas las
estrellas?– ¡Quiero ese pequeño guijarro! » Y, además, por una ley fatal, la
inspiradora es siempre la enemiga de la Inspiración.
Precisamente, Clementina Paget tenía esa suerte extraordinaria de ser amada por
un hombre que, aunque artista, le pertenecía en cuerpo y alma de un modo
absoluto. No había un rincón de su ser en el que ella no fuese soberana,
¡únicamente ella! y, durante tres años, él no había tenido para con ella ni un
minuto de indiferencia ni un segundo de distracción. Hechizo despótico,
definitivo, perfecto. ¿Cómo demonios François Lugeolle, alma elevada y delicada,
había podido prendarse hasta tal punto de una criatura definitivamente de una
mediocre belleza y notablemente estúpida? una casquivana además, de la más baja
especie. He de destacar que, poeta, pintor y escultor a la vez como los
semidioses del Renacimiento italiano, en todo lo que hacía era la explosión de
una gloria reciente, y tenía esa orgullosa belleza viril de los veinticinco años
en la que todavía se dejan ver los encantos de la adolescencia. No importa como
fuese, lo cierto es que la amaba tal como era. No trate usted de entenderlo; el
amor sopla hacia donde quiere. En cierta ocasión, en un baile de disfraces al
que había ido, después de una cena entre compañeros, no sé con que especie de
capricho o curiosidad iluminada por el champán, la había visto disfrazada de
lechera, blanca y gruesa, bebiendo con un montón de hombres con los codos
desnudos sobre la mesa; y se la llevó. Estuvo con ella toda la semana,
desconfiado pero contento; luego se quedó con ella para siempre. Esta muchacha,
que había empeñado en el Monte de Piedad su único traje para alquilar un pingajo
de carnaval; que conocía los largos pasillos de los hoteles de Montmartre, donde
un farolillo destella, ante el escaparte del «Bureau», en el aceite de un vaso
apoyado sobre un plato, y que había caminado más de una vez descalza sobre
azulejos rojos para ganar la cama de los reservados amueblados, esta muchacha se
vistió con las más raras telas, vivió en el lujo precioso de las colgaduras
antiguas y de los muebles exóticos, hundió sus zapatillas de perlas en alfombras
de Esmirna, profundas y suaves, tuvo almohadas de satén japonés, donde unas
cigüeñas extienden sus alas de oro, bajo el sueño de sus tupidos y desordenados
cabellos.
Pero François Lugeolle no se limitaba a desvivirse excesivamente para que ella
fuese feliz y triunfante, sino que también le entregaba su corazon, tan joven y
tan bueno, y su alma ingenuamente extasiada. Todavía hizo algo más: si no dejó
de ser poeta, pintor y escultor no fue más que por ella y para ella; no le
sacrificó su triple genio, pero se lo sometió.
A partir de ese momento Clementine se vio transfigurada por la magia del amor,
que él cantó en sus nobles versos; ella era la ninfa idílica de los arroyos,
que, velada de vapores y temerosa, hunde un pie en el agua fría, y se escapa,
asustada; el fleco rosa de su vestido de diosa se arrastra como un rayo de
aurora sobre la nieve del Olimpo. Y él no pintó otra cosa que no fuese ella, no
esculpió más que a ella. Con ese espantoso goce que torturaba y repelía al rey
Candaule, la mostró casi desnuda, odalisca, o Venus, o bacante, en sus calidos
cuadros completamente explosivos de oro y púrpura; perdidamente colmado de
delicia y celoso hasta la locura, reveló, mediante el mármol y el bronce, las
formas admirables de ese adorado cuerpo. De modo que Clementina Paget – a quien
los macarras del baile habían invitado a beber – no solamente tuvo la
satisfacción de ser rica y de considerar las monedas de oro como piedrecillas de
los caminos, no conoció solamente la embriaguez de ser idolatrada por un hombre
joven y guapo, sino que su destino fue ser la inspiradora, tan ilustre, de un
creador genial, y de ver su belleza inmortalizada por veinte obras maestras, a
partir de entonces imperecedera, ¡compartiendo la popularidad triunfal del
genio!
Pero se aburría espantosamente.
Sí, se aburría.
Tratando de ser una buena chica se esforzaba en sonreír, en parecer contenta,
pero era en vano; François Lugeolle se daba cuenta de que ella no era feliz.
Mantenía prolongados silencios, acostada en el sofá del taller, con la mirada
perdida en el techo, con los brazos caídos. ¿Qué le faltaba? ¿No poseía todo lo
que pudiera desear una mujer? Cuando él le preguntaba insistiendo: «¿Qué te
ocurre, qué te pasa?» ella respondía, con voz lenta, ocultando un bostezo:
«Nada, amigo mío,» y continuaba con su silencio, volviendo la cabeza hacia la
pared quería que la dejasen tranquila.
Para sacarla de esta languidez, cada día más profunda, François Lugeolle intentó
mil estrategias. ¿Quizás no tuviese suficientes vestidos lujosos, bastantes
joyas espléndidas? Vendió una casa que tenía y con el dinero que le pagaron por
trabajos futuros gastó en modistos y en orfebres. Ella sonrió un instante pero
su tristeza se reanudó. Él pensó que viajar conseguiría distraerla: en Italia
estuvo taciturna, no quería levantarse por las mañanas para ir a visitar las
ciudades; en Escocia dijo: «Volvamos a Paris.» Una vez de regreso, él salió con
ella todos los días, paseándola lentamente a lo largo de los escaparates,
vigilando si en sus ojos se despertaba algún deseo. No. Ella miraba ante sí,
vagamente; se detenía alguna vez ante esas tiendas donde se venden fotografías,
pero por poco tiempo y continuaba caminando sin decir una palabra. François
Lugeolle tuvo una idea espantosa: ¡sin duda echaba de menos su antigua vida! los
sucios goces de los antros, y los bailes, y las palabras soeces, y el vino que
allí se bebe, despeinada, bajo los toneles de las verbenas. Aprovechando el
carnaval, la condujo al lugar donde la había conocido; permaneció melancólica
proponiendo regresar. Entonces, no sabiendo que imaginar, él temió que no lo
encontrase los bastante célebre. ¿Tal vez juzgaba que él no la había cantado,
pintado, esculpido con bastante talento? Se puso manos a la obra, compuso su más
hermoso poema, expuso en el salón de pintura una «Marozia con el papa Juan X»
que provocó el entusiasmo del público, y, en el salón de escultura, una Venus
Pandemia que ¡obtuvo la medalla de honor! Ni siquiera leyó los periódicos donde
se hablaba de él y de ella. Se mantuvo en los rincones de la casa, con la cabeza
baja, o bien, de pie, con la frente pegada al cristal mirando al portero que
barría el patio.
Una tarde, regresando, no la encontró en casa; y pasó toda una noche horrible
sin que ella regresase. Loco, con zarpas de bestia desgarrándole el corazón, se
dedicó a recorrer el barrio, preguntando a todo el mundo. En casa del tendero
cayó sobre una silla, abatido, contando su historia a unos cocineros que iban a
hacer sus compras. Nadie había visto a Clementina. La única información un poco
precisa fue proporcionada por una vendedora de periódicos que había visto la
víspera a la señorita Page pasar, sobre las ocho de la noche, del brazo de un
caballero muy bajito, no bien parecido, gordo, con aspecto grotesco. François
Lugeolle se lanzó a través de Paris, al azar, buscando a su amante. No dudaba de
que lo había abandonado voluntariamente, que incluso tal vez lo hubiese
engañado; la vendedora de periódicos debía haber visto bien. Pero, torturado por
el abandono más que por la traición, sentía que Clementina le era indispensable
y que sin ella no podría vivir; y, cobardemente, se dijo a sí mismo que la
perdonaría. Fueron diez días de carreras, de esperanzas frustradas, de
angustias. Por fin abandonó, vencido, ¡hasta perdió el valor de buscar! Una
mañana, en la calle de Maubeuge, se encontró cara a cara con ella, cuando la
joven entraba bajo un portal, vestida de franela con una cesta colgada del
brazo.
Él le tomó las dos manos; luego, sin reproches y con lágrimas en los ojos, se
puso a hablar tristemente, suavemente, tiernamente; no pidiendo explicación
alguna, prometiéndole no preguntar nunca, suplicando que regresase con él a su
casa, ¡eso fue todo!
Un poco irritada al principio, acabó por responder, levantando los hombros:
–No. No quiero. Tengo otro amante.
El se estremeció; se contuvo.
–¿Otro amante?
–Sí, estoy con alguien.
–¿Con quién?
–Con Mousseron.
–¿El fotógrafo?
–Exacto. Vive ahí. Su nombre está en la puerta.
Espantado, estúpido, François Lugeolle dijo:
– ¡Pero Mousseron tiene cincuenta años!
–Ya lo sé.
–Es calvo, ¡horrorosamente feo!
–Ya lo sé.
–¡Y está en la miseria! Ha quebrado el pasado mes.
–Ya lo sé.
–¿Y me has abandonado por él?
–Tal y como te dije.
–¿Por qué? Explícame al menos la razón, desgraciada – gritó François Lugeolle
llevándose las manos a la cabeza.
Ella lo condujo ante un gran marco compartimentado colgado en uno de los
batientes de la puerta de la cochera.
–¡Por esto! – dijo ella en voz alta, levantando orgullosamente la frente.
Clementina Paget, que había sido cantada en tantos poemas, que había triunfado
en las telas estremecidas de vida, ensalzada, ninfa adorable o bacante heroica,
que había sido diosa en la inmortalidad del mármol, señalaba con la mano un
cartel fotográfico donde aparecía montando a caballo, en corsé, ante un espejo.
Traducción de
José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes |