|
LA CONSEJERA
Desde el
momento que se sentaron en el salón de terciopelo rosa, con colores
exquisitamente suaves, completamente pleno de tiernos olores, como un
invernadero cuyas flores son mujeres, la Señora de Portalègre tomó entre sus
largas manos los delicados dedos de la condesa, y le dijo adelantado los labios
en una sonrisa de carmín todavía fresco, pues apenas acababa de aplicarse su
maquillaje matinal:
–¡Realmente estáis afectada! ¿Qué os ocurre, querida? No temáis, hablad,
contadme todo. Estoy segura de que la cosa no es seria. Debéis confiar en mí. Me
gustais de un modo sorprendente. En primer lugar porque sois bonita y fresca
como Chaplin. ¡Conocéis a La Joven de las Gavanzas! Os parecéis de un modo
asombroso. Pues, se puede apreciar en vos una conciencia inocente, del mismo
modo que vuestro rostro es puro. Casada hace solamente dos meses solamente, aún
tenéis toda la inocencia de antes, con un poco de miedo de más. ¡Y venís de un
convento de provincias! ¿Tal vez queríais tomar votos? Os queda un vago perfume
a incienso; sois una flor de capilla, completamente mojada aún de agua bendita.
Coqueta y mundana como soy yo, como una rosa artificial perfumada de sándalo y
casi vieja ya, –¡treinta y un años, querida! – me sorprendéis absolutamente, lo
que hace que os adore. ¡Recluta! yo soy vuestro coronel; y quiero enseñaros la
instrucción, pues venís a pedirme consejo, ¿no es así?
–¡Por desgracia, sí!, señora – dijo la condesita juntando las manos debido a una
costumbre de interna devota.
–Preguntad.
–¡Ah! señora, se trata de una cosa muy seria.
–¿Seria? ¿de verdad?. Vamos, hablad, os escucho.
–¡Me resulta muy difícil de contar!
–Sin embargo no puedo adivinar.
–Pues bien, señora, – confesó la condesa ocultando en sus manos su pequeño
rostro más sonrojado,– ¡parece ser que me he comprometido de un modo espantoso!
–¡Cómo! ¿Ya? – exclamó la Señora de Portalègre.
–Ya. Mi marido pretende que soy una extravagante; mi suegra asegura que mi
conducta ha llamado la atención a todo el mundo, y que se acabó, que jamás seré
recibida en una casa honorable.
La condesita casi lloraba.
–¡Eh! Dios mío, ¿qué habéis podido hacer tan terrible, hija mía?
–Yo no sabía que estaba mal. Vos teníais razón antes: salí del convento y no se
me ha enseñado nada de lo que hay que saber. En fín, esto es lo que pasó:
Anteayer, en casa de la Sra. Soïnoff... ¿sabe usted de quién hablo?
–Claro que sí, es mi prima.
– Yo iba al baile por vez primera. Estaba muy turbada, os lo aseguro. Eso
provoca un singular efecto, todos esos ojos, todas esas luces, que miran
vuestros brazos, vuestros hombros...
–Os acostumbraréis.
–Perdí la cabeza y bailé tres veces seguidas...
–¿Con la misma pareja?
–¡Sí!
–Una imprudencia. ¿Quién era?
–El Señor de Puyroche.
–¿Aurélien de Puyroche?
–No, su hermano, el que no está condecorado.
–Está muy bien. Circunstancia agravante.
–Eso no es todo. Tras un vals, acepté su brazo para ir al buffet. ¡Permanecimos
allí bastante tiempo! yo bebía champán mientras él me contaba una multitud de
cosas que me hacían reír. Era muy divertido. Pero hete aquí, que unas personas
nos miraban; y la Sra. de Soïnoff dijo en voz alta, al pasar a mi lado: «Esta es
la última inconveniencia.»
–Tenía razón.
–¡Cómo! vos también, ¿vos sois de su opinión?
–Así es, pobrecilla mía. Pero hasta el momento no veo del todo en que puedo
resultaros útil. Espero, explicaos.
–Sí, me explicaré – dijo la condesa con tono resuelto.– Escuchad. No soy tan
inocente como parece. Yo miro, y veo cosas. Fíjese, en ese baile había mujeres
que bailaron toda la velada con el mismo caballero; durante el vals levantaban
demasiado alto sus brazos sin magnas, –¿es eso conveniente? – y reían muy cerca
de la boca de su pareja, se inclinaban sobre él, totalmente escotadas, de modo
que él no tenía más que bajar los ojos... En el buffet, – vaya si lo he
advertido– la marquesa de Poléastro no dejada de beber, con aire de haberse
equivocado, en el vaso de un capitán del estado mayor que estaba detrás de ella,
y que le hablaba siempre al oído. ¿Y vos me diréis tal vez que la Señora de
Soïnoff no estuvo una hora bajo el quicio de una ventana con ese gigantón ruso
que, más tarde en el cotillón, se arrojó a sus rodillas para besarle su botín?
–Vamos, vamos, no os enfadéis. Todo eso es cierto.
–Entonces, ¿por qué no se habla mal de esas mujeres, que hacen cosas peores que
las que he hecho yo? Pues, al fin y al cabo, el Sr. de Puyroche se ha portado
muy bien. ¿Y por qué soy cuestionada y ellas no?
La Señora de Portalègre había adoptado un porte casi doctoral,
imperceptiblemente irónico; habría podido recordar a Mefistófeles respondiendo
al colegial Wagner.
–Querida mía, ¿lo que venís a pedirme, es el medio de actuar a vuestra guisa, de
hacer todo lo que os plazca, sin que la sociedad encuentre en ello nada que
criticar?
–¡Sí! ¡Eso es!
–¿Queréis que os dé ese consejo, lo queréis realmente?
–Sí, quiero.
–¿Me prometéis que no os sorprenderéis de lo insólito y un poco terrible del
medio?
–No – dijo la condesa decidida.
Tras un silencio, la Señora de Portalégre continuó, solemnemente:
– Debéis saber pues que, para no verse jamás comprometida, hay que comprometerse
de una vez por todas, desde el mismo momento de la entrada en sociedad, no a
medias, ni de un modo furtivo, con aspecto de ser sorprendida en una falta a
vuestro pesar, sino por el contrario, abiertamente, sin pudor, de un modo
definitivo.
–¡Ah! ¡Dios mío! – exclamó la condesa, sacudida por un escalofrío – ¿Qué decís?
Es espantoso y absolutamente inmoral. Además estaría perdida para siempre... ¿Es
que la sociedad no os despreciaría? ¿Es que una honrada mujer, después de un
escándalo público, consentiría en teneros por amiga?
–Los comienzos siempre tienen algo de penoso, lo reconozco. Pero en París se
puede hacer, incluso en nuestra sociedad que pronto olvida, o al menos se pierde
en la multitud de tantos otros recuerdos. Muy pronto las puertas cerradas se
vuelven a abrir, las sonrisas de acogida reaparecen tan simpáticas como en el
pasado, y de la turbulenta aventura que, durante una hora, os ha deshonrado, no
queda más que una reputación de mujer excéntrica, gracias a la cual podréis, a
partir de ese momento, atreveros a todo sin que nadie le de importancia alguna.
Se es original, temeraria, un poco loca, todo el mundo lo sabe, es algo
convenido, no hay más que volver de nuevo bien a tomar o a abandonar, y ¡no se
abandona a las que son bellas y ricas! Hay cierta relación entre mi
procedimiento y la vacuna; más peligros tras el primer peligro. Yo os pregunto
¿por qué alguien se habría de preocupar del modo en el que una mujer se pone su
boina, cuando está probado que ella la ha arrojado por encima de los molinos?
Así es. Para aquellas que no han dado marcha atrás ante un primer escándalo muy
escabroso, completo, no hay más que un escándalo que temer: aquel que produciría
una vuelta a una burguesa vida regular y monótona.
–Señora... vuestro procedimiento.... ¿lo habéis empleado?
–¡Ah! sois curiosa! En cualquier cosa, mirad, lo que yo haya podido hacer se ha
olvidado puesto que nadie os ha hablado de ello. ¿E incluso creéis que me
preocupa? Sí, sí, es posible, no digo que no, que un día, hace mucho tiempo, me
dejé llevar por alguna extravagancia; fui, –¡oh! ¡una vez! – al café Inglés, a
una cena de hombres, y el secreto fue mal guardado; no negaré si alguien de
buena fe divulgó que me había visto, sin velo, en un palco de un pequeño teatro,
con un tenor que partía al día siguiente para San Petersburgo... ¡Ah! pero sí,
de hecho me acuerdo, he tenido toda una aventura: ¡he pleiteado con mi marido
por la separación! Se habló de ello durante ocho días. Hoy, ¿quién se acuerda ya
de todo eso? Soy una de las veinte mujeres excéntricas que París admite, y aquel
que se acordase de las viejas historias sería peor considerado que un
impertinente, sería un idiota.
La condesita escuchaba, completamente horrorizada.
–Y – dijo – decidme, os lo ruego, ¿estáis segura de que no hay otro... medio?
La Sra. de Portalégre iba a responder: No. Pero la miró, tan joven, tan dulce,
con ese miedo tan inocente en los ojos, que permaneció en silencio un largo
rato. Finalmente, aproximándose a ella, y con voz más suave, dijo, sinceramente
enternecida:
–Sí, hija mía, sí, hay otro medio, ¡y es el mejor! Mirad, el mundo no es tan
malo como parece; además, incluso cuando es cruel, habla más que calumnia: su
desprecio carece de imaginación. Es muy sencillo, lo que quiero decir, pero es
muy cierto: sed estimable, se os estimará. No bailéis demasiado a menudo con el
Sr. de Puyroche, ni con otros; amad a vuestro marido, tened muchos hermosos
hijos, y no envidiéis jamás, creedme, a aquellas que ¡ya no pueden comprometerse
más!
La Señora de Portalégre no ha vuelto a repetir el final de esta conversación. No
se sabe cuál fue el resultado de ella. Por lo que a mí respecta, me gusta estar
convencido de que, de los dos consejos, fue el segundo el que siguió la
condesita.
Traducción de
José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes |