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EL DIRECTOR
DEL TEATRO
Al comienzo de
todo lo que existe, – del tiempo en el que los animales todavía no hablaban, –
había un pacto tácito entre el Genio y el Público. Entonces el poeta prodigaba
los encantamientos soñadores de las comedias de amor, o dejaba en el drama
plasmar sus dolores sagrados, chorrear la sangre de sus divinas heridas, para el
pueblo ingenuo y magnánimo; y el pueblo, enternecido o sollozante, se agrupaba
en los teatros, con el temblor religioso de los fieles arrodillados en un
templo, y glorificaba apasionadamente al poeta.
Pero es de destacar que si esta entente se hubiese mantenido, los Premiéres
armes de Richelieu1 jamás habrían sido
representados sobre la escena del Gymnase, ni nunca las Mil y una Noches
sobre las tablas del Châtelet.
Ahora bien, precisamente, entraba en las previsiones de la Providencia diabólica
que preside los destinos humanos, que las Mil y Una Noches y los
Premières armes de Richelieu fuesen representadas sin descanso, bajo
todos los títulos imaginables, en todos los teatros conocidos.
¡Era necesario enfrentar al Poeta y al Pueblo! era necesario que esas dos
hermanas, el alma sublime de uno sólo y el alma ingenua de todos, se
convirtiesen, sin esperanza de reconciliación, en dos encarnizadas enemigas,
siempre ultrajándose o burlándose la una de la otra.
Y todo fue porque el diablo, – llamado también Maligno porque creó el vodevil, –
ha formado a su imagen y semejanza a ese monstruo abominable: el Director de
teatro.
Desde el momento que se instaló en el sillón de la dirección, de cuero o de
terciopelo verde, – tuviese una antigua tapicería, o satén dorado estampado de
flores rosas, ese sillón parecería siempre verde, puesto que es ¡el sillón del
director! – el Director de teatro habla en estos términos al ujier, no menos
cruel que él mismo, que vigila con saña en la antesala o en el pasillo:
– Tu no ignoras que los locos llamados poetas siempre se revelan por algún signo
exterior la peligrosa demencia que los posee. La mayoría son jóvenes, y algunos
son apuestos; en estos tiempos donde la calvicie triunfa, – desnudez del cráneo
que armoniosamente corresponde a la vacuidad del cerebro, – ¡fingen tener
cabellos! y sus ojos, a veces, tienen llamas ardientes y dulces, indicio de un
alma que reclama los cuidados del doctor Blanche. Tu me darás el placer de
prohibir la entrada, sin excepción, a todos los visitantes que, jóvenes y
apuestos, se permitiesen tener la cabeza menos lisa que una bola de billar bien
pulida, y la mirada menos encendida que un viejo céntimo recogido en el lodo del
arroyo. E incluso, si esos importunos insistiesen, te autorizo a decirles con
risa sarcástica que he partido para las Indias o para el África ecuatorial, con
el objetivo de contratar a un elefante rosa o a un unicornio sabio, que
interpretará el principal papel en una comedia de los hermanos Cognard adaptada
por el Sr. d’Ennery.
Pero, tomada esta precaución, nada estaba hecho todavía. Los poetas habrían
podido ensañarse, y el publico, ávido de belleza, habría podido exigir la obra
de los poetas. ¡Lo que hubiese sido desastroso! Era entonces indispensable
envilecer, corromper y embrutecer a ese público.
«¿Te imaginas que puedes amar los nobles versos, que te gusta estar emocionado o
radiante por los amores y los infortunios de los héroes imaginarios?¡Vamos
hombre! tú no te conoces a ti mismo, ¡como niño grande que eres! Lo que te
encanta es el esplendor de los decorados, la seda y el oro del vestuario, el
tropel de muchachas desnudas y el ladrido de la jauría en los bosques de cartón.
Mujeres y perros, ¿qué más puedes desear, si no son algunos elefantes y ocho o
diez leones? Emborráchate con todos los viles y magníficos espectáculos. Fíjate,
¡brazos, hombros, pechos y nalgas! Si quieres haré apresurar los maillots. Bajo
el fulgurante rosa o azul de la luz eléctrica, entre los vuelos enloquecidos de
las faldas y los olores del maquillaje que suda, – mientras la jauría desgarra
las viandas, – ¡tú devorarás con la mirada, la carne! Y nada que dar a la
criadita al salir. »
Pero el público, – en cuanto alma que es, a pesar de todo, sobrevive, – no se
hubiese dejado hacer, habría resistido a la tentación; el Director de teatro
juzga prudente usar un poco de calumnia.
«¿Acaso no ves, ¡oh, inocente multitud!, que los poetas se burlan de ti? Son
impertinentes y altivos. Los temas que eligen, heroicos o legendarios, se burlan
de tu vida cotidiana, y el lenguaje que hablan, no, que cantan, desprecia tu
lenguaje familiar. Se levantan para hacerte ver lo insignificante que eres, y
disfrutan infringiéndote la humillación de no comprenderles. ¿No lo sabes? a los
que llaman burgueses, los filisteos, ¡eres tú mismo, público! Tú eres el vulgum
pecus, estúpido y odioso. ¿Y, benevolentemente, te prestarás a que se te
rechace, adorarás que se te ultraje?»
Por otra parte, el Director de teatro decía a los poetas:
«¡Eh! Dios mío, que locura se apodera de vosotros, al arrojar vuestras perlas a
los cerdos? Desde luego, ¡yo adoro la poesía y las grandes obras! el ritmo de
los versos me mece deliciosamente; nada más que escuchando besar dos bellas
rimas quedo embelesado. Sería mi alegría, – ¡pues al fin y al cabo soy un hombre
de letras!– representar nobles dramas y románticas comedias. Pero el público,
¡ah! hijos míos, el público ¡qué bruto! ¿Creéis que entiende algo de vuestras
delicadezas, de vuestros refinamientos? ¡Quimera! Para deslumbrar a este
imbécil, hay que ser un imbécil como él. Aceptad un buen consejo: haced poemas
para leeros los unos a los otros, o para recitar a vuestras amantes extasiadas;
y dejad a la inepta y abyecta multitud, lejos de vosotros, muy lejos,
regocijarse en el fango de los divertimentos que ella prefiere.»
Tan a menudo y durante tanto tiempo, el Director de teatro ha hablado de ese
modo, que ¡se ha acabado por escucharle, por creerle! y ahora se ha abierto un
abismo, vertiginoso e infranqueable entre la multitud, internada en la obra con
maillots, y el poeta, solitariamente exiliado en la Oda.
¿Pero qué ventaja encuentra el director de teatro en ser lo que es? No ignora
que los decorados y el vestuario y los elefantes y las jaurías devoran sumas
enormes, y que hay, como en el suelo de la escena, agujeros en su caja por donde
desaparecen inevitablemente, – sin fuegos de Bengala, por desgracia – los sacos
de oro y los fajos de billetes. ¿Se deja deslumbrar por algún éxito momentáneo?
Es improbable. Tantos ejemplos, antiguos o recientes, están allí para advertirle
que ningún éxito de esta especie, incluso brillante, no dura, y que todas las
comedias, finalmente, se acaban por esta mediocre y limitada apoteosis: la
quiebra. No, lo que lo deslumbra y lo impulsa, no es la quimérica esperanza de
enriquecerse; sino que es la embriaguez de ordenar a hombres y a mujeres con
todo el poder de una tiranía más perfectamente despótica que la de los más
imperiosos Césares y los más impasibles sultanes. Pues ningún jefe, en efecto,
es tan jefe como él; y, desde luego, Héliogabale, gran sacerdote del sol,
príncipe de los romanos, y Dios, no sería, al precio del Director de teatro, más
que un rey constitucional.
¿Que puede hacer? De todo. Es a su palabra, menos que su palabra, a un gesto
suyo, menos que a su gesto, al más mínimo fruncimiento de sus cejas, como
obedece, estremeciéndose como una mata de rosales sacudida por el viento, el
tumultuoso ejército de figurantes, músicos de orquesta, maquinistas, costureras,
controladores y acomodadoras. Los artistas también, sí, los más famosos,
aquellos incluso que hacen taquilla también le son sumisos, – a pesar de
pasajeras revueltas,– como los mensajeros de Hipolito lo eran a ese joven héroe.
Él es el domador por excelencia, el dominador sin réplica. Sin embargo, todos
aquellos a los que oprime, podrían presionarlo a su vez, puesto que él no puede
nada sin ellos, puesto que en efecto depende de ellos. No, se inclinan, se
humillan, incluso se arrodillarían. ¿Por qué? sin motivo aparente, o más bien
por la única razón de que ¡él es el Director! Yo no diría que él abusa de este
poder, pero que lo posee, lo afirmo.
Y esta tiranía no se ejerce solamente en los teatros importantes donde la
continuidad del éxito puede conferir alguna importancia o algún lustre a
aquellos que los dirigen. He visto esta situación en un tugurio de los bulevares
lejanos: desde hacía tres meses los actores y las actrices no habían cobrado;
irritados finalmente, – ¡pues el hambre exaspera! – estaban allí, en el pasillo,
todos, el padre noble y el ingenuo, el traidor y la gran coqueta, el cómico
joven y el cómico veterano, y los demás, y, con ellos, los empleados y los
violinistas y los clarinetistas; todos, con cólera en la mirada, la rabia en los
dientes, abundando en tumultuosas injurias contra el hombre que los había
engañado, hablaban de sus muebles vendidos, de llaves rechazadas por los
propietarios de las viviendas, de hijos que no tenían pan desde la víspera, –
jurando no tener esta vez piedad por su deudor, de manifestarle su vileza
abiertamente, y de ¡saltarle a los ojos si no abría su caja! «¡Yo lo
estrangulo!» concluyó un gran primer papel que había representado a Portos en
provincias; pero, desde que hubieron sido introducidos, en batiburrillo, en el
despacho del Director, donde él estaba sentado, imperturbable, en su sillón de
director, se produjo un gran silencio; esta tropa de bestias aullantes, de
súbito se convirtió en un rebaño de corderos, que incluso no balaba; ni una
reclamación, ni una queja; sin darles un pataco, sin hacerles una promesa, el
dueño los despidió, humildes, sumisos, satisfechos, con saludos que reculaban
obsequiosamente hacia la puerta; e incluso el gran primer papel se sintió muy
honrado, tomando un aire muy altivo, porque el Director de teatro golpeándole
amistosamente en el hombre, se permitió pedirle prestada una pieza de cuarenta
centavos.
Pero esto acabará. Un día, – que tal vez no esté lejano, – un levantamiento
victorioso de poetas y de artistas sacudirá el viejo yugo, y se precipitará,
cantando alguna violenta Marsellesa, al asalto de los teatros, esas Bastillas de
los manuscritos. Nos llevaremos, no a los directores, – ¡la clemencia honra a
los vencedores! – sino a los sillones de los directores de cuero o en terciopelo
verde. Serán amontonados, esos asientos augustos, más temibles que tronos, sobre
una pira bien encendida, en alguna plaza pública en fiesta; y, mientras los
revolucionarios bailan en torno a las hermosas llamas, se volverán a reconocer,
a la luz del incendio, y reconciliarse, felices, y abrazarse por fin los Poetas
y el Público.
1. Les Premières armes de Richelieu, comedia en 2 actes, de Bayard y
Dumanoir. estrenada en el Palais Royal de Paris, el 3 de diciembre de 1839-
Traducción de
José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes |