|
LA DUQUESA DE COUAREC I Georges y yo
caminábamos por un paseo flanqueado por unos plátanos, sin hablar. Era una de
esas tardes de otoño, tibias, tiernas, dolientes, que nos adormecen tan
lánguidamente el alma, y hacen que todo nuestro ser, dilatado, abierto,
ofrecido, se funda con la ensoñación crepuscular de las cosas y en ello se
regocije. Bajo el cielo sin nubes, donde palidecía la encantada melancolía de su
azul, tras el antiguo castillo que todavía no tenía iluminadas sus ventanas y
que erguía su forma rectangular completamente negra con cuatro sólidas torres,
la luna elevaba lentamente, llena, sin halo, blanca, creciendo sobre los
tejados, sobre la terraza, sobre las cestas del parterre y sobre los profundos
árboles, y sobre el lejano horizonte, su inmensa y diáfana palidez, semejante a
una red encrespada de plata. II «¿Tú conociste a Albin de Cernac? Dulce, apuesto, audaz, un auténtico galán. Amaba a la duquesa con profunda pasión, sin límites, de un modo absoluto. Pero sin esperanzas, ¡oh! ¡sin ninguna esperanza! ¿Era posible ser amado por la duquesa de Couarec? ¿No era la más casta y a la vez más hermosa? Perfecta esposa, admirable madre, ¿no había pasado por el despreciable mundo que difama y calumnia, sin que nunca fuese objeto de sospecha? Piadosa, además, con una piedad un poco fanática, aferrándose a su salvación con obstinación de bretona. De modo que, a pesar de su fortuna y belleza, –¡su incomparable belleza!– poco a poco la soledad fue rodeándola. Ella aceptaba, amaba ese aislamiento. Lejos de los hombres se está más cerca de Dios. Cuando bajo el ruego de su marido consentía en presentarse en alguna fiesta, llegaba tarde, se retiraba pronto, aburrida, un poco severa; su afabilidad mundana, visiblemente, no era más que una resignación de su austeridad; a causa de eso, se mezclaba el malestar con el respeto que inspiraba; cuando estaba presente se tenía frío como en un habitación donde estuviese una estatua de nieve. Pues bien, esa mujer, una noche, de repente – sí, aquí, en este castillo en el que estamos, – esa mujer dijo a Albin de Cernac, muy aprisa, muy bajo, ofreciéndole una taza de té: «Quiero. Esta noche. En mi casa.» Y, esa noche, con el arrebato de una pasión largo tiempo contenida y orgullosa de confesarse finalmente, ¡se entregó a él por completo! Él no comprendía cómo la había merecido, como había podido obtener, –¡sin pedírselo!– la realización repentina de su devorador deseo; tampoco trataba de comprenderlo. Se arrodillaba, casi espantado, la miraba obnubilado; y ella, en el soberbio descaro de alegría, decía: «Sí, sí, ¡te adoro!» Pero cuando estaba a punto de amanecer, unas temores la invadieron. ¿Y si al salir de la habitación, él hiciese algún ruido en la escalera despertando a alguien? Era terrible con solo imaginarlo. ¿Qué hacer? Albin pensó en la ventana. Una locura. La habitación de la duquesa se encuentra en el segundo piso de la torre de la izquierda, y, debajo del marco, – fíjate, puedes verlo desde aquí, – se abre profundamente el antiguo foso donde se apilan las piedras de la muralla en ruinas. Huir por ahí sería imposible. Pero no, posible, incluso fácil, gracias a una precaución que ella había tomado. De una armario extrajo una larga cuerda anudada, enrollada como una sirga de marino, – una cuerda de seda, fina pero sólida. Albin no lo dudó; era valiente, se sabía ágil y robusto. La cuerda fue atada al borde de la ventana; él pasó por encima del alfeizar, – tras el inefable beso de despedida, – y comenzó a descender a lo largo de la muralla, en el crepúsculo, con los ojos dirigidos hacia ella que se inclinaba, adorable, entre sus cabellos desordenados. Para mirarla aún, él olvidaba todo, el cordaje que podía romper, el sombrío abismo abierto bajo sus pies. Pero, de repente, vio brillar algo entre los dedos de la duquesa; ¡unas tijeras! y ella cortó la cuerda, y el desdichado, cayendo desde una altura de quince metros, se rompió el cráneo en las piedras del foso. » III Yo había
escuchado sin interrumpir; por fin exclamé: Traducción de
José M. Ramos |