LA DUQUESA DE COUAREC

I

Georges y yo caminábamos por un paseo flanqueado por unos plátanos, sin hablar. Era una de esas tardes de otoño, tibias, tiernas, dolientes, que nos adormecen tan lánguidamente el alma, y hacen que todo nuestro ser, dilatado, abierto, ofrecido, se funda con la ensoñación crepuscular de las cosas y en ello se regocije. Bajo el cielo sin nubes, donde palidecía la encantada melancolía de su azul, tras el antiguo castillo que todavía no tenía iluminadas sus ventanas y que erguía su forma rectangular completamente negra con cuatro sólidas torres, la luna elevaba lentamente, llena, sin halo, blanca, creciendo sobre los tejados, sobre la terraza, sobre las cestas del parterre y sobre los profundos árboles, y sobre el lejano horizonte, su inmensa y diáfana palidez, semejante a una red encrespada de plata.
Yo me detuve, radiante.
Allí, muy cerca de nosotros, – pero sin duda no nos veía por culpa de las ramas que intensificaban la penumbra, – la duquesa de Couarec estaba sentada delante de un rosal, teniendo en sus rodillas a la pequeña Lola, su hija, que le sonreía bajo los labios. Yo estaba invitado en casa del duque hacía seis días, y muchas veces había admirado a la hermosa y joven mujer; nunca me había parecido tan adorablemente exquisita y pura como esa tarde, en la suavidad de la luminosidad nocturna y del jardín en calma. Vestida de blanco con su largo vestido que la luna envolvía de un aterciopelado níveo, con el busto medio inclinado como la curva de un esbelto tallo de lis, dirigía bajo el oro pálido de sus cintas que habían sido un poco manoseadas por las caricias de la niña, su grave y suave rostro en el que la serenidad de la sonrisa se extasiaba de ternura, donde las miradas tenían el augusto candor que se atisba en los ojos pintados de las Madres virginales. El misterio de la hora añadía a esta visión todo el alcance del pensamiento. Y, cuando la duquesa, más inclinada aún hacia su angelito, lo besó ampliamente en la frente y en sus cabellos desordenados, sentí que me empapaba, como una agua deliciosa y fresca, el ejemplo del inmaculado amor y la pureza infinita.
¿Había hablado en alto, mientras soñaba? es probable; Georges me dijo al oído, con voz ruda, donde temblaba la cólera:
– Y sin embargo, si un rayo divino cayese sobre esta mujer, y la destrozase, ¡el rayo sería una bendición! Pues, en realidad las Cleopatras fatales, asesinas, amantes de esclavos nubios, y las cinicas, Mesalinas, y las Faustinas desenfrenadas, y esas reinas de Francia a las que poseía el sangriento demonio de la Lujuria, fueron menos abominables que ella.
–¿Estás loco? –exclamé.
–No. Ven.
Me arrastró hacia el fondo más oscuro del paseo.

II

«¿Tú conociste a Albin de Cernac? Dulce, apuesto, audaz, un auténtico galán. Amaba a la duquesa con profunda pasión, sin límites, de un modo absoluto. Pero sin esperanzas, ¡oh! ¡sin ninguna esperanza! ¿Era posible ser amado por la duquesa de Couarec? ¿No era la más casta y a la vez más hermosa? Perfecta esposa, admirable madre, ¿no había pasado por el despreciable mundo que difama y calumnia, sin que nunca fuese objeto de sospecha? Piadosa, además, con una piedad un poco fanática, aferrándose a su salvación con obstinación de bretona. De modo que, a pesar de su fortuna y belleza, –¡su incomparable belleza!– poco a poco la soledad fue rodeándola. Ella aceptaba, amaba ese aislamiento. Lejos de los hombres se está más cerca de Dios. Cuando bajo el ruego de su marido consentía en presentarse en alguna fiesta, llegaba tarde, se retiraba pronto, aburrida, un poco severa; su afabilidad mundana, visiblemente, no era más que una resignación de su austeridad; a causa de eso, se mezclaba el malestar con el respeto que inspiraba; cuando estaba presente se tenía frío como en un habitación donde estuviese una estatua de nieve. Pues bien, esa mujer, una noche, de repente – sí, aquí, en este castillo en el que estamos, – esa mujer dijo a Albin de Cernac, muy aprisa, muy bajo, ofreciéndole una taza de té: «Quiero. Esta noche. En mi casa.» Y, esa noche, con el arrebato de una pasión largo tiempo contenida y orgullosa de confesarse finalmente, ¡se entregó a él por completo! Él no comprendía cómo la había merecido, como había podido obtener, –¡sin pedírselo!– la realización repentina de su devorador deseo; tampoco trataba de comprenderlo. Se arrodillaba, casi espantado, la miraba obnubilado; y ella, en el soberbio descaro de alegría, decía: «Sí, sí, ¡te adoro!» Pero cuando estaba a punto de amanecer, unas temores la invadieron. ¿Y si al salir de la habitación, él hiciese algún ruido en la escalera despertando a alguien? Era terrible con solo imaginarlo. ¿Qué hacer? Albin pensó en la ventana. Una locura. La habitación de la duquesa se encuentra en el segundo piso de la torre de la izquierda, y, debajo del marco, – fíjate, puedes verlo desde aquí, – se abre profundamente el antiguo foso donde se apilan las piedras de la muralla en ruinas. Huir por ahí sería imposible. Pero no, posible, incluso fácil, gracias a una precaución que ella había tomado. De una armario extrajo una larga cuerda anudada, enrollada como una sirga de marino, – una cuerda de seda, fina pero sólida. Albin no lo dudó; era valiente, se sabía ágil y robusto. La cuerda fue atada al borde de la ventana; él pasó por encima del alfeizar, – tras el inefable beso de despedida, – y comenzó a descender a lo largo de la muralla, en el crepúsculo, con los ojos dirigidos hacia ella que se inclinaba, adorable, entre sus cabellos desordenados. Para mirarla aún, él olvidaba todo, el cordaje que podía romper, el sombrío abismo abierto bajo sus pies. Pero, de repente, vio brillar algo entre los dedos de la duquesa; ¡unas tijeras! y ella cortó la cuerda, y el desdichado, cayendo desde una altura de quince metros, se rompió el cráneo en las piedras del foso. »

III

Yo había escuchado sin interrumpir; por fin exclamé:
–¡Eso no es cierto!
– Un poco después del amanecer, un criado oyó débiles lamentos. Acudieron de inmediato y recogieron a Albin completamente ensangrentado. Con voz casi extinta, murmuraba que, paseándose desde muy temprano, alrededor del castillo, había resbalado al borde del foso. Pero yo quedé solo, junto a él, en la habitación donde lo habían acostado, y, antes de morir me lo confesó todo.
–¡No! ¿Por qué la duquesa habría cometido ese crimen?
–Los muertos no hablan.
–¡Oh! ¡sería espantoso!
–¿Todavía dudas? pues bien, escucha, la duquesa está allí. Aproxímate a ella y dile, como quien no quiere la cosa, esta frase banal, mirándola besar a su hija: «Es usted dichosa, señora, y digna de vuestra felicidad.»
–¿Por qué habría de decirle eso? ¿Crees que se turbará, tal vez?
–¡Ya verás! ¡ya verás!
Procedí como él quería. Tras algunas palabras, pronuncié la frase que él me había dicho, y ¡estaba seguro que la duquesa no se alteraría! Ninguna turbación, en efecto: ella sonrió dulcemente, y volviendo hacia mi sus hermosos ojos serenos, dijo:
–¿Digna de mi felicidad? ¡oh!, no, pero estoy protegida.
–¿Protegida?
–De entrada por Dios; y luego por un talismán que tengo. Nosotras, las bretonas, ¿sabe usted?, somos un poco supersticiosas. Fíjese, he aquí mi amuleto, añadió, con la sonrisa todavía más dulce y los ojos más serenos.
Me mostraba un singular brazalete que tenía en la muñeca derecha, – un brazalete hecho de un trozo de cuerda de seda; y se dedicó a besar los cabellos de la bonita Lola.
Huí de allí. Me reuní de nuevo con Georges. Le dije:
–¿Por qué no has denunciado a esa miserable?
–¡Porque la amo! – respondió con una voz sorda donde afloraba un sollozo-, y porque tal vez, un día, ¡quiera cometer otro crimen!»

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes