EL ENAMORADO DE LA SEÑORITA MASSIN

Cuando incluso la mismísima Venus se hubiese levantado para transformar en caricias carnales el abrazo alrededor del cuello con sus dos brazos de mármol, el barón de Hercelot no hubiese sentido el más mínimo estremecimiento recorrer su piel pesada y flácida como una piel de pescuezo, y sus húmedos párpados, colgantes, no hubiesen producido ni un parpadeo. Pues era un hecho: de todos los muertos vivientes, él era el que más muerto estaba. ¿Su corazón? piensen en un limón vacío, seco, donde unas comensales, toda una noche, han metido y vuelto a meter la punta puntiaguda de sus uñas. ¿Su consciencia? un sonámbulo, nunca lúcido. ¿Su estómago? una perpetua nausea un día tras otro. No experimentaba ninguna alegría cuando pasaba en vestido primaveral, bajo el sol dominical, una muchacha risueña, un poco sonrosada bajo la sombrilla, como un perro no experimenta ningún placer en mirar una flor; él consideraba, a la hora de dar limosna, la fatiga de extender el brazo, y en el rechazo de dar, lo irritante de tener que decir no; incluso después de un paseo matinal a lo largo de la fresca orilla del río y absolutamente hambriento, no hubieses sonreído viendo humear una gran tortilla de oro bajo el cenador. Ni los sabios desenfrenos que premeditan esas flacas parisinas poniendo su corsé con la furia de las Marozia papales o el ingenio de las busconas de Montboissier le afectaba; ni la sangre de una antigua afrenta le subía a la cara; ni las culpables alquimias de un cocinero diabólico, discípulo a la vez del marques de Sade y de Careme, que hubiese servido al barón trufas recogidas bajo la tierra del Vesuvio, y cocidas, aliñadas con pimienta, en la piel de una guindilla de las Antillas, hubiesen despertado en él el deseo, el remordimiento, el hambre. Y usted lo ha visto pasar muchas veces por delante de Tortone, a ese parisino monstruoso, lento, pesado, gordo, pálido, expuesto al sol, como una enorme cosa sucia, con su obesidad de cadáver de ahogado.

II

¡Se enamoró! sí, enamorado perdidamente, tiernamente, ¡deliciosamente enamorado! Tras una larga cena, donde, por casualidad, había bebido sin demasiado disgusto uno o dos vasos de Chateau Yque, había ido a ver representar Nana – un viejo melodrama romántico, que, en esa época, en el teatro del Ambigu, estaba muy de moda – y, de repente, como un colegial cuyo corazón se ilumina a la vista de una muchachita vista a medias, se quedó prendado de una actriz llamada Señorita Massin, que tenía el papel principal en la obra, hoy olvidada, del Sr. William Busnach. Y la pasión que lo invadió fue tan franca y calurosa que ese muerto resucitó ¡como si le hubiesen transfundido en las venas toda la sangre viva y pura de un hombre joven! Estupefacto y radiante con su existencia, se dio cuenta, al salir del teatro, que el viento era fresco, que las estrellas del cielo sonreían pensativas y encantadoras como ojos de mujer. Respiraba a pleno pulmón, se hinchaba de aire y se bienestar. ¡Tuvo hambre! ¡tuvo sed! Se sentía bien. Se acordó de una familia de Étampes a la que había arruinado, antaño, en la época en la que él era director de un banco: resolvió compensar a esas pobres personas. Encontrándose con un hombre al que apenas conocía, le estrechó la mano cordialmente, preguntándole con interés: «¿Qué tal le van las cosas?», y le dijo: «Hasta luego», con cariño. Una pobre vendedora de flores, en harapos, lloraba bajo el oscuro umbral de una puerta; ¡tuvo la idea de adoptar a esa niña! al menos le dio un luís, y, viéndola reír, se dijo a sí mismo: «¡Ah! que bueno es ser caritativo.» Luego, por la noche, con la mente repleta de sueños en la fiebre de la almohada, volvió a ver a la poderosa cautivadora que lo había rejuvenecido, reavivado y renovado completamente ¡con una sola mirada! Incluso se sintió tan conmovido que a punto estuvo de escribir versos.
No solamente había rejuvenecido, se había vuelto un niño. Sintió una timidez exquisita, frágil brote de una vieja rama. ¿Volver al teatro donde actuaba la señorita Massin? No se atrevió. Un sentimiento de pudor lo frenaba en volver a encontrar su alegría. Sin embargo, después de ser informado en casa del portero, temblando, de la dirección, osó escribirle. Todos nosotros hemos escrito, cuando éramos adolescentes, esas letras ingenuas y pedantes a la vez, donde la sinceridad de los primeros amores se adaptan aquí y allá a las lecturas de algún libro novelesco. Le decía que se moría da amor; que ella le había revelado un mundo nuevo, desconocido, ideal; que era su sueño hecho mujer o quizás ángel; que le había dado un alma, un corazón; que la respiraba en el aire, la veía en la luz, la seguía en el viento,; y que, si no consentía en ser dulce para él, no le quedaría más remedio que ahogarse o ahorcarse, sí, ahorcarse, tras haber recomendado que se le enviase un trozo de soga a la Señortira Massin, a fin de que fuese feliz después de que él muriese. En esos arrebatos era tan cándido que no pensaba siquiera en confesarle que tenía cincuenta mil libras de renta y un palacete en el Parque de los Príncipes. y le escribió cinco veces, diez veces, veinte veces. Pero ella no le respondía nunca, sin duda teniendo la bonita joven, otras cosas en que pensar. De modo que comenzó a sufrir de un modo espantoso, adelgazó y perdió el apetito que por ella había recuperado, cayendo enfermo. Ella se enteró y se conmovió. Llena de piedad, –¡oh! ¡solamente de piedad! – por ese pobre hombre pletórico de tanto amor, consintió en recibirlo una tarde.

III

Él subía la escalera. Su corazón era tan grande que le reventaba el pecho. Se tambaleaba en la rampa, apenas atreviéndose a avanzar, con ganas de huir. Encontraba deliciosa toda la turbadora angustia de las primeras citas. ¡Por fin iba a verla! ¿Era posible? ¡ella estaría allí, y él cerca de ella! Qué alegría, era la quimera, el sueño hecho realidad. ¡Era cierto, era cierto!; tenía en el bolsillo de su chaqueta la carta en la que le decía: «Estaré en casa, mañana a las tres.» Se precipitó, llamó, ni siquiera perdió tiempo en entregar su sombrero a la criada y entró en el salón.
La Señorita Massin había llevado la clemencia hasta el extremo de estar ese día más bonita que nunca. Bajo los reflejos, apenas dorados de las cortinas de seda que tapaban las ventanas y daban al ambiente como un tono de viejo márfil disperso, ella se mostraba en todo su esplendor, un poco sonrosada, entre los encajes de su vaporosa bata; los párpados bajos, como lasos, sobre sus ojos lánguidos, con la boca roja, entreabierta en su rellenita cara de mujer pícara; inclinaba la mejilla sobre un hombro de nieve calida, de donde se caía una sisa, y bajo su mentón sus bellos brazos cruzados sin mangas. ¡Todos los perfumes salían de ella! El extremo de una chinela de perlas, donde el pie estaba desnudo, sobresalía del último volante de la bata, como el morro de una galga se desliza bajo una cortina.
– Siéntese caballero – dijo ella.
Y siempre mostrando toda su belleza, –inconsciente, mejor no lo podía hacer, – añadía, misericordiosa, una sonrisa para la ocasión.
Sin embargo él, ante esa juventud y ese hermoso donaire, permanecía silencioso y taciturno, aterrado. ¡No era alegría, ni admiración, ni amor lo que se vislumbraba en su mirada!, sino desesperación, espanto, horror. De súbito se había vuelto espantosamente pálido; Unos temblores, como si hubiese caído en hielo fundido, sacudían su cuerpo. ¡Ah! Desde luego ningún hombre, acabando de perder a la vez su más glorioso sueño y su última ilusión y el honor, – no, ¡ni incluso Icaro caído del carro celestial! – no ha estado tan despiadadamente afligido, destrozado, vencido, como lo estaba en ese momento el barón de Hercelot.
Farfulló con un estrangulamiento en la voz:
–¡Usted! ¡usted!... ¡Que! ¡es usted!... ¿Así es como usted es?... blanca y rosa... con donaire... fresca... En la obra, usted es...
Ella rió a carcajadas.
– ¡Solamente soy fea en la última escena de Nana! – dijo ella.
–¿En la última escena?
¡En efecto! la noche en la que se había prendado de la señorita Massin, había llegado al teatro muy tarde, tras una larga cena. ¡Comprendió todo! Mascullando una blasfemia, con el rostro en las manos para no volver a verla, dio la vuelta violentamente, corrió hacia la puerta, bajó a trompicones la escalera y huyó.
Ahora ha vuelto a caer en su pesada apatía. Ni deseos, ni remordimientos, ni hambre ni sed. Algunas veces sin embargo, todo su ser se sobresalta; sus ojos se humedecen, llenos de nostalgia por su sueño: acaba de recordar, bruscamente, la suprema decepción y solloza, llora por su quimera desvanecida. Pero ¡cuídate mucho de burlarte de él o de despreciarlo! pues ¿estás seguro, tú, que has ido en París, en cien veladas, a aplaudir lo odioso y adorar la podredumbre, estas seguro de no parecerte a ese Monstruo? Y esta es la moral de este cuento.

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes