FELIX GARGASSOU

Un imbécil que tiene por oficio ser graciosillo. La aventura es menos rara de lo que se piensa. Nacido torpe, zote, su torpeza se ha ido reforzando día tras día, cimentada de ignorancia y desfachatez. ¡La única cosa que sabe es que lo sabe todo! Una vez, jactándose de erudición, en un pequeño periódico financiero, en relación con una tragedia en cinco actos que un antiguo fabricante de medias para varices acababa de hacer representar en el teatro Déjazet, lamentó magistralmente que la Historia no hubiese juzgado conveniente dar el sobrenombre de Grande al emperador Carlomagno. Fue él quién profirió, en el salón de Bellas Artes durante una exposición universal, una frase incomparablemente estúpida, – ¡de una profundidad de ineptitud que da vértigo! – y de otro modo admirable en lo absurdo como lo son en lo súblime el «¡Se murió!» del viejo Horacio y el «¡Bebo contigo!» de Julieta: llevando del brazo a la pequeña Anatoline Meyer, de los Bouffes, que creía atisbar de lejos en la obra de un escultor italiano, un Napoleón en Santa Elena, abotargado, flaco, sentado en una silla de piedra bastante semejante, es cierto, a media bañera, él dijo a la pequeña Anatoline, –¡quien le creyó!– estas palabras con mucha seriedad: «¡Es el que asesinó a Charlotte Corday en su baño!»
Pero su perfecta imbecilidad, inmaculada y serena, no está exenta de alguna malicia, no se deja constatar sin cierta habilidad; malicia de garduña y destreza de ardilla. No habiendo podido ser nunca ni abogado, ni médico, ni profesor de piano, ni pintor, siquiera de brocha gorda, ni cajero, –¡felizmente para él!– ni incluso expedicionario, y muriendo de hambre como un escultor que todavía no ha obtenido más que dos medallas, se dejó caer por las cervecerías de los bohemios y los cafés de los periodistas, copió maneras de ser, imitó modos de expresarse, retuvo dos o trescientas palabras fantásticas o pintorescas, almacenó en la memoria treinta o cuarenta anécdotas, adquirió una especie de labia y acabó por ser tan divertido como un piñuelo y tan jocoso como un viva la virgen. Fue cuando se despertó en él una ambición. Se coló en un periódico, luego en otro, y en otro; aportó noticias, se hizo aceptar las informaciones; se aventuró a escribir una crónica no firmada, fue abucheado; no se desanimó, supo limitarse sabiamente a tareas humildes; se relacionó con algunos porteros de teatro, fue amante de una actriz, comenzó a saber lo que acontecía en los despachos de los directores, y escribió, sin respeto por la ortografía, pero el corrector está para algo, y tuvo la suerte de «encontrar» un escándalo, – usted conoce el asunto de los diamantes robados en el camerino de Marthe Caro por un respetado hombre de Milán; fue desde entonces considerado como un tipo sagaz y creó una especialidad, la de observar los palcos de los pequeños teatros y designar, al día siguiente, mediante iniciales, a serios o ilustres personajes que habían ido a ver actuar, en compañía de alguna muchacha pelirroja, la opereta de las Fantasías Parisinas o la revista del Ateneo; finalmente firmó, en tercera página, cortos artículos, entre anuncio y anuncio, firmó unos cuantos más, acabó por hacerse fijo; se sirvió de las dos o trescientas palabras pintorescas aprendidas tiempo atrás, espació las treinta o cuarenta anécdotas aumentadas con otras; logró convencer a muchas personas de que no era el más completo de los idiotas. «¡Eh! ¡eh! muy divertido, ese muchacho.» De modo que actualmente, Felix Gargassou, casi conocido en casa Riche o en casa Bignon, es ¡completamente célebre en el café Renacimiento! Además, es temible. Feo como es detesta y se mofa de todo lo que es bello; torpe, abomina de todo lo que es inteligente o sublime; malo, nada quiere saber de todo lo que es bueno; vil, ajeno a todo lo que es puro y soberbio. Usted dice: «Malévolo, tal vez; temible, no. Tal hombre no sabría ejercer ninguna influencia.» ¡Craso error! El mal nunca es difícil de hacer. Felix Gargassou, en tres años, ha reducido a la desesperación a tres o cuatro poetas, inducido al suicidio al infortunado pintor Étienne Berray, roto siete u ocho matrimonios. Gracias a él la pequeña Georgette Castan – una decente criatura y una actriz muy especial – se ha convertido en una cualquiera y dentro de un mes será una más en maillot. Gargassou es un monstruo mediocre, de acuerdo, pero un monstruo. La víbora cornuda no es un animal excesivamente grande.

I

Cuando Georgette Castan, con apenas diecinueve años, debutó en el teatro del Gymnase, se produjo una dulce sonrisa de aceptación en todos los labios durante toda la velada.
No excesivamente bonita, baja, gordita y maciza, pero tan encantadora, con sus frescas mejillas, rosadas a pesar del maquillaje, y su boca que parecía una fresa que ríe, y su nariz que se curva para luego retroceder, no sabiendo lo que quiere, y sus ojos marrones, que pestañean aprisa, – dos diamantes negros – y sus cabellos oscuros, un poco alborotados, muy cortos, cuyo desorden tiene no sé que aire de muchacho, asombró, divirtió, encantó. El público, de inmediato, como gran niño que es, se regocijó con esa exquisita muñeca. ¡Pero la muñeca era una artista de verdad! Viva, alegre, atrevida, con el gesto pronto, la voz alerta, la risa que sonaba como una rotura de cristal, puso, en el mediocre vodevil en el que representaba un cuádruple papel de aldeana espabilada, de casquivana de opera, de falsa burguesa y falsa marquesa, la bella alegría sana de las Dorines de Molière, y la fineza también de las Lisettes de Marivaux. Con todo eso, era cierto que era ingenua e inocente. Toda la audacia con todo el candor. ¡Un ángel endiablado! El éxito, – no el de la obra – fue bullicioso y alegre como la propia actriz. Y al día siguiente la prensa se rindió ante el bello humor de la niña con elogios calurosos y entusiastas colmados de halagos. El propio Felix Gargassou, en su pequeño correo de los teatros, se dignó a reconocer que una adorable comediante acababa de revelarse. Solamente añadió: «!Mal vestida sin embargo! Unos vestidos de cuatro centavos. Faldas compradas en el rastro. La pobre daba pena.»

II

Ese no era un comentario que afectase a Georgette en medio de su triunfo. Sí, sí, sin duda, sus vestidos no valían gran cosa: unas sedas de poca cosa, tan delgadas que, si ella no las hubiese doblado se le habría visto la piel al través. Pero no son los vestidos, ¿verdad?, es el talento lo que hay que tener para actuar bien. Y además el no estar bien vestida la honraba de algún modo; eso probaba que era pobre, pero al mismo tiempo demostraba que era decente. ¡En efecto lo era! y esperaba seguir siéndolo siempre. No acabaría como las demás chicas del teatro. Había sido bien educada. Su madre, una mujer con arrojo, no la había dejado nunca ir sola al Conservatorio; siempre la acompañaba durante las lecciones, no permitiendo que el profesor tomase la mano de Georgette, ni siquiera para indicarle un gesto. ¡Ella sabía que los profesores están llenos de malicia! Y a su casa no iba casi nadie. Se cuidaban mucho de recibir a los compañeros del Conservatorio, que merodean alrededor de las jóvenes bonitas, con malas intenciones. Solamente viejos amigos de la familia, comerciantes del barrio, que jugaban al treinta y una por las noches hasta las nueve. ¡No era una situación muy alegre, pero sí conveniente!
Un día sin embargo, – Georgette tenía dieciséis años entonces, – un caballero, no muy joven, pero tampoco demasiado viejo, con aire distinguido, fue a hacer una visita a la Señora Castan, con un pretexto; y, habiéndoselas arreglado para quedar solo un minuto con Georgette, le depositó su tarjeta en la mano diciendo muy aprisa: «Guarde esto. Yo la amo con locura. Soy el conde de Bersheim, vivo en la calle Chauchat, 39. Siempre la esperaré.» ¡Pero Georgette se puso roja de cólera! y arrojó, en no sé que cajón abierto, los dos trozos de la tarjeta rota. A continuación, habiendo regresado la madre, se le cerró al caballero la puerta. Desde ese incidente, ninguna otra aventura; ni el más mínimo de los amoríos. Georgette se casaría tal vez algún día; nunca tendría amantes. Estaba resuelto, decidido, convenido. ¡Demostraría que se puede ser decente en el mundo de la comedia! En cuanto al periodista que la había encontrado mal vestida, podía decir lo que le viniese en gana; tonterías como esa no harían mella en una valiente muchacha que tanto talento tenía.

III

Georgette se equivocaba.
Fueron repetidas – sin mala intención sin duda, pero en definitiva, repetidas, – por la prensa de Paris, por la prensa de las provincias y por la prensa extranjera, las maliciosas palabras de Felix Gargassou. Lo que se escribe en un periódico se escribe en cien periódicos; nada se imprime que no sea reimpreso. Y al cabo de quince días, era opinión general en el mundo del teatro que la pequeña Castan, desde luego, era una grácil muchacha y una encantadora actriz, pero que se vestía, para representar los grandes dramas, como una dependienta de una tienda de los barrios periféricos. «¡Ah! querida, ¡puedes creerlo! Vestidos de saldo, por supuesto. No te darían cien centavos en el Monte de Piedad por el traje que lleva en el acto del baile. Pobre muchacha, lo siento con todo mi corazón, pues al fin y al cabo tiene talento.» Y de las anécdotas circularon entre otras la siguiente: ¡Georgette había pedido un corte a los autores, porque no había podido pagarse un segundo vestido! Durante los ensayos, por la mañana, los compañeros sentados a su lado, detrás de un biombo, esperando la réplica, le miraban obstinadamente los botines con aspecto de estar buscando en ellos un agujero. Ella los ocultaba bajo su falda, avergonzada. Una vez, una muchacha muy hermosa, una figurante pero que venía al teatro en coupé de dos caballos, le regaló un paraguas diciendo: «¿Sabes, gatita? Como no puedes venir en coche, esto protegerá siempre tu vestido.» En otra ocasión oyó a dos jóvenes que, no advirtiendo su presencia allí, charlaban divertidamente entre ellas: «Dime, ¿crees que son suyos los cabellos de Georgette?–¡Claro! ella no habría podido comprar una peluca.» Y el director, habiéndola hecho llamar a su despacho durante un entreacto, le aconsejó «cuidar más» su vestuario, añadiendo que «¡la elegancia era indispensable en las mujeres del teatro!»
Georgette sufría a causa de todo esto. Resultaba muy cruel para ella ¿Acaso era culpa suya ser pobre? ¿Por qué la trataban de ese modo? Y por la noche, con frecuencia, alejándose del teatro con su madre, caminando, lloraba todo el camino, deteniéndose a veces con pequeños sollozos bajo el paraguas regalado por la figurante.
Pero todavía no se había visto asaltada por ningún pensamiento maligno. A pesar de las pullas de los periódicos y las burlas entre bastidores, jamás se alteró su resolución de ser una muchacha decente, incluso ¡aunque el mismísimo público se hubiese puesto en su contra!
Era cierto que ahora tenía menos éxito. Se reían menos cuando ella reía, se aplaudía menos cuando había arrojado, con su grácil presteza, algún sutil monólogo. Las mujerzuelas de la primera fila la miraban intensamente, con malicia, haciéndose señas entre ellas; una noche por fin – fue un minuto horrible, – cuando entraba en el baile del tercer acto con su vestido que nunca había sido nuevo y que todavía tenía sucia, desteñida y arrugada la gasa de cien representaciones, hubo en la sala un largo murmullo de reprobación, y varios hombres, sentados sobre unas banquetas plegables, – personas que pagan sus entradas – se tronchaban de risa señalándola.
Esa noche, cuando abandonó el teatro al lado de su madre que no había adivinado nada, Georgette no lloraba. Entró, silenciosa, se acostó sin decir ni una palabra. ¿Qué ocurrió durante toda una noche en vela? Se levantó temprano, hurgó en los cajones de todos los muebles, como buscando algo muy precioso, encontró dos trozos de papel satinado, y se vistió muy aprisa. Luego dijo a su madre: «Hay un cambio de horarios, voy al teatro;» descendió vivamente la escalera, subió a un coche y gritó al cochero: «calle Cauchat, 39»
Pero cuando estuvo ante la puerta de la casa indicada, fue invadida por un temblor. Sollozó, enjugándose las lágrimas con su pañuelo: «¡No, no, no quiero!» Y comenzó a caminar hacia su casa.

IV

Transcurrido algún tiempo después, se celebraba una noche de estreno en el teatro de Georgette.
Cuando entró entre bastidores, ya vestida, un poco antes de que se levantase el telón, hubo entre las actrices gritos de asombros, gestos de estupefacción. ¡Un vestido de cinco mil francos! sí, ¡de cinco mil francos, por lo menos! Sobre las dos faldas, una rosa en brillante satén, la otra de tercipelo, con los más raros encajes, aquí y allá, resplandecían las telas parecidas a flores bordadas. ¡Oh! sin duda alguna, ¡más de cinco mil francos! diez mil si era Worth quien había hecho este vestido armonioso y suntuoso, ¡una maravilla, una gloria! Y desde el momento en el que apareció en escena entre la soberbia y encantadora explosión de terciopelos y satenes, Georgette oyó un largo murmullo de admiración subir desde los asientos a los palcos y desde los palcos a las galerías.
¿Cómo había hecho la pequeña Castan para tener ese vestido, puesto que no había ido a la calle Chauchat? ¿Había ido finalmente? ¿o había comprado a crédito? No. Siempre se mantuvo decente; y no debía nada a nadie. ¡Pero no había un solo mueble en su casa! Georgette había vendido los candelabros de cinc dorado, el reloj de péndulo de mármol en madera, los veinticuatro cubiertos de Ruolz, las cortinas de las ventanas, las colchas de la cama, las sábanas y los colchones, la batería de cocina e incluso los trapos de su madre. Las dos mujeres habían vivido comiendo sopas de pan, bebiendo agua, durmiendo la una al lado de la otra sobre una alfombrilla de cama que al final no todo se había vendido por completo, y, además, ¡habían trabajado! la madre haciendo tres servicios domésticos en la casa de enfrente, y la hija, cinco horas al día, cosiendo pequeños pantalones y chalecos para una tienda de ropa para niños. De modo que la noche del estreno, Georgette, triunfante, con una risa de orgullo desafiante sobre sus hermosos y jóvenes labios, ¡se mostraba a todos en el más bello de los vestidos!
Al día siguiente, Félix Gargassou escribía en su pequeño correo de los teatros: «El vestuario de la señorita Georgette Castan, de un gusto exquisito y de una excesiva riqueza, ha producido una profunda sensación, pero una sensación de tristeza. Desgraciadamente es, sobre todo con respecto al teatro, muy cierta la cruel frase de Julio César: «¡Virtud, no eres más que un nombre!» Felix Gargassou confundía a César con Bruto. No importa. No era más que un detalle. Atribuido a éste o a aquél, la palabra producía su efecto del mismo modo. Y realmente se produjo.

V

Goergette Castan tiene un palacete y tres coches. En lugar de un hermoso vestido, tiene todos los vestidos más deslumbrantes. Si arrojaseis al azar sobre una mujer, el escaparate iluminado de una tienda de joyería, estaría menos deslumbrante de diamantes, de perlas, de amatistas y de topacios que la pequeña Georgette Catan cuando se acoda bajo la luz del gas en el terciopelo rojo de la escena. Además, se anuncia que se pondrá el maillot de no sé que hada, en la Pourte-Sainte-Martin, en el próximo reestreno de El Bicho del Bosque.
¿Fue a la calle Chauchat?
El otro día, en la playa, en Dieppe, reconoció a Felix Gargassou; y, dejando su cohorte acostumbrada de engominados y jovencitas, se plantó ante él.
–¿Señor Gargassou?
–El mismo.
–Me llamo Georgette Castan. Es usted un canalla.
Y lo golpeó en la mejilla con un abanico japonés que tenia en la mano.
¡Él quiso enfadarse! Pero ella lo contuvo:
–¡Ah! ¡cállate! Un canalla es lo que eres, eso he dicho. ¿Qué te había hecho? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Yo era decente; sin ti lo sería todavía. Para tener vestidos – tú fuiste quien dijo que no los tenía – trabajé, me dejé la piel, sudé, con mi madre, la pobre anciana; y, cuando por fin tuve un vestido que nadie me había regalado, un vestido bien ganado y bien pagado, entonces, escribes frases, y todo el mundo creyó que yo era una puta. ¡Una puta yo!; me he dicho: «¡Si es para esto para lo que sirve la virtud, no vale la pena poseerla!» De nada vale ser decente cuando todo el mundo cree que no lo eres. Y he cambiado. ¡Cochero, calle Cauchat! Ahora, se acabó. Soy como las demás por tu culpa. ¡Ah! sí, ¡un famoso bribón! Ya tenía yo ganas de decirte tu fechoría de una vez por todas, y arrojártela a la cara. Pero ahora no debes temer nada, mi cólera ya ha pasado. Ven con nosotros, te invito a cenar. Gracias a ti estoy tan perdida y soy tan vil que, figúrate, ya ni me duele el corazón.

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes