HILAIRE FLORENT

Estábamos en la Comedia-Francesa, uno de esos martes pasados, en el momento en el que Got exclama: «¡Que desgracia! ¡mi pobre dinero, mi pobre dinero, mi querido amigo, se me ha privado de ti! y puesto que tu me has dado lo que soy, he perdido mi soporte, mi consuelo, mi alegría: todo ha acabado para mi y no tengo nada más que hacer en el mundo... Voy a acudir a la justicia, y preguntar por toda la casa: a los criados, a los mayordomos, a los hijos, a mi hija y a mi mismo también. »
La hermosa Sra. de Hansfeld, – a propósito, ¿sabe usted que no es alemana, pese a ser tan rubia? holandesa a lo sumo, y no demasiado, lo preciso para tener, mostrándose parisina, el buen gusto de hacerlo adrede; – la bella Sra. de Hansfeld se volvió con tanta rapidez sobre la espaldera de su sillón que el reverso de mi guante que se encontraba allí de casualidad se volvió completamente blanco y dorado a causa del polvo de arroz que ella se pone en la espalda y del polvo de azafrán que se aplica en la nuca. «¡Harpagón es imposible, y vuestro Molière no sabe lo que dice! murmuró con un mohín de desprecio en los labios. ¡Es un hombre que sacrificaría todas sus ternuras por los botones de oro de un cofrecillo!» Y, al mismo tiempo golpeaba con la palma carnosa de su mano izquierda el extremo de un abanico emplumado, que al cerrarse hizo un ruido de un pájaro que se posa tras el vuelo.
La Sra. de Hansfeld tiene excelentes razones para negar la avaricia. Su marido, – uno de los más ricos banqueros del mundo, que el año pasado prestó catorce millones de florines contantes y sonantes al tío del rey de Turingia, – tuvo que separarse de ella, judicialmente, ¡pues lo habría arruinado! A comienzos de cada año, le envía una suma que el parlamento de una monarquía constitucional dudaría en aprobar como el presupuesto de una reina; ella considera que es suficiente para algunas semanas. En cierta ocasión que un usurero – pues ella pide prestado con frenesí – le había llevado, por la mañana, veinte mil francos, sólo le quedaban quinientos francos por la noche, y ella solamente recordaba haber comprado en casa de Barbedienne un esmalte de quince luises y un ramo de violetas de diez centavos a una de las pequeñas vendedoras de flores que corren tras los coches por el Bosque de Bolonia. Fue ella quien, mirando en la calle de la Paz, un diamante de un valor casi igual al del Regente, decía con un suspiro: «¡Sería absolutamente deseable, si costase un poco más caro!» Y su ingenua necesidad de dilapidar no se limita – tal es el despreciable rumor que circula – a arrojar oro por puñados; se cuchichea que se deja llevar a veces por liberalidades más personales; que su registro de amores está tan atiborrado como su cartera de negocios; que, por amor a entregarse, y a fe mía que se entrega. Calumnias, juraría. Pero es cierto que en la Ópera, donde su hermosa gordura nívea a medio fundir, fuera de la blusa, se ofrece sin ninguna restricción de tul, y en los bailes de disfraces, donde la franqueza de sus maillots invita a todo el mundo a la admiración, ella se muestra generosa de sí misma hasta la más exuberante prodigalidad.
–Señora, le dije, de todas las pasiones que pueden martirizar las almas, incluso las más elevadas y más puras, por desgracia, no hay otra más ferozmente celosa, ni más egoístamente dominadora que la Avaricia. ¿Conoce usted a Hilaire Florent?
–Sí, creo que sí, – dijo – Me suena ese nombre. ¿Un sabio, verdad?
–Un sabio prodigioso, increíble, inconcebible, una biblioteca hecha hombre y en la que veinte bibliófilos trabajando con denuedo veinte horas al día durante veinte años, no acabarían de catalogar. Nombrad a Hilaire Florent: «¡By God!» exclama Darwin, «¡Saperment!» profiere Haeckel, y el Sr. Pasteur dice: «¡Ah! ¡diablo!» Arqueólogo, es cierto, geólogo, sin decir químico, ¡caramba! matemático, ¡eh!, astrónomo sin duda. Un sabio tan precoz que a la edad en la que los demás niños comienzan a balbucir la primera declinación latina, él ya había aprendido todo lo que sabe, y sabía, sin haberlo aprendido, todo lo que se ignora. Incluso lo que los más minuciosos espíritus juzgarían inútil investigar, él lo sabe, por coquetería; incluso lo que las almas visionarias no intentarían adivinar, él lo sabe, por orgullo. Cuantos pelos había bajo el ala membranosa del terodáctilo, y cuantas pulgadas medirá a lo largo, en épocas futuras, la cola del hombre de Fourier; si el cráneo encontrado en Cromagnon fue roto por una hacha de silex pirómaco o de silex molar, si los cañones que se utilicen en la última guerra europea, hacia el año 3927, llegaran a ochenta mil metros o a setenta y nueve mil solamente; en cuántas jornadas los fenicios, sobre sus barcos de vela, doblaron el cabo más meridional de la oscura África, en cuantos minutos las aeronaves, próximamente, harán la deslumbrante travesía desde Sirius a Orion; en qué efigie estaban las piezas de oro que el rey Zeus hizo llover sobre Danae; en qué lugar las tempestades han barrido una de las sandalias de Ekpedocles arrojadas por el cráter, pues nunca se ha encontrado más que la del pie izquierdo; cómo se denominaban los doce vaqueras que formaban ronda alrededor de Crichna, el dios negro, y las mil doscientas concubinas de los reyes magos que vinieron a saludar al dios rubio Jesús; y también en qué tierra aún innominada, sobre qué roca árida y golpeada por los rayos, el último hombre y la última mujer, entre el hundimiento de los universos, intercambiaran el beso supremo ¡él lo sabe! Hacer oro, dirigir globos, eternizar la vida humana, serían, para él, resultados mediocres que obtendría como un juego si esa fuese su fantasía, – pero tiene un alma a la que basta el orgullo de la posibilidad y que desprecia la nadería de la realización. Ese, para quien los lenguajes humanos, todos lo que se han hablando, que se hablan o que se hablarán, le son tan familiares que ha podido escribir un nuevo canto del Ramayana, – pues le faltaban treinta mil versos a ese poema, – ese que ha celebrado en estrofas sáfícas generalmente atribuidas a Moskos los amoríos de Erynnis, de Mytilene, por Lysistrata, de Mileto, y que, por la mañana, haciendo el nudo de su corbata, compone una canción que cantarán, en el año mil doscientos de la era de Balder, los pescadores de morsas y los cazadores de pingüinos de un archipiélago polar todavía en formación en la profundidad del océano de hielo.
–¡Basta, basta!, ¿se burla usted de mí? me han hablado de su Hilaire Florente. Alguien que sabe griego, eso es todo. Me lo imagino desde aquí calvo con los cabellos de un gris sucio, que se rizan, delgado, pálido, arrugado, con tics nerviosos, los ojos pequeños, guiñándolos de seguido, un labio pálido tembloroso, con tabaco en la nariz y tinta en las uñas...
–¡Señora! es más bello que una muchacha o que un Dios adolescente. A los treinta años parecía que tenía dieciséis. Su rostro, donde la boca tiene la crueldad sonriente de una rosa roja, está hecho de una carne tan blanca y tan fresca como la mica de la nieve y la pulpa de la gardenia. El azul puro de sus ojos es el de un lago donde incluso una virgen nunca sería mirada; y, a despecho de la moda inepta que transforma las cabelleras humanas en brochas para hacer relucir los zapatos, deja crecer impúdicamente, sí, hasta el extremo de su levita que se asombra, sus nobles cabellos en bucles que envuelven su cabeza adorable de efebo de una gloria de oro rosa, pálido y verde!
–¿Cómo? ¿es guapo y sabe griego?
–Lo sabe, –¡como Adonis! Y a ese hombre que diviniza la doble omnipotencia del saber universal y de la perfecta belleza, las voluntades celestes, celosas de completar su obra, han concedido aun, para que viva en un perpetuo éxtasis, y sienta íntimos y tiernos ritmos, canciones, líneas; ellas le han dado la bravura perdida, – él se ha batido en cuatro duelos encantadores y por mujeres insultadas en la calle, a las que no conocía, – ¡pues hubiese sido absurdo que siendo todo lo que es, no fuese un héroe! En fin, para que fuese tan respetado por la multitud como adorado por la elite, ha recibido de las Providencias ¡la riqueza! Poeta, sería François Coppée; músico, Massenet; pintor, Puvis de Chavannes; si sobreviniese una guerra, los viejos coroneles se asombrarían viendo a ese voluntario intrépido; y además posee cuatro granjas en Normandía, tres viñedos en Gascuña, un palacete en los Campos Elíseos, y cinco edificios de seis pisos cada uno en la avenida de la Opera.
–¡Pero vuestro amigo es un ser milagroso!
–Así es.
–¿Y sabe usted bien que, si usted no exagera, el Sr. Hilaire Florent, –¿me lo presentará? – debe ser muy amado...
–¿Mujeres? Idolatrado. ¡Pero él nunca ha amado a ninguna! Su alma es inefablemente pura, al igual que su rostro es bello. Es esa alma que tiene en los ojos y que es tan límpida. Hambriento de ideal, ideal él mismo, las muchachas apenas bellas que se venden y no valen lo que por ellas se pagan, le producen nauseas, e incluso entre las vírgenes, ¿dónde encontrar una novia digna de él?, toda vez que en los tiempos en que vivimos la más ingenua de las pensionistas prorrumpe en risas cuando su primito le arroja una nota de amor por encima del muro del convento, y oculta bajo su almohada la fotografía de un tenor o de un gimnasta, o a menos que ella no se duerma sin incluso soñar maliciosamente, lo que es más abominable todavía. Así pues, se resignó a la soledad, y, radiante con sus quimeras, le gustan las visiones femeninas cuyas largos vestidos solo resuenan en el ritmo de los poemas, ya que tiene por bellos labios sonoros la doble rima de los dísticos, o las diosas que resplandecen como estrellas blancas en los cielos de las mitologías! Sin embargo, un día...
–¡Ah! ¡por fin!
–Sí, un día su corazón se conmovió, como bajo un apretón, por un amor cruel, celoso, irresistible. La pasión se apoderó de él, lo aferró, no lo dejaba. Comprendía de lo que se trataba, sabía que ya no se podía controlar, que su cuerpo de dios, su alma de ángel, su ciencia, su belleza, su genio y su bravura, estaban poseídas sin descanso y para siempre por la sonrisa de una mujer.
–¿Qué mujer?
–Una obrera. Una modista, que, por estar muy cercano su almacén, había alquilado una buhardilla en uno de los edificios de Hilaire Florente, donde él mismo vivía.
–¿Como? ¿una modistilla?
–No importa, puesto que se parecía (pues nada es imposible para una parisina) a las heroínas adorables de los poemas y a las resplandecientes Inmortales.
–Sí, entre esas pequeñas, hay algunas que no son nada feas. ¿Hilaire Florente fue feliz?
–¡Espantosamente desgraciado, señora! Escuche. Una noche vino a mi casa. Estaba irreconocible. Delgado, temblando febrilmente, los cabellos despeinados, los ojos apagados, su boca, antes tan rosa, ahora exangüe; me dio miedo. Me dispuse a interrogarle creyéndole enfermo, enfermo terminal. Fue entonces cuando me lo explicó todo, por primera vez. Desde hacía seis meses, – oye usted bien, ¡seis meses! sufría a causa de esa mujer a la que veía dos veces al día solamente, por la mañana, cuando se dirigía al taller, y por la noche cuando regresaba, y a quien jamás había dirigido la palabra. «Figúrate, me dijo, la que espero sin atreverme a esperarla, mi alma gemela, la mujer de mis sueños, es ella, lo intuyo, estoy seguro, es ¡ella, ella, ella! Si no me ama me mataré, pues en verdad la muerte me será más grata que esta vida ¡dónde agonizo con un buitre en el corazón!» Y se arrojó en mis brazos sollozando como una madre cuyo hijo único acaba de fallecer. Su dolor hizo que me saltasen las lágrimas. Así, pues, en este tiempo de caprichos superficiales y de banales amores, encontraba un sentimiento sincero, profundo, exclusivo, absoluto. Yo siempre había estimado a Hilaire Florent, y me dispuse a quererlo más. Pero ante todo era prioritario consolarlo, darle esperanzas. Vamos, vamos, no estaba todo perdido ¡que diablos! ¡Ella lo amaría seguramente! ¿Por qué no se había atrevido a hablarle todavía? El habría debido declararse sin demora. ¡Además ella no podía arrojarse a los brazos de un desconocido! Y, puesto que ella vivía en su casa, – ¡era una feliz suerte! – él podía hacerle una visita al día siguiente, encontrando un fácil pretexto, y podría comenzar a cortejarla... Hilaire Florente levantó sus grandes ojos azules completamente devorados por las lagrimas, y, con la voz entrecortada por desgarradores sollozos, dijo: «–Sí, sí, había pensado en ello, pero si le hago la corte, ¡quizás aproveche para no pagar su alquiler!»

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes