JÓVENES MADRES

Si hay un amor deliciosamente puro, a la vez exquisito y sublime, que hace aflorar lágrimas a los ojos de los poetas más emotivos y encanta a los mismísimos ángeles de la guarda, asombrados de la existencia de otro paraíso, ese es el amor de una joven madre por el hijo rubio y sonrosado que va y viene, salta, se detiene, balbucea, y, volviéndose en un rincón de la habitación con un movimiento de hombros, hace un mohín de disgusto de pequeña fresa enfadada tras su cabellos rizados. ¡Oh, animalidad divina de la adorable hembra humana! A la esposa y a la amante, para quienes son todas las ternuras del alma, refinadas o exasperadas por los artificios que inventa la voluntad de ser más feliz y de hacer más feliz, la naturaleza ha concedido por añadidura el único de los instintos animales que no es sucio y vil. El hombre vigila al hijo, lo instruye, lo aconseja, pero solamente la mujer, en la irreflexión de su alegría, sabe amar al ser salido de su seno, ¡carne de su carne, sangre de su sangre! Diosa, es la perra o la loba llevando a su camada consigo, pero lo es con tan bello orgullo y está transportada de tanta pasión que, en efecto, no es otra cosa que una diosa. La lactancia no rebaja el pecho donde pueden adormecerse todos los dolores, y el alumbramiento glorifica las dulces y sagradas entrañas maternas. ¡Oh vírgenes que nos daréis hijos! la realidad que está en vosotras no envilece en absoluto lo que tenéis de ideal; las fatalidades de vuestro cuerpo exaltan y divinizan los destinos de vuestra alma. Y, si no hay espectáculo más adorable que el de una joven mujer riendo a su hijo, no es más alegremente magnifico o más soberbiamente terrible el de una madre alejando a su hijo de un peligro o disputándolo, desenfrenada, a la muerte, con estertores en la cuna.
Pero la parisina, irreconciliable enemiga de lo real, prendada por las mentiras y las astucias hasta el punto de que consentiría en volverse fea antes que ser ella misma, no iba a acomodarse durante mucho tiempo al instinto augusto y sencillo de la maternidad. Ha hecho falta que con arte diabólico, – ¡maquilla su corazón como maquilla su rostro! – refine, haga elegante y modernice el más natural de los cariños. ¿Acaso podía amar como las demás madres, puesto que no era igual a las otras mujeres? ¿Se la tomaba por alguna violenta y sincera Flécharde, estrechando contra ella a sus hijos, furiosa, y no comiendo mas que junto a ellos, como los leones? ¿Se parecía a esas compañeras de los marinos, robustas, tostadas por el sol, que esperan, en la playa, por la noche, al muchacho ya pescador, y abrazándolo, rudamente alegres, con gruesos besos en las mejillas? Besos, desde luego, y mil caricias, – ¡demasiadas caricias!, pero unos besos que recuerdan otro empleo de la boca; unas caricias donde languidecen, tan graciosamente, por desgracia, reminiscencias de otros abrazos; y su hijo rodeado de zalamerías, arreglado, puesto en la picota de un perpetuo trato ahíto de mimos, siempre presente, mezclado en su vida, compartiendo el baño, asistiendo a la peluquería, dejándolo en su habitación cuando se pone el corsé de satén rosa o las medias de seda negra, respirando el olor de los frascos de perfume o de los terciopelos al vuelo; luego, una vez el aseo acabado, arrastrándose sobre la cola de los vestidos, o metiendo la cabeza en los encajes del camisón. Tal es así que, en realidad, muchas jóvenes madres se han convertido, sin saberlo, en monstruos.
«¿Dónde estás Bebé? ¡Cómo! Bebé ¿todavía no estás listo? ¡Ah! aquí estás. Ven aquí, pequeño, deja que te vea. ¡Pero como te han vestido así! ¿En qué piensas, Clementina? Le pones su chaqueta azul precisamente el día que yo voy a lucir mi vestido verde. El azul no me combina. Acércate, querido. Tu cuello te sube hasta las orejas y tienes la piel tan blanca que no hace falta ocultarla. Sabes, me encuentras más bonita cuando estoy escotada. ¿Tienes los ojos rojos? ¿Has llorado? Espera, un poco de polvos de arroz. ¡Oh! ¡el pequeño coqueto! a él le gusta esto. ¿Es bueno, dime, el pompón que te pasa por la mejilla? ¡Deja el lápiz de ojos! Vaya, vaya: ¡el señor se maquilla, a los ocho años! Vamos, se acabó, bésame, –¡no tan fuerte! me manchas de blanco, – vámonos aprisa.» La Señora de Ruremonde lleva a su hijo. ¿A dónde van? a casa del modisto en primer lugar. Bebé ya conoce muy bien los vestidos. Da su opinión. «Son muy bonitas esas telas.» Allí permanece mientras ella prueba. «Claro que no eres delgada como la Sra. de Portalègre!» La madre ríe con todo su corzón. «¿Entonces no te gustan las mujeres delgadas?» E, inclinándose, lo atrae hacia ella, le mantiene un largo rato la cabeza sobre su hombro, y le besa los ojos. Después es la hora del paseo por el Bosque de Bolonia. Desde que Bebé ha dejado su nodriza, la Sra. de Ruremonde ya no lleva a su perrito en el coche, en el asiento de enfrente. Es mejor un niño. Éste habla, hace observaciones muy divertidas. «¡Dime, mamá! ese señor que saludó ya no viene a vernos más, ¿por qué? – ¡Ah! ¿te has dado cuenta, tesoro?» Ella le ríe muy cerca de la nariz, mostrando todos sus dientes. Algunas veces se detiene en el restaurante de la Cascada, con la Sra. de Valensole, a quien encuentran por azar. ¡Bebé pide champán! A fé mía que se lo dejan beber; algunos sorbos solamente; eso no puede hacerle daño. De regreso al palacete, la Señora de Ruremonde se viste para una cena, mientras que Bebé, un poco gris, no quiere dodrmirse en los ecnajes de la pequeña que está en el vestidor. Él se acerca, descalzo, en pijama a la habitación. Quiere ver el hermoso vestido rosa de mamá, y su madre, en el triunfal esplendor de los satenes y de la carne, se vuelve hacia él, radiante, diciendo: «¡Fíjate! ¡mira! ¿Resulta de tu agrado, cariñito?»
¡Otras son más terribles! Sin duda inconscientes; tal vez nos recuerden la estratagema culpable de esos pintores, que, más infames que los artistas exclusivamente eróticos, y pintando fornidas romanas de hermosos senos completamente rodeadas de niños, encuentran en la maternidad un pretexto para la desnudez.
Mientras Bebé juega en un rincón del saloncito, el Sr. de Nérici, con un ardor tímido, – pues está realmente enamorado, – contempla a la hermosa mundana, tumbada en la pereza del sillón, con una sonrisa lánguida en los labios.
Él no cree que ella quiera ser eternamente cruel, pues, decidida a ser bábara, ¿tendría en la boca esa clemencia enternecida y, en los ojos, esa promesa desfalleciente de un dulce consentimiento?
Pero vacía, apenas se acerca, no se atreve; se produce un largo silencio donde se percibe como un ruído lejano y apagado de alas enjauladas, el latido de los corazones.
Entonces, no sin un aire de impaciencia, ¡ella llama a a Bebé! Y hete aquí que el niño, bonito, sonrosado, con los brazos y las piernas desnudas, se sienta en las rodillas de la madre, manoseando con sus manitas las telas bien llenas, acariciando el cuello redondo, soplando en las delicadas orejas, deshaciendo, el muy travieso, los rizos que cuelgan hasta el borde de los ojos, desabrochando algunas veces, con la audacia del inocente que juega, los primeros botones de la blusa, confrontando, sin hacerlo adrede, a la blancura regordeta de sus brazos, la piel de un comienzo de pecho también blanco.
Todas las agujas de la codicia se pinchan en todos los poros del Sr. de Nérici fuera de sí! Daría su fortuna y su vida para ser, durante un solo instante, ese pequeño ser que ríe, ingenuo, en los brazos de la exquisita criatura. Pero su deseo todavía no osa expresarse; y muerde sus labios, mudos.
Ella, como en un impulso de insaciable ternura, besa con frenesí a su hijo, en los cabellos, en la frente, en el cuello, en los labios! Deliciosos estremecimientos de caricias susurran en el abrazo de las deslizantes telas; y siempre el beso encarnizado, apasionado, casi fanático, desfalleciente también...
Esta vez una llama se ilumina en los ojos del Sr. de Nérici; comprende, sabe, no puede ya dejar de ser consciente que esa joven mujer lo ama tanto como es amada por él; no tiene más que pedir esos besos que él envidia desesperadamente, – está seguro de ello – para obtenerlos, y los obtendrá, ardientes y sabios, cuando Bebé ya no esté allí, – ¡si ella se toma la molestia de despedirlo!
Ahora, ¡oh, madres sagradas!, que habéis conservado intacto el sublime instinto maternos, os pido perdón. No habría debido hablar de la más dulce y pura de las ternuras en estos cuentos, ni siquiera para denunciar la perversión culpable. Sin embargo lo que he dicho debía ser dicho. Si se quiere que los hombrecitos se conviertan en hombres, ya es hora de que las mundanas y las coquetas llevan al Bosque y al modisto a sus perritos blancos en lugar de sus bebés sonrosados, y también que las cunas no estén demasiado cerca de las camas.

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes