MADELEINE JUDAS

¿Es cierto todo lo que se dice, baronesa? ¿Os habéis dedicado a esa vil tarea, vos, tan bonita como sois? pues realmente sois bella, con vuestros aires locos de mundana exasperada, que sabe mostrarse sabiamente cuando conviene con la reserva un poco fría de una joven institutriz. ¿Esos deditos que tan solo deberían dejarse rozar por manos enamoradas, han manoseado el dinero obtenido por métodos despreciables? ¿Por unos rublos en San Petersburgo, por unos frederics en Berlin, por unos luises en Francia, os habéis dedicado a leer horrorosas cifras de contingentes y de provisiones militares con vuestros dos ojos marrones, donde sueñan recuerdos de alcoba? ¿Vuestros carnosos labios que nos hacen, nada mas verlos, aflorar el beso a la boca, han interrogado subrepticiamente a viejos generales imbéciles, y vuestras orejas, pequeñas y complicadas como claveles recién abiertos, donde la abeja “te amo” debería solo zumbar, han robado secretos de Estado? Desde luego, nadie habría pensado censuraros por haber mentido un poco ni de engañar a menudo, ¡puesto que es usted mujer! pero era un amante al que había que engañar por otro, – ¡eso hubiese hecho felices a dos! – y era jurando ser fiel como usted se había permitido mentir. ¡Ha preferido traicionar por dinero a las naciones! ¡Ah! Dios, acechar el instante de abandono supremo donde el ingenuo que la adora ahoga sus miradas en vuestros ojos, para preguntarle arrullando de amor: «Dime, alma mía, ¿cuántos regimientos, en caso de guerra, podría movilizar Francia?» ¡Oh! no trataré de explicaros lo infame que es eso; apostaría que no lo comprenderíais; pero, a falta de conciencia, habéis tenido gusto, ¿verdad? – ¡vuestros exquisitos vestidos lo demuestran! – y por eso habríais debido evitar ser una espía, señora, no porque esté mal, sino porque cuando menos es feo.
Así pues, sois una criatura perfectamente despreciable. Sin embargo no puedo evitar tener por vos un poco de misericordia a causa de una vieja aventura en la que sin duda habéis sido abominable y abyecta, pero en la que no sé que fugaz rayo de ternura os ha atravesado el corazón.
Hace doce o trece años Boris Alexandrowitch Boronine, – ¿os acordáis, verdad? – estudiaba derecho en San Petersburgo. Era un joven un poco indómito, muy dulce. El espíritu lleno de visiones, el alma llena de sueños. Conspiraba contra el zar. Admitamos que era uno de esos a que se llaman nihilistas. Abortada la conspiración, el estudiante fue encerrado en una fortaleza; pero se evadió y logró abandonar Rusia, cuya policía imperial se mostró muy irritada pues Boris pasaba estaba considerado como un hombre peligroso. ¡Era imprescindible detenerlo! ¿Cómo? ¿Se enviarían agentes al extranjero? Sí, sin duda. Pero los agentes son lentos en sus persecuciones y sus estrategias son torpes. Por fortuna vos estabais allí, baronesa. Una vez acordado el precio, partisteis lo más pronto como os fue posible. – ¡esa maldita costurera francesa no acababa de entregaros vuestros vestidos nuevos! – Se sabía que Boris estaba refugiado en el gran ducado de Weimar.
Creo que hay más rosas en Weimar que en ninguna ciudad del mundo. Cualquier pared sirve de pretexto para acoger los tallos de los rosales; cada ventana es fuente de una perfumada cascada, no hay ningún rincón donde no haya un parterre; e incluso las calles más transitadas semejan frescos caminos completamente enrojecidos de gavanzas salvajes. Además Weimar tiene su parque augusto y sonriente, grandioso y bonito, a quién Goethe consideraba El Nuestro; el jardinero continuó lógicamente la labor del poeta cortesano: abrió unas avenidas ceremoniosas como una cantata principesca y cuidó los tallos de rosas para que estuviesen floridos como poesías. Me gustan sobre todo las poesías y las cantatas. El blasón de Weimar debería ser, sobre fondo de sinople, una densa mata de rosas.
Es en esta ciudad en flor dónde vivía Boris, sólo, triste, y soñando con su patria. Pero dos días después de vuestra llegada, señora, ya había olvidado todo: su miseria, sus melancolías, e incluso su entusiasta añoranza por la Rusia oprimida. ¿Qué habíais hecho para azorarlo de ese modo? Pasando junto a él, bajo los árboles del parque, habíais levantado un instante vuestro velo.
Fue todo un exquisito y apasionado idilio, pues él os quiso con amor profundo, y, vos, clemente por este joven exiliado, no habríais querido rechazarle el consuelo de la esperanza. En el frescor de la mañana, caminando por el césped donde todavía cruje la escarcha de la niebla, o por la noche, cuando el horizonte se ensangrienta entre las ramas de los árboles, ambos ibais juntos a lo largo de los suaves senderos solitarios, e, inclinados uno sobre el otro, deliciosamente mecidos por la caricia de vuestras voces unidas, los ojos en los ojos, los labios cerca de los labios, sentíais abrirse en vuestros corazones más rosas que las que florecían entre las espinas de los rosales.
Pues bien, ¿por qué no lo hacíais detener por lo cuatro policías que os habían acompañado a Alemania? porque no podíais, ¡caramba! En esa época, el gran duque de Weimar se mostraba muy celoso de los privilegios de su autoridad, y el arresto de un extranjero no sería efectuado sin escándalo. Por el contrario, en el cercano ducado de Saxe-Meiningen, habríais podido actuar a vuestras anchas; el principillo de ese Estado liliputiense habría tenido mucho cuidado en no contrariar a una enviada secreta del zar. Era pues necesario convencer a Boris de que se arriesgase a ir al principado vecino; y es por lo que ocurrió por lo que amabais a ese joven.
Una noche, vuestro carruaje, con dos criados sobre el pescante y otros dos detrás, abandonó Weimar, entró en el territorio de Saxe-Meiningen, y se detuvo ante una casita, donde una sola ventana brillaba a través de las oscuras ramas del jardín.
Vos habíais alquilado esa casa, y Boris os esperaba allí. ¡Oh! ¡no había sido nada difícil convencerlo para que pasara la frontera! «¡Es allí, lejos de los curiosos, en una soledad de flores y follaje, dónde quisiera estar con usted por primera vez!» Estas palabras lo habían embriagado. ¡Poseeros! ¡Ah! para poseeros, ¿a qué abismo no se hubiese precipitado? y esa casita, en la cual para ser un nido no le faltaban más que los pájaros, no era un abismo. Los pájaros pronto estarían allí.
Apenas apeada del coche, los cuatro criados os rodearon.
–¿Ahora? – dijo uno.
–Sí, subid la escalera detrás de mi, sin ruido. En el momento en el que abra la puerta de la habitación, os arrojaréis los cuatro sobre Boris, lo reduciréis y lo llevareis al coche. ¡Ah, otra cosa! Si se resiste demasiado violentamente, podéis matarlo. ¡Adelante!
Los hombres de la policía os siguieron a la casa. ¡Lo habíais conseguido! ¡Teníais al conspirador, al nihilista! ¡sería detenido, tal vez asesinado! ¡vuestra misión pronto estaría cumplida! Cuando vuestra mano iba a tomar el pomo de la puerta, vacilasteis. ¿En qué pensabais? ¿en el amor, en la confianza de ese joven que os esperaba completamente emocionado de embriaguez? Sí, tal vez en eso o en otras cosas aún...
Los policías, sorprendidos, os miraban.
–¡Ah! bien, no, – mañana temprano.
Y un instante más tarde, en la habitación, con los ojos medio cerrados, un poco húmedos y vuestros bellos labios ofrecidos, a fe mía que ¡perdisteis completamente la cabeza bajo los desenfrenados besos de Boris!
Al amanecer, fue detenido, amordazado y secuestrado. Pero al fin y al cabo, antes de apoderarse de todos los días que le quedaban de vida, le habíais dado una de vuestras noches. Él os habrá perdonado un poco , señora, porque vos lo habéis amado un poco. Después de eso, murió en Siberia.

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes