LA MADRE DEL ACTOR

Había impedido entrar al peluquero deteniéndolo en la puerta del camerino diciendo: «¡Una peluca! ¿Es que mi hijo tiene necesidad de una peluca con unos cabellos como los suyos?» Había rogado al encargado del vestuario que no se metiese en lo que no le incumbía. «¡Para vestir a mi Emmelin no estoy más que yo!» Y en efecto, ella, solamente ella, con sus viejas manos grisáceas, un poco temblorosas, había peinado, perfumado, alisado, amoldado en largos bucles los finos cabellos de oro pálido del joven; y fue ella quién tirado de la seda del maillot rojo, anudado los cordones de los zapatos, abrochado las mallas, arreglando con su meñique el encaje del cuello, y, soplando encima, dado a la pluma del gorro el aire ligero y vibrante de una ala que se dispone a levantar el vuelo. ¡Ella misma maquilló a su hijo! Casi nada de blanco, una ligera capa de polvos, como quien diría nada: ¡él poseía, sin artificios, una palidez tan fresca y tan clara! Como nieve transparente. Pero no le iba mal un poco de carmín al borde de las narices, un poco de azul encima del labio para dar la sensación de un incipiente bigotes que todavía no pugnaba por salir, y sobre todo negro en los ojos. Los ojos, por ahí fallaba; no es que fuese bizco, pero la mirada no tenía la profundidad húmeda y cálida, la languidez cansina, que gusta a tanta mujeres. Esto es comprensible, ya que un hombre a los diecisiete años es como una muchacha. En definitiva, necesitaba «arreglar» los ojos. Y cuando su madre hubo acabado, gesticulando y cotorreando, de engalanar al joven actor, se volvió hacia nosotros, – con el rostro del color de barro seco, fea, bigotuda, agujereada de viruela, con verrugas, pero transfigurada en ese momento casi hasta la belleza por el triunfal entusiasmo del amor maternal, – y exclamó con los puños sobre las caderas: «¡Eh, ustedes!, díganme, ¿hay alguien igual a mi muchacho?»
Ciertamente Emmelin era un adorable adolescente; se había destacado en el último concurso del Conservatorio por su gracia casi angélica; además ya tenía talento; la temeridad ingenua de su inexperiencia era un encanto añadido. El Sr. de la Rounat lo había contratado de inmediato, luego, habiéndolo visto grácil y fino como una jovencita, le hizo debutar en el Passant; esa noche, por primera vez, el personaje de Zanetto sería interpretado por un hombre. Bajo su bonito vestido de bohemio florentino, la capa sobre los hombros, el laud en el muslo, Emmelin tenía el aire altivo y delicado de las impertinentes damiselas de Shakespeare o de Fletcher, que se convierten, en las aventuras, en los pajes de sus amantes, y su rostro puro, orgulloso, tierno también, ofrecía una boca infantil que era una deliciosa rosa fresca, de donde exhalarían todos los versos, con toda naturalidad, como perfumes que cantan.
La campanilla del regidor sonó en los pasillos.
–¡Vamos allá!– dijo la madre sobresaltada por el ruido como un animal que ha recibido un latigazo—Date prisa, es el gran momento. Yo no iré a la sala, estaría muy nerviosa viéndote. Si alguien hiciese: ¡hum! ¡hum! o se burlase, o tosiese, seguramente lo estrangularía. Vamos, no tengas miedo. Estás precioso como un astro y tienes más talento que los demás. ¡Lo sé muy bien, yo, tu madre! Además, fíjate, pregunta a esos caballeros. Vamos, rápido. Dime, ¿te acuerdas de mis recomendaciones? –añadió ella con una voz un poco menos alta. Fíjate en la primera silla de la izquierda de la planta de butacas. Es la Señora de Portalègre quien la ha reservado. Estoy segura, me he informado en la taquilla. Esa dama se interesa por ti desde que te ha visto en los Mirlitons, en Noche de mayo. ¡Puedes quejarte! ¡una condesa! una auténtica. No está mal para comenzar. Debes ser cortés con ella. Mira a la izquierda de vez en cuando, – ya sabes, así, por el rabillo del ojo, – sobre todo en los momentos en los que mantienes los diálogos un poco tristes, al final de la gran escena. ¡Ah!, otra cosa, si Leonie está en la sala, pues esa descarada es capaz de todo, te prohíbo que le prestes atención. ¡Ya le daré yo Emmelines a esa doña nadie! ¿Pero quieres irte ya? No te beso, te dejaría marcas. Adelante. Ánimo. Sabes que te adoro, mi queridito ¡Ah! los tres golpes de la suerte. ¡Rápido! ¡rápido!
Y cuando lo hubo empujado fuera del camerino con los febriles movimientos de una alegría llena de angustia, exclamó en el pasillo:
–¡La primera silla a la izquierda! ¡No lo olvides, tesoro!
Yo iba a seguir al debutante y a los dos periodistas con los que había ido a los bastidores del Odeon; pero la madre de Emmelin me retuvo por el brazo, casi con brusquedad.
– ¿Tiene usted mucho que hacer en la sala? – dijo ella con voz saltarina. Usted no tiene nada que escribir. Quédese, ¿quiere? Charlaremos. Si no tuviese a nadie con quien hablar me pondría a llorar como una Magdalena o destrozaría algo.
Yo la miraba. Realmente era presa de una extrema agitación. Su rostro, en sacudidas de estremecimientos, se plegaba mediante bruscas arrugas; sus ojillos redondos, sin cejas, llameaban como dos canicas de fuego; se podían distinguir los latidos de sus sienes donde caían unas mechas grises; y, en el estrecho camerino, iba y venía de una pared a la otra, con las manos crispadas detrás de la espalda, o mordiéndose las diez uñas. Me senté y le dije:
–¿Quiere usted ardientemente a su hijo, señora?
–¿Si lo quiero? ¡Por el amor de Dios! ¡Si lo quiero! Pero si ese querubín es mi carne, mi sangre, mi corazón, mi médula, mis entrañas, mi vida! ¡Ah! ¡menuda pregunta! Debo decirle, caballero, que yo ya era casi vieja cuando lo tuve; es natural que las jovenes tengan bebés; ellas están contentas, no se extrañan. Pero yo, a los cuarenta y cuatro años, experimenté mucha más alegría a causa de la sorpresa. Y además a cierta edad, una ya no tiene ilusión por los bailes, los vestidos y las francachelas, y como no tenía nada más, Emmelin lo ha sido todo para mi. ¡Era el más bonito de los serafines del buen Dios! ¡tan blanco! ¡tan sonrosado! un ángel hecho de nieve y fresas. Por la mañana, cuando lo lavaba, lo dejaba completamente desnudo ante el espejo, al dulce angelito, para poder ver dos. Pero también tuve mis penas. No era robusto del todo. A los cinco años parecía que tenía tres, pequeñito, demasiado gordo, un poco torpe, cayendo cada vez que quería correr. Puedo decir que he pasado noches sin pegar ojo escuchando su respiración, tocándole la frente para ver si tenía fiebre, sudar en frío pensando que una de esas mañanas lo metería en un ataúd y tendría que enterrarlo. Finalmente fue ganando fuerzas gracias al aceite de hígado de bacalao. Era muy difícil hacérselo tomar; nunca se decidía a vaciar la cuchara si yo no comenzaba bebiendo incluso por la botella mucho tiempo, y le aseguro que no lo engañaba. ¡Había semanas en los que me bebía más de un litro de aceite! Él reía viéndome hacer gestos. Era encantador, ¿verdad? Pero hete aquí que, más tarde, a los doce años, enfermó de viruela. Estuvo entre la vida y la muerte durante seis semanas. Imagínese como estaba yo. ¡Una loca! sí, me volví loca. Si no moría sería feo toda su vida, él que era tan hermoso. Por fortuna, la portera de nuestra casa había dicho un día delante de mí, sin prestar atención, que para salvar a alguien de la viruela, bastaba con acostar al enfermo con una persona sana; ésta contraería la enfermedad y la otra curaría y ni siquiera quedaría marcada. Acosté a mi Emmelin en mi cama quince noches y quince días, abrazándole, estrechándole contra mi, ¡besándolo por todas partes sobre su mal! No me levantaba más que para darle sus tisanas. Y, mire usted, ha dado resultado,– añadió la madre inclinándose para hacerme ver mejor su cara odiosamente horadada de cavidades grises y completamente radiante con un alegre orgullo.
Se puso a caminar de nuevo.
–Todavía viví otras historias a causa de él. Mi marido era una persona excelente; no le había aportado en dote más que una pequeñísima renta, y el pobre para ayudarnos a vivir se dedicaba a una ruda tarea, ¡puede usted creerlo! Era el que suministraba el carbón a las calderas del ferrocarril en la línea de Orleáns. No tiene usted idea de lo extenuante que es ese oficio, y precisamente mi marido no tenía más fuerza que una gallina. Me rompía el corazón verlo desriñonarse. ¡Qué quiere usted! Había que pagar la pensión y las ropitas del pequeño que iba elegantemente vestido, se lo prometo, para ser hijo de pobres. Yo adoraba a mi esposo y lo respetaba como que hay Dios en la tierra. Pero ¿no se le metió en la cabeza hacer al niño aprendiz de carrocero? ¡Eso era demasiado! Imagínese usted, mi Emmelin obrero, en blusa de faena, con las manos callosas, no, dígame, ¿puede imaginárselo? Emmelin, que era tan frágil, que yo siempre tenía miedo de romperlo cuando lo abrazaba, y tan bonito que no podía salir con él sin que las bellas damas, en los paseos, no corriesen tras nosotros para darle caramelos. Discutimos. Mi marido mantenía su idea; no había medio de que diera su brazo a torcer. Entonces, una buena mañana, no lo pensé ni una ni dos veces y dije a mi hijo: «Vámonos» y no volví a poner los pies en la casa.
Se interrumpió con un gran suspiro.
–¡Pobre viejo!– continuó – Le supuso un terrible golpe. Murió, sólo, seis meses después, tratándome de desvergonzada. Pero, mire usted, hice lo que tenía que hacer. ¡Yo tenía mis proyectos! Puesto que Emmelin ya iba a tener catorce años y yo quería que entrase en el Conservatorio; en lugar de ser un obrero, sería un artista.
– Sin duda usted había observado en él una imperiosa vocación, ¿no es así?
–¡Ah!, caballero, ¡no había más que oírle recitar sus fábulas para adivinar lo que algún día debía ser! Recitaba con una voz tan dulce y tan acariciadora que producía calor en el corazón, y hacía unos gestos tan adorables, unos pequeños mohines tan divertidos, guiñaba los ojos tan oportunamente que incluso las personas que no lo conocían exclamaban: «¡Ah!, con seguridad será un gran actor». Sin embargo no iba solo al Conservatorio al principio. No, ¡no se imagina usted lo que pasa en ese sitio!. Los protectores, los favores ilícitos, el primo de uno por aquí, el sobrino del otro por allá; eso me asqueaba, le doy mi palabra. Además nos faltaba el dinero. Con mil doscientos francos al año no es fácil pagar el alquiler, la comida, la ropa de dos personas; ¡las lecciones particulares son muy caras también! Por fortuna, todavía soy robusta para mi edad y el trabajo no me asusta. Me hice limpiadora de hogar y cuidadora de enfermos; por la noche, cuando no vigilaba a mujeres acostadas, cosía a máquina para tiendas de confección. Una joven de la clase de violón que había tenido demasiadas ganas de tener un accésit, me entregó a su hijo para que lo cuidase; doce francos a la semana. En resumen, eso era lo que había. Lo que era más difícil era encontrar tiempo para dar la réplica a Emmelin cuando estudiaba sus papeles y para acompañarlo al Conservatorio, pues debe usted comprender que ¡no lo dejaba salir solo! ¡Ah! bien apuesto como es, no habrían tardado en arrebatármelo. ¡Hay tanta lagartona por ahí! Nada más pensar en eso me estremezco de pies a cabeza. Tanto extenuada como no, siempre iba con él; no entraba, porque verle vigilado por su mamá haría reír a sus compañeros; lo esperaba en la puerta, en la calle del Barrio Poissonniere, durante horas, cuando había pasado la noche haciendo cataplasmas era duro; algunas veces dormía de pie, bajo la lluvia, en el fango. Fue allí donde contraje mi catarro.
– En fin, señora, ya ha quedado liberada de esos contratiempos. Su hijo ha obtenido un segundo premio de comedia...
–¡Una infamia! Merecía el primer premio, y más bien dos veces que una. Sin embargo, como usted dice, estamos ya liberados. Emmelin tiene un contrato con el Odeon y espero que el público sea más justo que el jurado.
Se detuvo frente a mí.
– Pero, mire, – me dijo – ¡que cosas más curiosas ocurren en la vida! ¿Creería usted que tantas penas, privaciones, esfuerzos, han estado a punto de no servir para nada?
Yo la interrogué con la mirada.
– Y eso – continuó con un gesto de violenta cólera – ¡por culpa de una zorra a la que uno no quisiera ni para actuar en un teatro de barrio! Leonie. ¿Sabe usted?
–¿Leonie?
–Una neófita que está en la clase de Delaunay. Rubia de frasco, con unos ojos grandes completamente estúpidos, como ojos de oveja. Da la impresión que de un momento a otro va a comenzar a balar.
–No, no la conozco.
–¡Lo felicito! Pues bien, caballero, Emmelin se había enamorado de ella. Yo no sospechaba nada, les dejaba hablar juntos, pensaba que no tendría consecuencias. ¡Qué estúpida era! Hace dos meses, Emmelin me declaró, anegado en lágrimas, que Leonie era un ángel, que no amaría nunca a otra mujer más que a ella, y que si patatín y que si patatán, un montón de bobadas, y que si yo no quería que él la adorase a su manera, – creo, Dios me perdone, que hablaba de casarse – se haría saltar la tapa de los sesos. Entonces, mire usted, me invadió tal rabia que creía que cometería un crimen. ¡Él! ¡mi Emmelin! enamorado de una mosquita muerta que no tiene talento, ni dinero, que es la hija de una portera, y a la que su madre habrá vendido, antes de seis meses, al primer recién llegado si éste es lo bastante torpe para comprar semejante mercancía. Lo típico en esas personas, vaya. Enseguida había juzgado a esa madre; e incluso antes de que Emmelin me hubiese puesto el pastel bajo la nariz, no me preocupaba frecuentarla porque si hay algo en el mundo que me disgusta es una mujer tan innoble para traficar con su hija. Eso no ha ido más lejos; Emmelin gimió, lloró, me abrazó, se colgó de mi cuello, «mamaíta por aquí, mamaíta por allá», le prohibí rotundamente que hablase con Leonie; y, al día siguiente, en el patio del Conservatorio, le propiné un par de bofetadas que no olvidará fácilmente. ¡Incluso me hice daño en la mano!
– Ha sido usted muy severa, señora. Si esos dos jóvenes se amaban, la felicidad de su hijo...
–¿Eh? ¿Qué? ¿Cómo dice usted? ¿La felicidad de mi hijo? ¿Emmelin habría sido feliz, porque se hubiese compinchado con una pobretona? Entonces, ¿no hay que comer y beber en la vida? ¿Cree usted que es alegre, incluso cuando se adora, arrastrar la miseria? ¡Nada de eso! Con el talento y la belleza que tiene, Emmelin tiene otra cosa que hacer que arrullar por una pobrecita en una choza sin muebles. Por ejemplo, dígame usted, ¿es que no ve en Paris y en el extranjero, a artistas – actores o cantantes que no valen un céntimo, y que tienen palacetes, caballos, coches? Sí, sí, necesita tiempo, sé que no se logra ganar grandes sumas al principio. Esperando todo llegará. Yo conozco el mundo. Uno es hábil recitando versos en los salones al principio. Se conocen condesas con buen gusto, – fíjese, hay una esta noche en la sala, precisamente, – y también se conocen marquesas, princesas en ocasiones, o hijas de banqueros que no son desdeñables. ¡Ah! no aconsejo a Emmelin que se case; es demasiado joven; además, siempre más vale no contraer compromisos que no se pueden romper siquiera pagando una indemnización. Pero sin casarse tiene oportunidades. Usted ya me entiende. Yo digo que mediante la protección de las mujeres se puede conseguir todo, obtener gloria, fortuna...
– Me levanté con una nausea.
– Y sin duda espera usted – le dije con dureza – que una vez famoso y rico por tales medios, su hijo reconocerá generosamente los servicios que usted le ha prestado.
Ella se volvió completamente pálida. Y, con la voz sacudida por una indignación evidentemente sincera, dijo:
– ¡Es una infamia lo que usted piensa! ¿Acaso hay otra cosa en el mundo para mí que mi hijo? ¡Todo lo que espero es para él, solo para él! Que sea más guapo, más brillante, más orgulloso que los demás, eso es lo que quiero, y cuando sea todo eso, cuando no tenga nada más que desear de todo lo se puede querer, entonces estaré contenta y desapareceré, e iré a vivir en algún pueblo, muy lejos, con mis mil doscientos francos de renta. ¡Ah! solamente me abonaré a los periódicos para leer lo que se escriba de él.
En ese momento un violento ruido de aplausos, repetido, reiterado una vez más, llegó hasta el camerino.
–¡Ha triunfado! – grito la madre abalanzándose.
Yo la seguí. Loca de alegría iba entre bastidores buscando a su hijo. Las personas que encontraba le decían: «¡Muy bien, muy bien, la felicito, es un gran éxito!» Ella reía corriendo. Gritaba: «¡Emmelin! ¡Emmelin! ¿dónde estás?» Pero no lo encontraba. ¿Dónde podría haberse metido? Finalmente un botones del teatro dijo: «Saliendo de escena, el Sr. Emmelin ha puesto un gabán sobre su traje y se ha ido por ahí, por la pequeña escalera...»
–¿Solo?
– No, con una dama.
Yo estaba cerca de la madre, vi sus ojos inflamados de alegria, y la oí murmurar:
–Con la Señora de Portalègre, ¡seguro! habrá venido a buscarlo. Debe estar loca por él.
Pero el muchacho del teatro continuaba:
– Con una dama que ha permanecido en el teatro durante toda la obra. Creo que es la señorita Leonie.
La madre emitió un grito que hizo acudir a actores, maquinistas, bomberos, y, completamente fuera de sí, con el aspecto de una cataléptica, los ojos desmesuradamente abiertos y llenos de un espanto desolador, de dejó caer, como se abate una plancha, diciendo: «¡Perdido! ¡Se acabó, está perdido!»
No he podido dejar de mirar sin piedad a esa vil y miserable mujer que a su modo, desgraciadamente, era una buena madre.

Traducción de José M. Ramos
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