LA MAESTRA

–¿Consejos? ¿Queréis consejos? Tiene gracia. No pido otra cosa que dároslos, y lo que me preguntáis es muy sencillo. Poseéis una gran fortuna, lleváis un apellido ilustre, – ¡Hélene de Courtisols! ¡mis cumplidos, condesa! – y sois la más bella de las bellas, regordeta y encantadora como se os ve, con vuestros ojillos rojos de gata iluminada, vuestra nariz respingona de pilluela, vuestros dientes que parecen querer morder, labios carnosos llenos de sangre que quieren ser mordidos, – incluso esos dientes, deseosos y prometedores, me preocupan un poco por vos, – y vuestra tez, cuya blancura transparente y ligera, se sonroja en los pómulos como la espuma del champán donde se hubiese dejado caer dos claveles rojos. ¡Pero claro! diecinueve años apenas y casada desde hace un año solamente. Todavía hay en la joven mujer que vos sois algo de colegiala. Se mezcla en el exquisito olor que sale de vuestra mangas, ¡oh!, no ese perfume de pudor rancio de las virginidades irremediables, – ¡pues ya estáis realizada! – sino una reminiscencia del incienso y de las flores de la capilla del convento. Ya espabilada, pero siempre ingenua. Es pues muy natural que vengáis a consultarme, a mí, que tengo fama de no ignorar nada de lo que está prohibido saber a una mujer, y ¡que tendría cuarenta años si no supiese tener treinta!
La Sra. de Ruremonde se sentó muy cerca de la pequeña condesa, que ataba y desataba, para calmar su desasosiego, – sonrojándose un poco, – las cintas rosas y negras de su sombrero.
–Así pues, ¿estáis decidida? ¿decidida por completo? Porque os aburrís en compañía de vuestro marido, en la profundidad de vuestros bosques de Bretaña ¿queréis permanecer entre nosotras, tener un salón, ser admirada, ser célebre, convertirse, en definitiva, en una de esas perfectas e ilustres dama de la alta sociedad, que, maravilladas y que maravillan, viven en la real quimera de todos los lujos y de todos los triunfos, y que, despiadadamente, asombran, doman, turban y enloquecen a un París extasiado?
–Sí – respondió la Sra. de Courtisols, con un tono de voz resuelto.
–¡Es un muy noble deseo! Escuchadme pues, inocente, y aprovechad las lecciones de una vieja criminal. Ni que decir tiene que no os diré ni una palabra del mundo que debéis ver ni del vestuario que deberéis llevar. La mujer que el mismo día que entra en la vida parisina, no tiene suficiente tacto para adivinar y encontrar a las doscientas personas a las que es posible abrir su puerta, y para saber, sin haberlo aprendido nunca, que vestido, qué sombrero, qué botines, qué guantes, convienen, no a todas, sino a ella solamente, según el lugar, la hora y la circunstancia, – misa, visita, paseo por el Bosque de Bolonia, cena, baile o estreno teatral, – no es, ni será nunca más que una burguesa de provincias de la que ¡no hay que ocuparse ni un solo instante!. En cuanto al barrio en el que es de buen tono vivir, el palacete que se debe tener, los caballos que hay que cambiar cada tres meses, son detalles sobre los que hay abundantes informaciones; no perderé el tiempo en esas banales minucias. No, voy a ir directamente al meollo de la cuestión, a lo principal, indispensable, por decirlo con más exactitud a aquello de lo que depende todo lo demás. Escuchad bien, y responded con entera franqueza. Si un hombre, artista o gran caballero, joven, guapo, ya ilustre, que os adora, se arrojase a vuestros pies tras todo un año de respetuoso cortejo y de muda pasión, y os tomase perdidamente las manos dirigiéndoos miradas suplicantes, – vamos, responded, querida, – ¿que experimentaríais, decid?
La Sra. de Courtisols quedó un poco desconcertada, y se puso a atar y desatar las cintas de su sombrero, girando su rostro más sonrojado aún.
–¿Y bien?
– Pues... en realidad... no sé...
–¡Ah! exijo sinceridad absoluta.
–¡Sois terrible! Dios mío, si un joven... muy apuesto... amándome mucho... desde hace tiempo... me estrechase las manos... me mirase... creo... me parece que quedaría un poco... turbada... tal vez...
–¡Lo que me temía! vuestros bellos labios, demasiado carnosos y demasiado rojos, no me inquietaban sin razón.
La neófita, asombrada, preguntó:
–¿Cómo? ¿Acaso es indispensable, para que una mujer esté de moda, ser completamente insensible y cruel? Si hay que decir todo, yo me imaginaba, por el contrario...
–Os equivocáis,– respondió severamente la Sra. de Ruremonde.– ¡Oh!¡sé lo que vais a decirme! Todo el mundo rumorea que la Sra. de Portalègre, la misma noche del debut del pequeño Emmelin en el Odeon, introdujo en su coche al pequeño cantor florentino, ni siquiera cambiado de traje, envolviéndolo con sus abrigos. De la Sra. de Soïnoff se cuenta una historia más extraña y siniestra: que antaño amó, por un capricho cínico y bonito, a un payaso del Circo de verano, Aladín, que acababa de ser condenado a muerte por haber entregado mal el trapecio a su compañero Icarion; y que, muy poderosa, siendo de esas que tiene relaciones en todas partes, incluso en las prisiones, permaneció, vestida para un baile, en la celda del saltimbanqui asesino hasta la hora en la que el director de la Roquette entró diciendo: «Aladin, el emperador ha rechazado vuestra demanda de gracia.» Otros aseguran que llevó al condenado a su casa vistiéndolo ella misma para ir al cadalso. Por lo que a mi respecta, soy la protagonista de las más extravagantes novelas. ¿No le he robado un tenor a una pequeña actriz de los Bouffes? ¿No me han visto con él, en Venecia, sobre los canales, escuchando sus barcarolas1 ? Y si los charlatanes no llegan a afirmar cosas semejantes, al menos soy una mujer de nuestro mundo a quien se le atribuyen dos o tres amantes. ¿Quién ha entrado, ayer noche, en el Café Inglés, un poco antes de medianoche, con el velo bajado, y que ha salido al amanecer con los cabellos en los ojos, mientras las escobas de los barrenderos rozaban el asfalto de las aceras? Yo, o alguna de mis semejantes. Se me ha visto detrás de la pantalla de seda verde, en todos los palcos de los pequeños teatros; y – ¡leed las crónicas de los periódicos mundanos! – si el conde X... y el marqués Z... se han batido en duelo, ayer por la mañana, en el Véniset, fue por una flor de mi ramo que he dado a uno y negado al otro, ¡aunque ambos tuviesen igual derecho a obtenerla! Pues bien, nada de todo eso es cierto, o, al menos, absolutamente cierto. Que se nos acuse, a nosotras mundanas, no nos disgusta, e incluso voluntariamente lo exigiríamos. Los rumores estridentes forman parte de nuestra gloria; no seríamos bastante sorprendentes si no fuésemos un poco diabólicas. ¡Aprobamos el exceso de calumnias gracias al cual somos extraordinarias! Incluso no nos esforzamos, mediante la impertinencia de nuestras palabras, mediante la libertad de nuestros gestos, mediante el descaro de nuestros escotes en el baile o en la Ópera, en proporcionar pretextos a los mentirosos, darles probabilidades; pero, – ¡entended bien esto, querida! –todas las impudicias y ni una imprudencia. Hacer nacer todas las sospechas, sí, pero no justificar en realidad ninguna. Provocar la calumnia, – pues es útil – pero desafiar a demostrarla. Una audacia casi extrema, pero «casi» solamente, y que se queda corta. Ofrecerse siempre, sin entregarse jamás. Y el amor, sobre todo, nos está prohibido. Para amar hace falta tiempo. ¿Acaso tenemos tiempo? ¿Es que no tenemos necesidad de ir de visita, pasar largas temporadas en casa del modisto, cenas y veladas? Las escenas en las que Romeo y Julieta se adoran son muy largas! «¡Os amo!– Perdón, caballero, hay un baile de gala en casa de la Sra. de Lurcy-Sévy.» Y además el amor afea. ¿Quién ama sin llorar? no quiero tener los ojos rojos. Las preocupaciones provocan arrugas en la sonrisa. Tal vez adelgazaría el día en el que mi amante me amase menos. Además, fíjese en esto, pequeña: si somos libres seremos menos deseadas. Las puertas demasiado herméticamente cerradas desaniman a los visitantes, pero las puertas grandes abiertas no los tientan demasiado; hay un punto intermedio: la puerta entreabierta. Así pues, no amar nunca, ¡nunca! ¿Han amado los poetas, entendiendo por tales a los hombres verdaderamente dignos de ese sustantivo? Dante no tuvo amantes; Beatriz tenía doce años cuando él la vio. ¡No me hable de Petrarca! era un sabio, que componía sonetos mediocres, y Laura era una marisabidilla. Shakespeare jamás estuvo enamorado, a menos que lo haya estado del «Lord de su amor»; más vale creer que no. ¿Y por qué los poetas verdaderamente sublimes no han consentido en las humanas ternuras? porque temen la turbación de las pasiones; porque quieren consagrarse por entero a la persecución de su ideal, a la consumación de su obra. Pues bien, nosotras también, nosotras, mujeres, nosotras, mundanas, perseguimos un ideal, tenemos una obra que cumplir. Una obra tal, que ningún poema la supera: ¡nos gusta ser infinitamente bellas, adorables, serenas! Y es por lo que no amamos, por lo que no debemos amar.
–¡Oh! – dijo la pequeña condesa muy preocupada por esta severa teoría; – ¡ciertamente es duro en verdad! No se puede rehacer el corazón que se tiene, y, alguna vez, aún a nuestro pesar, entre tantas seducciones y tiernas ocasiones...
La Señora de Ruremonde la interrumpió:
– La Señora de Portalègre,– aunque sea una de las más perfecta de entre nosotras, – también tenía antes esas dudas, y supongo que todavía las tiene. Pero triunfa gracias a una estrategia muy hábil. Cuando está segura de comenzar a amar, – los más grandes corazones tienen esas debilidades,– se marcha, se expatría. Pasa un mes entero, bien en el bonito país vasco donde los hombres jóvenes parecen dioses, bien en las costas de Bretaña donde las parisinas asombran y deslumbran a los robustos muchachos, bien en alguna isla del Norte donde los pescadores ingenuos y fuertes levantan con una sola mano nasas de plomo que un gigante no llevaría sobre sus hombros sin doblegarse. A partir de ese momento habrá en Irún, en Penmarch o en Tromsoë, un joven que se acordará durante mucho tiempo, deslumbrado, de una adorable y encantadora criatura enamorada. Pero la Señora de Portalègre, una vez de regreso a París, no conserva ningún recuerdo que la turbe y, deliciosamente elegante y frívola, triunfa, – calumniada sin duda, ¡pero no importa! – en el cumplimiento de su destino, en su fría gloria de perfecta mundana.
A decir verdad, no sé que efecto produjo esta extraña conferencia. ¿Quedó la Sra. de Courtisol desalentada por las austeras obligaciones que le eran impuestas? Lo que es cierto es que la pequeña condesa no abrirá su salón hasta dentro de un mes o dos, al regreso de un viaja que ha debido hacer, por razones de salud, al país vasco, o a Bretaña o a Noruega, no se sabe exactamente a dónde.

1. La barcarola es una canción folclórica cantada por los gondoleros venecianos (N. del T.)

Traducción de José M. Ramos
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