EL MARIDO DE LEO
Tiene usted que conocer a ese hombre, – no personalmente, ¡por Dios! – y lo desprecia. Le digo que también hay que compadecerlo. Pues aun siendo el más abyecto de los monstruos, es al mismo tiempo el más torturado de los mártires. Aprisionado, aplastado, mordido, como entre dos planchas de un torno por dos pasiones igualmente implacables, su especie de horroroso corazón revienta y sangra. ¡Ah! ¡el infame! ¡el desdichado!
I
¿Leonia o
Leonor? ¿tal vez Leopoldina, o Leocadia? No se sabe a ciencia cierta. Es Leo
como se la llama. En todas partes. En los bulevares como entre bastidores, en
los carteles que anuncian sus actuaciones como en las notas que le proponen
citas. Y ese nombre salvaje y bonito, exótico y parisino, que ruge al reír,
añade a su traviesa y encantadora persona no se sabe que toque especial; es
como, en carnaval, un tocado con penachos de guerrero salvaje sobre los cabellos
desordenados de una joven muchachita.
Siendo adorable es adorada. Tan mimosa, inclinando la cabeza, cerrando a medias
sus tiernos ojos, hinchando su pequeño cuello torneado, mostrando a la altura de
los hombros las palmas rechonchas de sus manos con hoyuelos, tiene un modo de
cantar en falsete las picardías más estúpidas, que extasía el libertinaje de los
tontos; se escucha, desde la orquesta a las terceras galerías, un
estremecimiento sordo de placer, se ve enrojecer suavemente, como una mejilla de
virgen, el mármol liso de los cráneos más calvos, cuando, tras haber atravesado
la escena hacia atrás con pequeñitos y saltarines pasos de un ratón que trota,
se gira con un revoloteo de falda, y ofrece a todos, un poco inclinada, la
exquisitez de su tonta sonrisa.
Al objeto de ver más de cerca esa sonrisa, unos hijos de buena familia han
firmado letras de cambio con el apellido de su padre o de su tío, viejos
gentilhombres han vendido la tierra y el castillo que constituían la dote de su
hija, vendedores de grano han hecho en sus libros contables tachaduras que el
juez de instrucción no ha pasado por alto, príncipes y reyes obsesionados por el
recuerdo de una fotografía han afrontado la estancia en una capital republicana.
Y todo porque la pequeña Leo, famosa e incluso ilustre, – ¡pues tuvo un día la
gloria de proporcionar una rima a un poeta! – vive en un palacete de mármol rosa
té, construido por el mismísimo Charles Garnier; acostada entre cortinas de
alençon, sobre colchones de seda griega – pues la seda griega es más mullida –
que se recoge para ella sola en las sederías de Mikado; lleva un solo día los
trajes que un modisto de genio se ha dedicado seis meses a concebir y seis
semanas a hacer confeccionar; se pasea, con un perro escocés sobre las rodillas,
transportada por tres rocines ungidos a una calesa con sus armas grabadas en la
portezuela, -un bonito jarrón de rosas deslumbrantes, con esta divisa: Caleo; no
paga nunca menos de cinco luises los ramos de dos centavos que le ofrecen las
pequeñas floristerías del Bosque de Bolonia, y no cuelga de sus orejas diamantes
del Cabo o dudosos rubís, sino milagrosos racimos de perlas rosas o negras que
podría perder sin tristeza, pues con toda seguridad le serían de nuevo
entregadas, como a la Sra. Judic, por alguna vieja valiente mujer, con tocado de
india, en zapatos de clavos que vende en la calle Marcadet, en un carromato, el
pescado de Policrates.
Si esta existencia la divierte o simplemente le interesa todo el mundo lo
ignora; tal vez ni lo sepa ella más que los demás; ella se abandona, eso es
todo, con una indolencia irreflexiva, con una ingenuidad sonriente, que nunca ha
pensado que se podría decir que no. ¿La hubiese elegido ella? Es posible pero
dudoso. Ha dejado actuar al azar y a su marido.
Sí, a su marido.
¡Es él quien quiso que Leocadia fuese Leo!
Es él quien trata con los directores de los teatros, prometiendo faldas más
cortas a cambio de emolumentos más sustanciosos; quien alquila las primeras
filas para enviarlas a los extranjeros ricos que les son indicados por los
botones de los hoteles; quien se pone en contacto con los mensajeros de las
altezas que están de paso y habla con el portero del teatro y con las viejas
encargadas de traer ramos o joyeros; quien se informa, decide lo que hay que
hacer, responde a las cartas cuando eso es útil, pues ha aprendido a imitar la
escritura de su esposa, demasiado tonta para rechazar a los vacilantes que, poco
a poco, prometen, y, además, absolutamente carente de ortografía; es él
finalmente quien, tras haber fijado el precio, consiente en las visitas, asigna
las citas, autoriza las cenas indicando los restaurantes que le pagan por ello
comisiones.
Y sin embargo, ¡escuche bien esto! a esta mujer que él ofrece y que vende, a
esta mujer que él pondría en subasta si hubiese un hotel Drouot para los labios
rosas y para los bellos hombros, la ama. ¡Le digo que la ama! y es terriblemente
celoso.
II
Anteayer, un
poco después de medianoche, el marido de Leo iba y venía a lo largo de las casas
por la avenida de Penthievre. Se detenía por instantes frente un hotel donde dos
ventanas, en el primer piso, estaban iluminadas, completamente rosas. Entonces,
golpeaba con el pie violentamente, llevaba a su boca los dos puños cerrados que
mordía. Pasando por allí, usted habría visto, bajo el mantel de la suave luz que
se filtraba por las ventanas, los convulsos gestos de cólera sacudirle la piel
de la cara, y gruesas lágrimas, a sobresaltos, fluir de los ojos. De pronto,
tomándose la cabeza con las dos manos, sollozaba, con el pecho oscilando
violentamente. Luego se ponía a dar cien pasos, con la frente baja, y
retorciendo sus dedos entrelazados.
Hacia las tres de la madrugada, un hombre salió del hotel. El marido de Leo se
precipito, se hizo abrir a reiterados toques de timbre, con la puerta apenas
abierta, subió de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera y entró
furiosamente en la cálida y clara habitación nocturna, donde su esposa, en
camisón, con los cabellos despeinados, se miraba los dientes en el espejo, entre
los temblorosos reflejos de las velas.
Corrió hacia ella, la tomó por los hombros y gritó:
–¡Miserable! ¡eres una miserable! Por tu culpa sufro como un condenado. ¡Te
odio! Quisiera ahogarte, estrangularte, destrozarte. ¡Oh! ¡te mataré, debo
matarte!
La sacudía, con los músculos de la cara distorsionados y la rabia en los
dientes.
Ella sonrió, – ¡su bonita sonrisa de comediante! – apartó con una mano los
cabellos que le caían sobre los ojos, y, con la otra mostró un pequeño billetero
en cuero ruso en un rincón de la chimenea.
Él lo tomó, lo abrió, contó algunos billetes de banco, los metió en el bolsillo
de su pantalón; luego, caído de rodillas, desfalleciente, herido, con un temblor
en todo el cuerpo, se derrumbó con lágrimas desesperadas.
–¡Oh! ¡es horroroso! ¡Leo, mi Leo! ¡Si supieses lo que sufro! ¡Te amo tanto! Y
decir que un hombre estaba ahí, hace un momento, que te tenía entre sus brazos!
¡Que velada! ¡Qué noche! Estuve esperando abajo, ante la puerta. Me parecía que
tenía garras de una bestia por todas partes, que me desgarraban el cerebro, el
corazón, el vientre. Es increíble que se pueda soportar esto sin desfallecer. Y
tú no lo lamentas, no me consuelas. Yo quisiera encerrarte, sola para mi, en un
agujero en el campo. Observando a los demás mirarte, en el teatro, cuando tienes
los brazos desnudos, me vuelvo loco. Y esta noche, en esta habitación.... ¡Oh!
¡Dios mío! No es posible vivir así. Quiero ahogarme, arrojarme de un cuarto
piso. ¡Soy demasiado desgraciado! ¡Mejor morir, morir, morir!
Y, subido a un sillón, con las uñas en la tela, golpeaba con la frente el brazo
esculpido del mueble, golpeando para romperse el cráneo.
Pero a pesar de la sinceridad de esas abominables angustias, él la venderá mañana, como la vende hoy, como ayer la ha vendido. ¡Porque ama tanto el dinero como a su mujer! Porque siempre le hace falta, siempre; porque, teniendo tres casas, quiere seis, y habiendo comprado bonos el quiere acciones. ¡Al mismo tiempo que celoso es avaro! Cada vez que él la vea sonreír a un amante, sentirá unas tenazas oprimirle el corazón y dirá a Leo que sonría aún; cada vez que la vea salir para ir a una cita, toda su sangre, de un brinco de cólera o de desesperación, le subirá al cuello hasta sofocarlo, y le dirá a Leo: «¡Vete!» ¡Oh, monstruo implacable castigado por si mismo! Y ese suplicio durará hasta el día, tal vez cercano, donde, turbado por haber entregado una vez más a aquella que es tan bella y que quisiera par él solo y que adora tan perdidamente, ¡se meterá una bala en la cabeza! Pero, la víspera, para comprar el revólver, habrá prostituido una vez más la querida sonrisa boba de su pequeña Leo.