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MARIDO Y
MUJER
Está claro: ¡su
esposa tiene un amante! y él no puedo ignorarlo. Pues como poder creer que sus
raquíticos emolumentos como subjefe de negociado bastan para pagar los trajes de
Evelina, vestidos espantosamente costosos, que van diciendo el precio como si
tuviesen colgada la factura. Además ella no oculta que engaña a su marido, es
más, quiere que se sepa, casi lo confiesa, o prácticamente. Todos los días va al
Bosque en el cupé del conde de Roquebrou. Cuando regresa, por la noche, después
del teatro, muy tarde, sus cabellos, como si los hubiese recogido muy
apresuradamente, se esparcen por mechones desordenados bajo su sombrero mal
colocado, y sus ojillos leonados brillan y pestañean, un poco húmedos: dos
topacios quemados, mojados por champán. Por supuesto que ha cenado. Mientras él,
con la cabeza apoyada en la almohada, mira, ella arroja su abrigo en un rincón,
quita sus largos guantes negros, pone sus joyas en un estuche y con una sonrisa
maliciosa dice a veces: «¡Muy divertida la obra de los Bouffes!» o bien,
mostrando un abanico de concha y marabú comprado en un entreacto en la tienda de
abanicos del teatro: «¿Bonito, verdad? Fue el conde quien me lo regaló. No
querido: ¡ciento cincuenta francos!» Luego, abominablemente cruel, o por un
recuerdo de alguna gracia de opereta, abanica la frente de su marido, con ese
abanico que ha ocultado besos y risas en el fondo del palco. ¡Cómo! ¿No se
arroja sobre ella, no le flanquea la puerta o no la estrangula? No. Bosteza,
vuelve la cabeza hacia la pared, retoma su sueño. Ustedes exclamarán: ¡Un
miserable, un monstruo! Perdon, dos monstruos, ella y él. Su historia hoy es
simplemente indigna; al comienzo fue terrible.
I
Él amaba con
toda su alma a su pequeña Evelina, tan encantadora y tan coqueta; era un buen
hombre. Se extasiaba con ella sin cesar, ingenuamente, de todo lo que decía, de
todo lo que hacía. «Figúrate, ¡tienes un modo de despertarte por las mañanas y
de frotarte los ojos, que me volvería loco por tí si no lo estuviese ya!» A la
hora de la cena, enfrente de Evelina, interrumpía su potaje, con la cuchara en
el aire, para decir: «¡Qué guapa estás cuando comes!» y se inclinaba hacia ella,
la tomaba por la cabeza, la obligaba muy suavemente a inclinarse también, le
bajaba la frente encima de la sopera donde se mezclaba ese beso con un olor a
verduras. Era como si hubiese respirado una rosa en un huerto. Pero, sabiéndose
fuerte y pesado, él nunca la abrazaba con violencia por miedo a asustarla o
hacerle daño. Merodeando a su alrededor, pesado y contento, parecía un grueso
pichón patilargo cortejando a su pareja.
Ella también era feliz, o parecía serlo. Se había casado bien; para una
dependienta de una lencería de los Batignolles, casarse con un subjefe de
negociado era una alta ambición realizada. Sin embargo algunos días su buen
humor se mostraba algo alterado; ponía malas caras, acompañadas de un alzamiento
de hombros que evidentemente quería decir: «Sí, sí, las cosas están bien así,
pero podrían estar mejor.» Entonces si él se acercaba demasiado, Evelina emitía
un: «¡me agobias!» muy claro, duro, casi con odio. Además, tan coqueta como era
y loca por los trajes, desde el primer mes de matrimonio, suprimía un plato de
carne para pagar las deudas a una vendedora de trapitos. ¿Pero estaba tan
deslumbrado que no podía ver los defectos que ella tenía? En todas las ocasiones
en las que ella no le decía «¡me agobias!» él estaba deliciosamente radiante.
Vestidos, sombreros, pendientes, le daba todo lo que ella quisiera, haciendo
trabajos suplementarios y endeudándose. A ella le gustaba el teatro e iban dos
veces a la semana. Incluso la llevaba a los bailes a los que sus jefes del
ministerio lo invitaban algunas veces. Los trajes escotados son muy caros,
aunque tengan menos tela. Pero bah, no importa. Ella le decía: «Eres muy
amable»; él se frotaba las manos, lleno de satisfacción, con una gran risa que
le recorría de oreja a oreja.
II
Sin embargo, en
una ocasión, en el momento de partir para una fiesta, – él ya estaba vestido con
su levita negra; ella, con un traje de seda rosa y la piel tan blanca, se
abrochaba ante el armario con espejo el cierre de un collar de perlas falsas; –
sucedió que Anselmo se sintió invadido por tristes pensamientos; pensando en voz
alta dijo que ella estaba hermosa sin duda, ¡oh! ¡por supuesto! en ese vestido
en el que parecía un muguete en una rosa, pero que caro costaba eso, la seda y
también el ritmo de vida, que él no era rico, ¡cuatrocientos cincuenta francos
al mes! habría que restringir las salidas, no ir tan a menudo al baile si no
quería encontrarse pronto en apuros.
Ella se volvió hacia él, con las mejillas rojas y una llama colérica en los
ojos; luego, con voz breve y estridente que él no conocía, con los labios
desencajados, mostrando sus pequeños dientes, comenzó a decir aprisa, tras haber
dado una patada en el suelo:
–¡Ah!, escucha, quiero divertirme. No me he casado para permanecer en un rincón.
Si eso te disgusta me importa un bledo. Que se oculten la feas me parece bien:
yo pienso mostrarme. Después de este baile, de otros bailes; después de este
traje, otros trajes. Tú puedes tomar partido. Si querías a una fregona podrías
contratar a una por veinte francos al mes. Yo valgo más. Nunca te he dicho esto,
¡te lo digo ahora de una vez por todas! Si no tienes suficiente dinero trata de
ganarlo; a mi me hace falta. Y mucho más de lo que he tenido hasta ahora. El que
advierte no es traidor. Pide prestado, contrae deudas, haz todo lo que quieras.
Cosas honradas o deshonestas. Eso no me importa. Pero entiéndelo bien. Encuentra
dinero. Si no puedes, a fe mía, ¡tanto peor, compañero! soy yo quien lo
encontrará. ¿Está claro? Son las diez, vámonos.
Ella ya bajaba la escalera; él la seguía, aturdido, estúpido. ¿Era Evelina la
que le había hablado de ese modo? Él titubeaba de escalón en escalón, abatido y
destrozado como si le hubiesen propinado unos bastonazos o como si hubiese caído
de un quinto piso.
III
El baile había
tenido lugar en la residencia del conde de Roquebrou, hombre rico, joven
todavía, que tenía una elevada situación en el Ministerio de Asuntos Exteriores,
y que, aunque viudo, daba veladas en las que se aventuraban a ir mundanas
ligeramente venidas a menos; también se podían encontrar allí esposas de
empleados, preocupadas por los ascensos de sus maridos.
Cuando Anselmo, alelado, sin pensar en nada, no habiendo dicho ni una sola
palabra en el coche, entró en el salón lleno de ruido y de luz, se tambaleó como
si estuviese ebrio. Quería dar la vuelta, huir; pero Evelina ya arrastraba en un
vals la larga basta rosa de su traje, y el pobre hombre, apoyándose en la pared,
– desapercibido entre la multitud que reía y bailaba, – entró en una habitación
vecina, caminó aún, buscando instintivamente la soledad, el silencio, la sombra;
empujó otra puerta y cayó en un sofá.
Estaba solo en una habitación poco amplia en la que había una cama y que una
lámpara iluminaba oscuramente colgando del techo.
¡Oh, Evelina! ¡Tan dulce y tan cruel! Tan buena y tan malévola! ¡Oh!¡espantosamente
malévola! Él comprendía que su felicidad estaba acabada; que no conocería ya la
ternura del apacible amor, de las familiaridades sonrientes. ¡Ella ya no querría
que él le tomase la cabeza durante las cenas, encima de la sopera! Lo
esquivaría, lo engañaría, incluso lo abandonaría; ya que él no tenía dinero y
ella lo quería. ¡Oh! ¡dinero! había personas que trabajaban menos que él y que
ganaban miles y cientos! En las finanzas, en la Bolsa o en el comercio. Él, en
el despacho, ocho horas al día y cuatrocientos cincuenta francos al mes.
¡Comprar con eso, dos veces por semana, vestidos de quinientos francos! No había
nada que hacer si no se hacía rico; si no podía dar a Evelina todo el lujo que
ella deseaba ya no la tendría más, ¡oh, su Evelina! Por instantes, lleno de
rabia, quería regresar al baile, agarrar el brazo de su esposa, llevarla a casa,
rasgar su hermoso traje, golpearla y decirle: «Desde este momento se acabaron
las sedas: los vestidos de orleans, sin adornos; y despediremos a la criada; y
mañana por la mañana tú te encargarás de las labores del hogar; zurcirás mis
calzoncillos mientras yo estoy en el despacho.» Pues al fin y al cabo, zurcir
los calzoncillos, hacer las tarea de la casa y llevar vestidos de orleans es la
vida que debe llevar la decente esposa de un empleado. Pero se acordaba de lo
que Evelina había dicho: «Si no puedes conseguir el dinero, yo lo encontraré.»
¡Lo encontraría! ¿Tendría un amante? ¿un amante rico? ¡Ah! era horrible y
vergonzoso. Ahora la conocía. La muy ladina haría lo que había dicho. Era
necesario que él ganase grandes sumas, él también, grandes cantidades. Sí, era
necesario. ¿Pero cómo? ¿de qué modo? No era más que un subjefe; no entendía de
negocios. Los billetes no se encuentran en las calles entre los adoquines, e
incluso paseándose ante el banco de los Rothschild, ¡no se recogen en las
aceras! Con los codos en las rodillas, se golpeaba las sienes con los puños, y
finalmente, fuera de sí, con el corazón desgarrado, se puso a sollozar con
grandes sobresaltos de pecho; el pobre y débil hombre mascullando: «¡Dinero!
¡dinero para Evelina!»
Levantando la mirada vio en el fondo de la habitación, en la penumbra, un
pequeño escritorio de madera de ébano con incrustaciones de nácar.
¿Por qué miraba ese mueble? No lo sabía. Sin motivo, al azar. Como hubiese
mirado maquinalmente la lámpara del techo o las porcelanas de la chimenea.
Lo miraba cada vez más fijamente. Observó que la llave, una pequeña llave,
estaba puesta en la cerradura. Le produjo placer y miedo a la vez que la llave
estuviese allí. Pero en realidad no sabía ni lo que esperaba ni lo que temía.
Algo extraño pasó.
Uno de los batientes del escritorio, mal cerrado sin duda por una mano
negligente, se abrió lentamente, ampliamente, como si hubiese sido empujado
desde dentro por alguien invisible. El marido de Evelin, se estremeció, se
levantó, estiró el cuello hacia el mueble abierto.
En una de las estanterías había una cartera llena de papeles.
Anselmo corrió hacia el escritorio, abrió la puerta con manos febriles.
Billetes, muchos billetes: veinticinco, treinta mil francos tal vez. Suficiente
dinero para comprar a Evelina todos los trajes que quisiera, bastante dinero
para que ella no lo engañase nunca, ¡para que no lo abandonase! Se estremecía
presa de la tentación. Lo invadía la idea de que estaba solo, que nadie lo había
visto entrar en esa habitación, que nadie lo vería salir; que no se darían
cuenta del robo antes de tres o cuatro horas como mínimo, que ya estaría en su
casa para entonces; además había mucha gente en el baile y entre tantas personas
no se sabría sobre quien podían recaer las sospechas. También pensaba que no se
atreverían a acusarlo a él, cuya probidad era conocida. ¡Y al fin y al cabo no
era culpa suya lo que sucedía! Él no había pensado en tomar el dinero de nadie.
Era el escritorio que, abriéndose, le había dado la idea. ¿Por qué se había
abierto ese mueble? ¿Quién había empujado la batiente? ¿Qué voluntad desconocida
le ofrecía la riqueza, a él, miserable de repente? El verdadero culpable seria
el azar. Desde luego todavía resistía, como hombre honrado que era. No robaría,
¡no quería robar! Inclinado, iba a dejar en la cartera el fajo de billetes que
tenía entre sus manos. Pero la música de un vals, a través de las puertas, hizo
que volviese la cabeza. Su esposa bailaba. ¿Con quién? ¡con alguien al que tal
vez pensase convertir en su amante! Metió todos los billetes en su bolsillo y se
dirigió hacia la puerta.
Se detuvo, había oído un ruido. Se aproximaban unos pasos sobre una alfombra. Se
acercaban: ¡lo sorprenderían! Miró a su alrededor; ninguna otra salida que la
puerta por donde iban a entrar las personas. Con la cabeza perdida se precipitó
hacia la única ventana que allí había, se escondió detrás de las cortinas,
arriesgándose a mirar entre las telas.
Los que entraron fueron Evelina y el conde de Roquebrou; y, ya en la habitación,
ella le rodeó el cuello con sus brazos, riendo muy cerca de sus labios.
IV
¡Oh! ¡arrojarse
sobre ellos, estrangularlos, morderlos! Iba a abalanzarse y las cortinas se
movieron. Pero se puso a temblar de la cabeza a los pies, a punto de
desfallecer.
¡Tenía el robo en su bolsillo! Los billetes que abultaban en su pantalón. Sin
duda podía dejarlos, ocultarlos detrás de las colgaduras. Pero con el escritorio
abierto y la cartera vacía también abierta, se darían cuenta; el conde de
Roquebrou diría: «Yo tenía dinero aquí. ¿Dónde está? ¿Quién lo ha cogido? Fue
usted.» Y todos los invitados acudirían, lo detendrían y sería un ladrón para
todo el mundo, –¡un ladrón!
Evelina, colgada del cuello del conde, le susurraba tiernas palabras, un poco
alegres, que excitan y hacen sonreír: que estaba encantada de estar allí juntos,
tan cerca de todo el mundo, y tan lejos, de estar en una fiesta, y estar solos;
que lo amaba, absolutamente, que nunca había amado, que no amaría a nadie más
que a él. Y el conde le besaba los cabellos, mientras ella le hablaba así,
risueña y alegre.
Anselmo veía y escuchaba todo.
El conde levantó vivamente la cabeza. Acababa de observar el escritorio abierto
y la cartera vacía. Exclamó: «¡Me han robado!» y caminó hacia la puerta,
queriendo llamar.
Pero Evelina, seria, le hizo una señal de que se callase.
¿Había visto a Anselmo entre las cortinas mal cerradas que se agitaban? ¿o había
adivinado, por algún rápido instinto, que él debía ser el culpable?
–André – dijo al conde – yo conozco al ladrón. Está en esta habitación. Déjame a
solas con él, te lo ruego. ¡Oh! no temas nada, todo se arreglará.
Añadió algunas palabras en voz baja y el conde salió.
Entonces Evelina fue derecha hacia la ventana, apartó las cortinas. Apareció
Anselmo, pálido y con los ojos enrojecidos. Ella no le dijo más que estas
palabras:
– Ambos somos unos canallas. Yo una puta y tú un ladrón. Tal vez sea mejor así,
de ese modo nos entenderemos. De momento, escucha bien. Me he entregado al
conde, tú le has robado su dinero. Estás perdido. Si te enojas te denuncio.
Es por lo que
ahora, por la noche, Anselmo con la cabeza apoyada en la almohada, bosteza, gira
la cabeza hacia el muro, y retoma su sueño cuando Evelina regresa de los Bouffes,
con el champán en los ojos, y le abanica la frente con un abanico de concha y de
marabú.
Traducción de
José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes |