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LA MARQUESA
FAUSTINE
I
Los tres leones
de rubio pelaje y los tres leones negros, que un domador malayo exhibía aquellos
días en el teatro de la Porte-Saint-Denis, eran unas bestias bastante feroces, y
cuando, fustigados por los latigazos bajo las miradas de la muchedumbre,
saltaban en una confusión de melenas de un extremo a otro de la gran jaula que
vibraba, la llama furiosa de sus ojos amarillos, el marfil expuesto de sus
colmillos y sus estridentes rugidos de cólera no testimoniaban precisamente una
excesiva benevolencia respecto a la especie humana. El domador afirmaba que
cualquiera que se introdujera en la jaula, estando él ausente, sería devorado
inmediatamente; jamás quiso prestarse a semejante imprudencia; incluso
respondió: «no» a una muy ilustre actriz, curiosa por probar ante los hermosos
animales salvajes la gracia cadenciosa de su gesto y el encanto de oro de su
voz.
Pero pocas cosas resultan imposibles a un joven audaz que tiene cincuenta mil
francos que arrojar a diario por las ventanas de su fantasía; y como tal es el
caso del Sr. de Nérici, éste consiguió sin dificultad pasar toda una hora, por
la noche, solo con la marquesa Faustine, con las temibles fieras.
Pues a la marquesa se le había antojado cenar en compañía de su amante dentro de
la jaula de los leones.
II
Tan bajita y
tan delgada, frágil y delicada, un poco doblada, con aspecto de un rosal
quebrado, mal apuntalado por el viento, y que va a caer en cualquier momento, la
marquesa da la impresión, a quien la considera en su debilidad, de algo que se
marchita. Pero, miradla cuando un deseo la anima: se levanta, brusca, como
tocada por un resorte; la mano se cierra crispada haciendo oscilar el abanico;
al igual que las cuerdas de un violón, los nervios del raquítico brazo se
tensan, dispuestas a todos los trabajos del placer y del mal; los ojos huecos,
de oro negro, se iluminan, y los labios rojos parecen unos pimientos que entran
ganas de comérselos. Esta débil mujer, como si cayera una lluvia de rosas,
recupera un vigor que doblaría el hierro. No entreguéis nada a la marquesa que
pueda ser destrozado, ni vuestro cuerpo ni vuestra alma; pues, aun remilgada, es
formidable, del mismo modo que fea es exquisita. ¡Es anémica! como los gules1
. Ninguna de las rudas labores de las mundanas, ni las mañanas galopando por el
Bosque tras noches sin dormir, ni las sesiones de maquillaje veinte veces
reiniciadas, ni las tardes cuando se baila, ni, durante las largas cenas
oficiales, ni el abrazo opresor del corsé que muerde, ni más tarde, junto a
alguna escalera furtivamente montada, bajo el velo, los desabroches precipitados
en un reservado de un restaurante nocturno, ni toda la ruda tarea de los amores,
de las traiciones y de las risas, no la desaniman. ¡Es infatigable!
Además, en esta parisina de hoy en día, se esconde una romana de la antigüedad;
no es sin razón que el nombre de Faustine le haya sido puesto debido a sordos
rumores. ¿Acaso por alguna oscura metempsicosis, lleva consigo el alma de alguna
delicada y feroz emperatriz prendada de todas las alegrías culpables, sonriendo
al hundir alfileres de oro en la piel de ébano, que cada vez sangra más, de los
esclavos, – ¡el rojo es hermoso sobre el negro! – extasiándose de escuchar,
entre los besos de los amantes de esa noche, el estertor de los amantes de ayer,
allí, muy cerca, en el patio pavimentado de pedrerías, bebiendo, desde luego,
como Cleopatra, perlas en el vino, pero bebiendo también lágrimas en la sangre?
¿Es de España, donde la vuelven loca las corridas de toros, y de Londres donde
los sesos brotan bajo los puños de los boxeadores, y de Italia donde, en los
circos antes cubiertos de cenizas y olvido, las antiguas jaulas de fieras tienen
unas extrañas disposiciones, de donde trajo consigo espantosos deseos de
barbarie en la alegría y de horror en la embriaguez? Se rumorea que es
abominablemente perversa y terrible; ávida de todo lo imposible, hambrienta de
todo lo prohibido. Ahora bien, en la vida de hoy en día, esta mujer, al mismo
tiempo que abyecta, es absurda. En ella se mezcla la ignominia con la
puerilidad. Pesadillas de colegiala endiablada. ¡Fi! marquesa, no hay que añadir
malas costumbres al mal gusto. Por mi parte, si vos me pedís que cene en vuestra
compañía en la jaula de los leones, yo no hubiese dejado de acompañaros hasta la
estrecha puerta con barrotes de hierro; allí, cortésmente, os habría cedido el
paso, luego, cerrando la puerta, me iría a fumar un cigarro al aire libre,
soñando en la pequeña provinciana con la que mi tía abuela quiere casarme. Pero
el Sr. de Néricie, que, por besar vuestras uñas rosadas, se expondría a todos
los peligros, quiso llevar la situación hasta el límite; tal vez juzgando que la
empresa era de alto rango, dado que no estaba exenta de peligro.
III
La cena fue
encantadora.
Asombrados al principio, y reculando hacia los rincones con unos rugidos que
mostraban unas espantosas encías, los leones pronto dejaron de prestar atención
a esos huéspedes desconocidos, y recomenzaron sus eternas idas y venidas de
fieras aburridas.
La mesita blanca, a plena luz, bajo las veinte velas de dos candelabros de
cristal, fulguraba de platerías, y, al lado de las perdices frías, en unas
cestillas de Sevres tallado, lucía entre el musgo, el oro de las uvas y el
aterciopelado rosa marrón de los melocotones, la verde seda de unas peras
alargadas.
Los amantes se sentaron uno frente al otro, él en frac negro, el chaleco muy
abierto, correcto, ella en un vestido de satén malva que se arrugaba y brillaba
en múltiples pliegues, con unas rosas de té en sus cabellos pelirrojos,
escotada, iluminando bajo el fulgor de las velas, su piel un poco seca del color
de una corteza de granada. La cola de un león, al pasar, tiró el vaso de fino
cristal tallado donde la marquesa había depositado sus guantes. «¡Trinche rápido
esa perdiz, Sr. de Nérici! realmente me muero de hambre. » Y, un poco inclinada,
con las dos manos sobre el mantel le tendió su plato riendo, mientras que a
pasos pesados, alrededor de la mesa iluminada, muy cerca de los comensales,
merodeaba incesantemente la ronda salvaje y negra.
¡Jamás parisino alguno mostró más ánimo que esos dos parisinos esa noche! Mil
palabras alegres, rápidas, que dan la impresión de no querer decir nada, se
dispersaron aquí y allá, sin saber donde, como libélulas enloquecidas,
produciéndose unos silencios que lo decían todo; unos madrigales con un poco de
picante ironía; y veinte cuentos, sobre todos y todas, crueles y hermosos,
interrumpidos y reiniciados, aderezados por los brillos claros de la platería y
el cristal. Pero la intimidad risueña, mientras el champán también reía en los
vasos, se complicó con un poco de ternura; y se produjo ese momento en que las
sonrisas de dos bocas cercanas se van a convertir en un beso.
IV
Los leones se
detuvieron.
Inmóviles, con los belfos caídos y estrellas rojas en los ojos, observaban a los
amantes; a veces un breve estremecimiento recorría la piel de sus riñones, hacía
vibrar los músculos de su pecho, y, entre una sacudida de melena, les salía de
la garganta un gruñido que exhalaba vapor. ¿Que tenían? ¿Que les ocurría? No
estaban inquietos ni por la luz, ni por los ruidos; y hete aquí que ahora, ante
la pareja que se aproximaba, que charlaba con más ternura, los labios cerca de
los labios...
¡Las dos sonrisas se convirtieron en un beso!
Entonces las seis bestias feroces, como embriagados de un furor o de una alegría
repentina, brincando y rugiendo, se abalanzaron hacia los barrotes de la jaula
en una formidable confusión, y regresando volvieron a arrojarse. Ni una saltó
hacia el lado de la mesa, pero sus ojos inyectados en sangre, se volvían
siempre, irritados o enternecidos, – pues la ternura de los monstruos se asemeja
a la cólera – hacia el hombre y la mujer, ¡sobre todo a la mujer! El peligro era
extremo, desde luego. «¡Bah!» dijo la marquesa; y el Sr. de Néricie no estaba
para contradecirla. Hablaban muy bajo y con mimo entre los felinos, en medio del
enorme tumulto. En un instante el guirigay se mitigó. Ella observó que uno de
los leones negros, que se había acercado a ella, balanceaba voluptuosamente su
cabeza en el satén del vestido que arrastraba por el suelo. Luego los brincos de
nuevo reanudados, hicieron vibrar las planchas y los hierros; y, hasta la hora
en la que llegó el malayo, el murmullo disperso de los besos fue como un vuelo
de pájaros cantores entre un estrépito de truenos.
V
–¿No habéis
tenido miedo? – preguntó al día siguiente la Señora de Soïnoff a la marquesa
Faustine.
–Dios mío, no.
–¿Y os habéis divertido?
–Sí, bastante, ya lo creo. Solamente pensaba en una cosa.
–¿En qué, decidme?
–Es realmente lamentable que no se encierre también, alguna vez, a aquellos que
nos aman o nos han amado detrás de los barrotes, como se encierra a las fieras.
–¡Oh!–dijo la pequeña señora de Soïnoff, asombrada– ¿por qué habéis pensado
semejante cosa?
La marquesa Faustine hizo caer con la punta de la uña la ceniza a medio quebrar
de un cigarrillo rosa.
–¿Por qué?– dijo – porque tal vez sería muy divertido cenar con un león en la
jaula de los hombres.
Traducción de
José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes |