MARTHE CARO

La he vuelto a ver, la otra noche, en los Bouffes, sola, en un palco en primera fila. Jamás ha estado tan deseable; la blancura de su piel, la risa sangrante de sus labios, estallaban entre los encajes del sombrero y el tul negro del velo. Ante el candor de su belleza, me invadió la cólera, pues esta mujer, Marthe Caro, a causa de esa especie de virtud que posee, es el más impenetrablemente misterioso y el más perfectamente atroz de los monstruos parisinos; y aquellos que la han observado de cerca – ¡pero que nadie ha logrado comprender! – se preguntan con espanto que lento y refinado suplico, en un infierno especial, bastaría para hacerle expiar el crimen de su execrable impecabilidad.

Cuando debutó, hace siete años, en una opereta en los Folies-Marigny, el montón de taciturnos vividores que incluso se asquean por el eterno retorno de los tontos placeres de siempre – ¿cree usted que ríen? no, bostezan, – fue espabilado, enfebrecido, iluminado; se hubiese dicho que ella les había arrojado a los ojos y en la boca un puñado de polvo rojo. Bella, sin duda, pero apenas se la hubiese mirado si sólo fuese bella. A los veinte años, desarrollada como a los treinta, con la crudeza de su gran boca donde reían unos dientes de loba alegre, y sus ojos color café, con los párpados un poco plegados, – ojos culpables que se recuerdan y desean, – con la nieve cálida de su piel tan llena y tan viva que parecía más desnuda, con su voz ronca y áspera, que rasgaba los sentidos como un rallador – arrullos roncos de una paloma enamorada, – con sus contoneos de barriobajera y un modo canallesco de de golpearse los muslos de modo que sonase la carne, Marthe Caro, lanzando palabras atrevidas sin recato, sin reticencia de tono ni de mirada, y, a la vez, inclinada encima de la tarima, ofreciendo al completo un movimiento de «¡Aquí estoy!», despertaba la modorra de los imbéciles por el regusto entonces menos banal del cinismo en la perversidad. Bastaron unas semanas para ser una celebridad, casi rica, lanzada a toda velocidad; y las mujerzuelas más renombradas envidiaron su palacete, sus coches, sus trajes y sus amantes.
¿Sus amantes? No ¡Ella no tenía amantes! Eso es absurdo, increíble, inaudito, pero es cierto: no era la amante de nadie. Y sin duda, en su salón, o en su camerino, o en los reservados de los restaurantes nocturnos, se dejaba ver más de cerca todavía, exageradamente descamisada, permitiendo, a quién quisiese, tomar sus manos, sus brazos o besar sus hombros o su nuca; pero aún dejándose ir, nunca se entregaba. Complacencia de puta y brusco rechazo de virgen. «¡Tómame!... No me tendrás.» ¿Por qué? No se sabía. No daba explicaciones. «Usted me aburre», o: «¡Ah!, sí, de acuerdo!» o: «¡Déjeme en paz!»; nada más. Tras cenar, fuese quién fuese quien la condujese a su domicilio podía subir. Ella se apresuraba a quitarse el sombrero, desabrochaba su vestido, liberaba sus cabellos, sin defenderse de un abrazo; luego, de súbito, huía a su habitación y gritaba a través de la puerta bien cerrada: «¡Buenas noches!, estará usted cómodo en el canapé.» Suplicas, cóleras; algunas porcelanas japonesas se rompían en pedazos bajo la ira de un puño cerrado. Marthe Caro no respondía, – ni siquiera con un estallido de risas – no tomaba parte en el estrépito. Pronto, el hombre burlado podía, aplicando el oído a la puerta, oír el ruido monótono y ligero de una respiración dormida.
Creer en la astucia de esta artera, en el pudor de esta impúdica, ¡Vamos, hombre! Por rencor de algunas humillaciones sufridas en el pasado, o, sencillamente, por orgullo de pueblerina, tal vez Marthe Caro se complaciese en mofarse de esos ricos, de esos nobles que, habiéndole pagado, exigían que fuese suya; ella les «robaba», por orgullo o por venganza. Pero, con toda seguridad, lo que no quería vender lo daría algún día a cambio de nada a un pobre diablo, en la apasionada espontaneidad de algún capricho impulsivo.
En los Folies-Marigny trabajaba un actor pálido y moreno, de porte hercúleo, que la abrazaba en los pasillos, estrechándola con fuerza. ¡Un mozarrón con buenos bíceps! Ella no lo rechazaba. Una vez él le propuso ir a pasar el día al bosque de Fontainebleau; ella dijo: «Me apetece.» Julio, incluso en lo más profundo del bosque, calentaba las hierbas y las hojas y cocinaba la tierra de donde emanaban aromas de sabias vaporizadas. La pareja acalorada y jadeante caminaba entre los árboles en el ardor seco del aire; él le daba el brazo; ella se inclinaba hacia él con la camisa abierta, pesada, con el rostro y el pecho mojados de un sudor que olía bien. ¡Él la tomó entre sus brazos y quiso poseerla! Ella se desasió, brincó, corrió, se volvió, y, sacando un pequeño revólver del bolsillo de su falda dijo: «¡Si me tocas te reviento la cabeza!» No hubo más que decir. Regresaron a París, él silencioso. En el vagón, ella preguntaba: «¿Qué te ocurre? ¿ya no me abrazas?» Ella se acurrucaba contra él. Sin el revólver él le hubiese destrozado los riñones.
Cuando se supo esta aventura, – no fue Marthe Caro quien la contó: ella no se vanagloriaba nunca de sus resistencias, no le gustaba que se háblese de ello; se hubiese dicho que tenía vergüenza; a menudo decía, con una risilla que eran historias para dormir de pie, que ella no era tan «Juana de Arco» como se decía; – cuando la aventura fue conocida en los bastidores de los Folies-Marigny, la joven dio lugar a las más osadas sospechas. ¡Qué diablos! Al fin y al cabo no era tan natural actuar de ese modo, sin motivo; tenía que haber una «razón». Una sirvienta de los actores, recordó la historia de una figurante del Chatelet a la que le había sido concedido el premio Montyon por su buena conducta, y que se gastó el dinero, en reservados particulares, con una jovencita del Conservatorio a la que iba a recoger, todas las noches, a la calle del Barrio Pescadero. ¡Una mujer! ¡todo era posible! Pero no, no se le conocía a Marthe ninguna camaradería intima, demasiado tierna que infundiese sospechas. Menos caritativas aún, otras buenas amigas insinuaron en voz baja que las más hermosas mujeres no son perfectas; Caro-la-Virtud debía tener algún defecto, alguna deformidad. Aunque una noche, en el momento en el que se cambiaba de vestido, oyó un ruido de pasos agrupados, de cuchicheos detrás de la puerta de su camerino. Comprendió: la estaban espiando, la miraban por el agujero de la cerradura. Se lanzó, con su vestido y camisa por los suelos, con la puerta abierta, hacia los hombres y mujeres que allí estaban gritando, desnuda y soberbia en su esplendor de estatua viva: «¿Qué pasa? ¿Es que estoy coja o soy jorobada, atajo de imbéciles?» Las buenas compañeras no se dieron por vencidas. Otra sospecha las asaltó. Todas las deformidades no son fácilmente visibles; en ocasiones hay, – o eso se cuenta – íntimas y secretas cortapisas para el amor. Una de las actrices. – quizás conocedora de la novela de Richard Lesclide, titulada: La Mujer imposible, – preguntó sin disimulo, con los puños en las caderas y los puntos sobre las i, al médico del teatro, que había tratado a Marthe Caro en una de esas delicadas enfermedades en las que ningún misterio, ninguna reserva está permitida a la enferma. El doctor estalló a reír en las narices de la indiscreta, y respondió: «¡Venga ya!» muy seguro de sí.

II

Tal vez cansada de estar deseada por bajos instintos, quería no pertenecer más que a aquél que la amase de verdad. Fue amada, perdidamente. Frágil y guapo, la tez pálida, cabellos de oro suave, Marcel Berchoux llegaba de su provincia con toda la poesía en su espíritu, todas las ternuras en su corazón. Yo conocí a ese muchacho en Toulouse, en casa de su tío – un amigo de mi padre. ¿Dónde vio por primera vez a Marthe Caro? Nunca lo he sabido. En el teatro, sin duda. Debieron ser espantosas para él, tan joven y tan puro, las cínicas impudicias de la comediante: no, la amó repentinamente, con todo su ser, sin reservas; y es una historia tremenda la que yo conocí demasiado tarde ya.
Durante tres meses, todos los día, él iba a su casa. Ella lo había acogido sin dificultad, él no tenía más que llamar, entrar, saludar balbuceando; ¿acaso ella no recibía a todo el mundo? Él quedó extasiado al principio. ¡Cómo! ¿No se burlaba del pobrecillo? Ella quería que estuviese allí horas enteras, viéndola ir y venir, sentarse, levantarse, oyéndola hablar y reír, aspirando las fragancias que flotaban en el aire producto del movimiento de la falda y de las mangas. Él le hacía repetir papeles, tocaba en el piano las canciones que ella debía cantar por la noche; ella decía: «Gracias, es usted muy amable,» y en ocasiones: «Eres muy amable» pues lo había tuteado enseguida. Indulgente, ella no se enfadó en absoluto cuando él le confesó su amor. ¿Acaso no era lógico? ¡A los dieciocho años ya se es un hombre! Y ella quería dejarse amar. Cada día que pasaba ella se volvía más familiar, más zalamera. Cuando él llegaba temprano, ella gritaba desde su cuarto: «¡Puedes entrar, Marcel!» Estaba en su cama, de donde se desprendía un aire cálido y lentos ruidos de sedas rozadas, cuando le tendía las manos. «Siéntate a mi lado, charlemos, ven. ¡Ven sin miedo! Oh! ¡cobardica! ¡Vas a ver lo que es una muchachita disfrazada!» Ella le echaba los brazos alrededor del cuello, lo atraía hacia sí, le hablaba muy cerca de la boca. Un día, él se arrojó hacia ella repentinamente, completamente fuera de sí, depositando en los cabellos la ardiente llama de los primeros besos! Ella saltó de la cama, agarró a Marcel por los hombros y lo echó fuera de la habitación. Pero el regresó al día siguiente; ella no le abrió la puerta, comenzando en ese instante la abominable agonía de Marcel; pues conoció al mismo tiempo el desenfrenado deseo y la absoluta desesperación. ¡Nunca! ¡ella nunca quiso ser suya! Con ruegos que hubiesen hecho descender del cielo a los mismísimos ángeles enternecidos, él la adoraba, la conjuraba, retorciéndose las manos, arrodillándose cuando estaba sentada, arrastrándose hacia ella cuando se alejaba; ¡ella no quería! «¡Pobrecito!» decía. Para consolarlo, le hacía sentarse sobre sus rodillas, le besaba los cabellos. «Vamos, pon tu cabeza sobre mi hombro. Se está bien así, ¿verdad?» Ella era completamente solícita, levantaba sus mangas para que él pudiese sentir sobre su cuello la caricia de la piel desnuda. ¡Pero no quería! se escapaba violentamente, encerrándose y gritando: «¡No! ¡no! ¡nunca! ¿lo entiendes?» ¡nunca!» El reaccionaba furiosamente, se arrojaba contra la puerta, trataba de echarla abajo, vociferando coléricamente: «¡Eres infame! ¡me estás matando! ¿Por qué me besas para luego irte? ¡Despiertas mi deseo, me vuelves loco, eres infame!» Ella entreabría la puerta. ¡Ah! bien, ¿era así como recompensaba su amabilidad con él? Iba a prometer ahora mismo estar sereno, muy sereno, o en caso contrario prohibiría a Margarita que no lo dejase entrar. Bajo esa amenaza toda su ira se desmoronaba. Se humillaba, pedía perdón. Sí ¡sereno! ¡se lo prometía! ¡cumpliría su palabra! Una vez apaciguado, ella regresaba, se tumbaba en el canapé y le decía: «Acércate, anda,» y, tras haberle cerrado los dos párpados con sendos besos, hundía la cabeza del pobre muchacho entre los encajes cálidos del camisón, y, con un lento movimiento del busto, lo mecía canturreando: «Duérmete mi niño, pronto dormirás.»
¡Marcel Berchoux soportó este infernal suplicio tres o cuatro horas al día durante más de sesenta días! Finalmente sucumbió: fue presa de unas malas fiebres. Me avisaron. Fue entonces solamente como, por las confesiones en pleno delirio, conocí el crimen de Marthe Caro. ¡Pero él no la maldecía! la amaba, la llamaba con estremecimientos y lágrimas; nunca en mi vida observé la manifestación de una pasión hasta tal punto furiosa y absorbente. La enfermedad se agravó. Tres semanas entre la vida y la muerte. La madre de Marcel corrió presta a París, lloraba, casi moribunda también, mientras él gritaba: «¡Marhe! ¡Marthe!» Finalmente se produjo una mejoría. Estaba salvado y su madre se lo llevó apenas convaleciente.

Yo pensaba en esta sombría aventura descendiendo por las escaleras del teatro donde acababa de volver a ver a Marthe Caro. Pasó cerca de mí entre la muchedumbre: observé que estaba de luto. ¿De luto? No había conocido ni a su padre ni a su madre, no tenía ningún pariente. Adivinando sin duda mi sorpresa, me dijo en voz baja:
– He perdido a mi marido.
¡Su marido! ¿había estado casada? ¡ella! Ahora se explicaba todo. En realidad no había ningún misterio en la vida de esta mujer: un cálculo abyecto y banal. Marthe Caro no se había ofrecido a nadie y rechazando a todos nada más que para encontrar finalmente, entre cien víctimas enloquecidas, la víctima perfecta.
Habíamos llegado al paso de Choiseul, ella se detuvo y me dijo:
– Hace ocho meses que mi marido ha fallecido.
–¿Con quién ha estado usted casada? – pregunté con bastante brusquedad.
–¿No lo adivina? Con Marcel Berchoux.
Esta doble noticia, – el matrimonio y la muerte de Marcel, – me confundió. Sin embargo un poco de dulzura se mezcló con la amargura de mi tristeza. Él ya no era el pobre muchacho; al menos, antes de morir, había conocido la dicha de su sueño realizado.
–¿De qué murió? – pregunté.
–¿Sabía usted que había estado enfermo antes?
–Sí.
–La misma enfermedad se lo llevó. Dos meses después de nuestra boda.
–¡La misma enfermedad! – exclamé yo con un escalofrío. ¿Y por la misma razón quizás?
Ella bajó la cabeza.
–¡Ah! ¡miserable criatura! ¿Cómo es posible? Usted era su esposa, podía darle la felicidad, conservarle la vida...
–¡Oh! ¡no me acuse! – dijo ella con los ojos llenos de lágrimas.— Le juro a usted que lo amaba con todas mis fuerzas, que, para evitarle cualquier mal, ¡hubiese consentido sacrificarme en todo! Pero ¿por qué – añadió llevando su pañuelo a la boca a fin de sofocar el sollozo que le hinchaba el cuello – por qué siempre pedía la única cosa que no era posible?

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes