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NARCISO
DANGERVILLE
¡Quiero
vengarte, triste mujer, gran alma artística, gran corazón de madre, criatura
infame no obstante! Quiero vengarte aún en contra de tu voluntad. Desde la
confidencia que me has hecho, una noche en la que tu alma ahíta confesaba su
desesperación de igual modo que un borracho vomita, desde esa confidencia, – que
tú bien hubieses querido, en tu misericordia, tragarte – abusaré traidoramente
para execrar y despreciar, si puedo, a aquél por quien tu sangras con más
heridas que las que muestran a los devotos las vírgenes maternales de los
misales ¡Ah! ¡pobre anciana, pobre anciana!
I
Desde luego es
guapo. Delgado y altivo, esbelto y frágil, más esbelto y más endeble que un
canario, tan joven que podría parecerse a un niño si no tuviese el aspecto de
una mujer, se eleva con la fatuidad de un tallo de lis y la ligera rigidez de
una daga de acero. Encantador, atroz tal vez, da la impresión de un cuchillo
nuevo que reluce y corta bien. Bajo esos negros cabellos espesos, en bucles
cortos, casi sin frente; ¿de qué le serviría pensar? Y, en su cara pálida con
esa palidez que deja el maquillaje al retirarse, su nariz fina y dura se curva,
sus hermosos ojos azules, entre los párpados abiertos, desnudos y en absoluto
pensando en algo, sus dos labios rojos, demasiado delgados, tienen el aspecto de
una odiosa herida. Además, bien parecido, incluso tiempo atrás, bajo unos
andrajos prestados, bajo un traje comprado en algún almacén de confección de los
barrios periféricos, jamás ninguna persona ha visto ninguna mota de polvo en su
codo ni en su rodilla, como si unos Arieles viniesen por las noches a cepillar
su chaleco y su pantalón; y jamás, en los momentos de la más sombría miseria,
¡ha dejado de lucir ropa blanca! pues nunca ha tenido necesidad de decir nada
para ablandar a su camisero y convencer a su lavandera.
Siendo bebé, todavía chillando, alguien lo encontró una noche bajo el portal de
un garaje. ¿Quién lo había dejado allí? Una madre que por allí pasó. No fue
llevado a la comisaría de policía porque había un baile en la casa, y la portera
y los criados estaban ocupados mirando apearse de los coches los satenes y los
encajes de las invitadas. Pasó la noche bajo la escalera, hambriento y
berreando; se le hizo una especie de cuna con un macetero todavía lleno de
tierra que allí se encontraba, reliquia del mobiliario de un inquilino
insolvente que fuera expulsado. Al día siguiente, la nodriza del primero le dio
su leche, por instinto de robar al hijo de su amo. Una cocinera, que había
llegado de Normandía seis meses antes, y que la comadrona de una calle vecina,
celosa, acusaba de haberse hecho abortar siguiendo los consejos del herborista,
le tomó afecto; adoraba a los niños, quizás recordando al pequeño que no había
nacido. Creció en el sexto piso, en el cuartucho de las criadas, por donde
circulan mañana y noche pasos sordos de hombres desconocidos, durmiendo tanto en
una buhardilla como en otra, bajo sábanas en las que la muchacha que le daba
hospitalidad estaba raramente sola, comía sobras de la cocina, se vestía con
prendas robadas a los bebés ricos de la casa, supo, leyendo en las novelas de
Xavir de Montépin, que una criada de una cortesana iba por la noche a su
habitación, hacía las compras, iba a buscar coches, recibía propinas, se hizo
útil al portero, ayudó a robar madera y vino, robó a los ladrones, y, no
teniendo más que nueve años, guapo y blanco como una muchachita, fue empujado
más de una vez detrás de una puerta y besado en el cuello por jóvenes criadas
depravadas e inocentes que habían intuido las palabras groseras en una cena de
muchachos o en la entrada sin llamar en el salón donde la Señora con el corsé
desanudado reía bajo el bigote de un amigo del Señor.
Con la boca llena de palabras soeces, escuchadas y retenidas, luego
comprendidas, con el espíritu y el corazón mancillado, – viciado antes de ser
vicioso, – conoció todas las bajezas y todas las apetencias de las domesticidad;
y añadiendo a todo eso no sé que rabia ingrata, no sé que instinto de revancha,
única herencia de una madre miserable o de un padre desesperado.
Siempre muy guapo, una actriz, que tenía un victoria, le tomó por botones. Su
librea resaltó su belleza. Erguido sobre la punta de los pies, miraba en el
espejo del salón los botones de cobre de su pequeña vestimenta azul, a menos que
no tuviese el ojo en la cerradura de la habitación donde la actriz tomaba sus
baños. Una mañana, abriendo bruscamente la puerta sin haber puesto su albornoz,
ella lo sorprendió y se hartó de reír; pero fue menos clemente el día en el que
lo vio meter la mano en el cofre de sándalo lleno de joyas nuevas y de antiguos
agradecimientos. Despedido, fue durante tres años el crio vagabundo que va donde
van los camaradas, dormía en las casas demolidas, robaba zapatos en los
escaparates, vagaba por los alrededores festivos, sirviendo de señuelo a los
jugadores de juegos prohibidos. Pero siempre su blusa bien ceñida a la cintura
con un cinto de cuero tenía el aspecto de una camisa nueva, y nunca dejó,
incluso a riesgo de no almorzar, de aplicarse por la mañana la gomina en los
cabellos. Más tarde, habiendo crecido, se lío con los merodeadores nocturnos del
bulevar de Clichy, que le daban dos céntimos cada vez que él los advertía de la
llegada de un guardia municipal mediante contraseñas delante del teatro de los
Batignolles, donde conoció un primer trabajo cepillando los trajes y peinando
pelucas, figuró en el Reina Margot, se sintió lleno de ambición, encontró cien
francos en el palco de la ingenua que era la madre del director, se escapó, no
reapareció más por los Batignolles, prefirió Montmartre a causa de la Boule-Noire,
luego, de aventura en aventura, y cada vez más guapo, – alimentado, viviendo de
alquiler, vestido por una prostituta de la calle Neuve des Martyrs que le habría
lamido sus zapatos antes que dejarle allí una mancha de barro,– se convirtió en
el encargado de accesorios en el teatro de la Torre de Auvernia, oyó repetir
Britannicus y Fedro, estudió él mismo papeles trágicos, toda la velada, dando
los cien pasos por un salón mientras que la prostituta iba y venía por el otro,
– Hipólito al mismo tiempo que Polito, – y acabó por dar la réplica, una mañana,
en el cuarto acto de los Hijos de Eduardo a los alumnos del Sr. Martel. Fue esa
misma mañana cuando la anciana Adela Feluriot vio por primera vez a Narciso
Dangerville, – un apellido cuya mitad había tomado de la mitología del
Tintamarre y y la otra en un antiguo melodrama, del mismo modo que mezclaba
antes los cigarros bajo las mesas de los cafés.
II
Ella había sido
ilustre y bella, ¡admirada y adorada! Era Adela Fleuriot, quien, durante treinta
y cinco años, había prestado las poderosas vibraciones de su voz y el encanto
ardiente de su belleza a las jóvenes mujeres enamoradas de las tragedias y el
drama. Sustituyó a Georges e igualó a Dorval. Salía de ella una pasión que
envolvía, atenazaba, dominaba, domaba a las multitudes; y, como esta pasión no
era de aquellas que las señoritas con porvenir aprenden en el Conservatorio y
que las elegantes socias de la Comedia Francesa cuelgan, por la noche, tras la
representación, en el armario de los trajes, con el peplum azul de las grandes
reinas griegas o el vestido de brocado blanco de las esposas españolas; como
ella estaba devorada en efecto por llamas con las que os incendiaba, se volcó
también perdidamente en la vida como en el teatro, en todos los lujos y en todos
los amores, en todas las alegrías y en todos los dolores.
Aceptando a quien la quería, prefiriendo a quien la adoraba, amante de diez
banqueros millonarios y de veinte estudiantes pobres, siempre enriquecida y
siempre arruinada, fue, durante treinta y cinco años, – ¡ni un cabello gris!,
¡ni una sonrisa deformada en arruga! – la desenfrenada y magnifica enamorada,
prodiga de si misma, insaciable de entrega; y París, extasiado con la comediante
y estupefacto con la mujer, perdonaba a Adela Fleuriot, admiraba casi en ella
los transportes de la lujuria, idealizados por su bagaje artístico.
Pero, de súbito, – con la brusquedad de un cambio de opinión - llegó la vejez y
la fealdad. Esa belleza se desvaneció, esa gloria se hundió. No hubo crepúsculo:
la noche llego de pronto. La opulencia de su gracia y su blancura de nieve
cálida se deshicieron en una obesidad blanda e irritante, donde los brazos se
abandonan, pesados, donde el pecho se cae, donde el labio pende como un trozo de
carne pálida, donde los ojos, gruesos, gotean bajo los pesados parpados que no
se levantan hinchados de grasa. Y con la fealdad, la pobreza. De las
representaciones a beneficio que no pagan las deudas. Los muebles vendidos; un
apartamento en un quinto, sobre un patio. Luego, el olvido casi. «¿Adela
Fleuriot? ¡Ah! sí; ¡parece que tuvo mucho talento y que era muy bella!» Y, como
nadie escapa a las leyes fatales, iba a buscar alimento para su gato esa mañana
al mercado de los Batignolles, en bata de lana sin corsé, completamente
colgando, y llevando en su brazo, por continencia, un capacho de tapicería,
donde había un fular amarillo manchado de viejos lamparones y un sucio juego de
cartas que había comprado de saldo en una cervecería.
¡Pero ni la artista ni la apasionada habían muerto en ella! Viendo tan joven y
tan guapo a Narciso, y escuchándole recitar los versos con voz clara y fina,
sintió todo su viejo ser estremecerse, y se levantó, la cortina cayó, y corrió
sobre la escena, y saltó al cuello del chico, y se lo llevó como una loca.
III
¡Sería un gran
actor! Así lo había decidido ella. Lo había instalado en su cuchitril, lo
obligaba a leer, a trabajar. Él era guapo, tenía una hermosa voz, ¿qué le
faltaba? la pasión y el arte; ella le comunicaría la una y le enseñaría el otro.
Narciso, asombrado al principio, pero comprendiendo la utilidad de esas
lecciones, se dejó hacer, con un aire de aburrimiento sin embargo, sin una
palabra de agradecimiento, mirándola alguna vez con aspecto duro. Ella no se
preocupaba por eso. Había que aceptarlo como era; si se mostraba un poco frío no
era culpa suya: era su naturaleza; en el fondo debía ser bueno. Y además ¿que
importaba que tuviese o no gratitud? Una furiosa necesidad de sacrificio la
había tomado, la poseía como nunca. Ella era una profesora con abnegaciones de
madre; todo el día; – y, a veces, bien antes de anochecer, – le daba, con una
paciencia apasionada, su saber, su alma, su genio, como una nodriza da su leche.
¡Ah! ella triunfaría! ¡haría de él un artista soberbio y glorioso! Es cierto que
esperando, – en el piso no había más que una cama – lo había hecho su amante.
Ese donaire y esa fealdad, ese chico de veinte años y esa sexagenaria, juntos,
era algo odioso. Ella era inmunda por haberlo querido, abyecta por haberlo
tomado; él se había dejado hacer, todavía, tranquilo, con aire fatuo.
Acoplamiento monstruoso. ¡Pero y qué! ¿Acaso todos los corazones son viejos en
los pechos ancianos? Sí, ella tenía sesenta y un años, y sus cabellos eran
grises, y había roto el espejo de su baño para no ver sus arrugas; ¡pero amaba,
adoraba! Ella era así. No podía evitarlo. ¿Dónde estaba el mal? Eso impedía a
Narciso a correr hacia las malas muchachas. Y no tenía quejas. Menos joven, se
pueden dar caricias más sabias, más desinteresadas. Luego, finalmente, él estaba
en ella, en ella sola, nadie tenia nada que decir, y ella podía bien pedirle un
poco de alegría a cambio de tanta devoción.
Pero a él no le bastaba que lo instruyese y que lo amase; era indispensable
hacerlo feliz esperando que fuese ilustre: no se trabaja bien cuando uno se
aburre. Como era un gourmet, como era presumido, –¡cosa natural a su edad! –
había que darle bien de cenar, comprarle bonitos trajes. Tampoco podía renunciar
a tener dinero en el bolsillo. Por desgracia ella no tenía dinero. Los cajones
vacíos, nada en los armarios. Pidió prestado, mendigó. Salía por las mañanas,
deambulaba por la ciudad, iba a casa de los directores de antaño, a casa de los
amantes de tiempos pasados, esperaba en las antesalas donde su traje manchado de
barro asombraba de tal modo a los criados, que con mucha frecuencia no era
recibida; algunas veces obtenía cien francos, o un luis, o una moneda de cien
céntimos, regresaba de prisa, sofocada, rota, arrastrando por el fango sus
botines gastados, no tomaba el ómnibus porque con seis céntimos podría comprar
algo más, alguna exquisitez que gustaría a Narciso; regresaba, ponía la mesa,
iba a despertar al joven, y le dirigía una vieja risa diciendo: «Te he traído
dos codornices, es un poco caro, ¡pero puesto que a ti te gustan!» Al mismo
tiempo le mostraba una bonita corbata rosa que había encontrado en su camino, en
una tienda de saldos. Generalmente él no encontraba la corbata a su gusto. En la
mesa, – «estas codornices no son frescas », decía, – ella no comía, aunque
muriese de hambre; pensando en la comida de la noche. Y, jamás, durante cuatro
años, él le dijo: «¡gracias!» Un «no está mal» raramente. Él lo aceptaba, como
juzgando que ella estaba obligada a ofrecer. Algunas veces incluso era feroz.
Cuando quería salir y cuando necesitaba dinero para ir con compañeros y ella
había regresado sin un centavo, él le hablaba duramente, la injuriaba. «¿Por qué
había venido a buscarlo? ¡Ah! él se pasaba por el forro sus consejos y
lecciones. ¡Probablemente habría encontrado otro profesor con el talento que él
tenía! Además, esas lecciones las pagaba bastante caras, ¿no? dejándose besar
por ella. ¿Acaso se creía apetitosa?» Una vez él la golpeó porque ella había
dudado en darle su ultimo traje que él quería empeñar en el monte de piedad.
Pero no se quejaba; sonreía incluso golpeada: «Él tenía razón, hay que
divertirse cuando se es joven;» y no lloraba nunca, más que cuando él no estaba
allí. ¡Cuatro años de absoluto sacrificio, de abnegación perfecta y sublime! Una
noche que ella le había dado cinco francos para ir a cenar al restaurante, –
cinco francos robados tal vez, – alguien la encontró sobre el bulevar
Rochechouart, en harapos, enclenque, flaca, pues había adelgazado; caminaba en
zigzag, con aspecto de estar ebria, se detenía a veces ante uno de los pequeños
árboles. El que la había encontrado se aproximó y la observó: ¡arrancaba la
corteza del árbol y se la comía!
IV
Contándome esta
abominable historia, Adela Fleuriot sollozaba. Yo le pregunté:
–¿Y ahora?
–¡Ahora es famoso! – dijo levantando alegremente la frente. Ha debutado en la
Comedia Francesa hace dos años, ¿lo recuerda usted? ¡Qué éxito! Se decía: Es
Talma joven. Mi alegría... no, usted no se lo puede imaginar. Cuando fue llamado
a escena por tercera vez, me ha parecido que iba a morirme de felicidad. Yo
reía, lloraba, estaba loca. ¡Ah! tuve un poco de miedo también, porque, esa
noche no pude besarlo. Él estaba en su camerino con una mujer; no podía dejarme
entrar. Luego, después se ha portado mal conmigo aún; jamás quiso recibirme en
el apartamento que había alquilado. Solamente viene a mi casa, alguna vez,
cuando tiene necesidad de dinero.
–¿Necesidad de dinero?
–¡Eh! sí. Todo no es de color de rosa en los comienzos, incluso cuando se tiene
éxito. ¡Los teatros pagan tan poco al principio! En fin él está a menudo
apurado. Entonces se dirige a mí, naturalmente, y yo hago lo que puedo. Esos
días estoy muy contenta. Pero es sobre todo cuando hace galas por provincias
cuando se encuentra con problemas, de vez en cuando. Fíjese, en este momento
está de vacaciones. Da unas representaciones en Burdeos. ¡Oh, tiene mucho éxito!
pero la temporada es mala; se ha visto obligado a escribirme que no leerá más
aquellas de mis cartas en las que no haya dinero en su interior.
Yo tuve un escalofrío.
–Le aseguro que eso me da mucha pena, pues, mire usted, en las cartas que yo le
envío, pongo todo mi cariño, toda mi vida; y lo que le escribo lo haría pensar
en mi con un poco de piedad y de dulzura. Felizmente he encontrado un medio
cuando no tengo un billete de banco que meter bajo el sobre, yo cargo igualmente
la carta, y, de este modo, comprende usted, él se ve obligado a abrirla.
– Pero tal vez no la lea.
–¡Oh! sí – respondió ella con una sonrisa en la que había gratitud; – cuando se
ha tomado la molestia de abrirla, la lee, porque en el fondo es bueno.
Traducción de
José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes |