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EL PEDIGÜEÑO
Voy a hablarle
de un pobre hombre siniestro y divertido a la vez. ¿Su nombre? poco importa.
Usted lo reconocerá.
Ese miserable despliega más actividad, ingenio y paciencia para conseguir
almorzar dos o tres veces por semana y dar bandazos una de cada tres noches, que
la que necesitaría un hombre honrado para obtener el más dulce confort. Picar
piedras en las carreteras o descargar barro de los muelles, son amables y
lucrativas tareas comparadas con la suya; ¿y por qué se dedica a ella? por amor
a la holgazanería. Trabaja más que ningún ser vivo precisamente para no hacer
nada.
Este hombre es el Pedigüeño.
Entienda usted bien que yo no estoy hablando del buen y decente muchacho,
estudiante o artista, con pajaritos en la cabeza, que un día pide prestado un
luís, uno se lo presta al día siguiente, y a continuación no nos atrevemos a
reclamárselo con la misma diligencia que se lo hemos entregado. Pequeñeces,
despistes; usted sonríe y todo está dicho.
El hombre en cuestión no es ni joven ni despistado; es un espíritu metódico,
práctico, regular, una especie de negociante; creería de buen grado que tiene
dos estilos; pedigüeño es su tarea y tiene por oficio la miseria.
Tiempo atrás trató vagamente de hacerse pasar por hombre de letras; se insinuaba
en los despachos de redacción, hablaba de una revista que iba a hacer
representar en los Folies-Marigny, mostraba de lejos algunas hojas garabateadas,
que podían ser el manuscrito de un artículo, y finalmente obtenía de la
indiferencia de unos y de la distracción de otros, el derecho a distribuir
puñetazos. En realidad, aunque la ausencia de todo talento y una perfecta
ignorancia de la ortografía le concediesen algún tipo de éxito, él no había
pensado nunca en escribir fuese lo que fuese. Ya sentía su auténtica vocación y
comenzaba a pedir prestado, a decir verdad un poco al azar, sin método, con las
típicas torpezas de debutante, para ir preparándose una clientela más que para
su inmediato provecho.
Ahora se ha convertido en un notable artista, seguro de sí mismo, no dejando
nada al azar ni a la inspiración; es un pedigüeño impecable.
Se despierta antes de que amanezca sobre el colchón de una casa amueblada o
sobre el hospitalario sofá de algún taller de pintor, salta de su lecho, sin
pereza, como un artesano puntual, y, pasando sus largas y delgadas piernas por
las perneras de un pantalón de algodón de invierno o de gruesa tela para el
verano, pieza indispensable de su uniforme de trabajo, prepara el plan de su
jornada.
Como tiene la prudente costumbre de anotar el nombre de sus víctimas unos días
antes sobre el reverso de un sobre vacío de papel de liar cigarrillos, puede
elegir, sin temor a una réplica, a las víctimas del día que comienza; tras
algunos minutos de reflexión, sale rápidamente, y, enjuto, delgado, en un
chaleco muy ceñido, no demasiado gastado – pues no es conveniente ser rechazado
por los criados, – con la cara amarilla, los brazos pegados al cuerpo, sin
volver nunca la cabeza, no mirando ni a izquierda ni a derecha más que por un
leve movimiento de los ojos, se lanza a través de París.
Los pedigüeños por lo común evitan trabajar por la mañana; pero él ha roto con
las vanas tradiciones, ha creado un arte nuevo.
Llama violentamente a la puerta de uno de sus «amigos». Una criada todavía sin
acicalar acude frotándose los ojos, y entonces, en voz muy alta, casi a gritos,
dice:
–¡Está en casa, muy bien! Un hombre ordenado. No se moleste, solo tengo una
palabra que decirle.
Empuja a la criada, atraviesa el salón con paso sonoro, entra en la habitación
tropezando con algunas sillas, no sin echar un vistazo a la mesilla de noche,
donde los últimos reflejos de la lámpara hacen brillar las monedas dispersas, y,
mientras el amigo espantado se dispone a incorporarse, él exclama con atronadora
voz:
–¡Hágame un favor! me bato en duelo esta mañana, dentro de una hora. ¡Oh!
tranquilícese, no le pido que sea mi testigo; sé que a usted le gusta dormir
hasta tarde. No, no, vuelva a dormirse. Se trata de una minucia: tres francos,
para el coche. De casualidad estoy sin un céntimo. Pero no se levante. Cojo los
tres francos de la mesilla de noche. Se los devolveré mañana, si no he muerto.
Adiós; no me tienda la mano, podría coger frío.
Y, visto y no visto, ya se ha ido, cerrando con estrépito las puertas. Aturdido,
espantado, no entendiendo nada, no comprendiendo, la víctima se ha dejado hacer,
y una hora después, levantándose, creerá tal vez haber sido presa de una
pesadilla.
Él vuelve de nuevo a las andadas. No es de aquellos a los que un primer éxito
mitigue el ardor; no, él cumple una función, la cumple sin descanso, consiga lo
que consiga, sin vanidad tras la victoria, sin desánimo después de la derrota.
A partir del mediodía, la tarea se hace más difícil; no pudiendo contar con el
aturdimiento del primer despertar, renuncia a las visitas, actúa al aire libre;
la calle es su campo de batalla.
Siendo consciente de que es muy conocido y temiendo ser evitado si se deja ver
de lejos, camina prudentemente en medio de la calzada, detrás de algún gran
camión, y desde allí, sin girar el cuello, va vigilando las dos aceras. En el
momento que entreve a una persona de la que sabe más o menos el nombre, se
precipita, se dirige de súbito ante el transeúnte reconocido. Ningún saludo,
nada de buenos días, con un aire de familiaridad brutal pregunta:
–¿Cuánto tengo en mi mano? – dice abriendo su palma llena de monedas de plata.
–Pero... no lo sé... siete, ocho francos, creo – responde el transeúnte
estupefacto.
– ¡No es así! nueve francos cincuenta, y me hacen falta diez para tomar el tren.
¡Présteme diez céntimos, rápido! Salgo a las dos y cincuenta y siete.
La estratagema de la mano llena, o, más generalmente, del dinero mostrado para
obtener más, es un bonito procedimiento; nuestro hombre lo ha variado hasta el
infinito. Ha vivido más de un año gracias a un billete de cincuenta francos que
le confió una portera, a la cual se lo devolvía fielmente cada noche. Provisto
del precioso papel, se acercaba a la primera persona que el azar le presentaba.
–¡Mire! ¡pero mire, caramba! ¿Qué tengo en la mano?
–Rayos, un billete de cincuenta francos.
–¡Eso es! Pues bien, ¡estoy en un buen aprieto! Tengo que enviar este billete a
mi tía que vive en Lyon, pero ¡no tengo fondos para sellar la carta! No quiero
mermar el total, ¿comprende usted?, ella no es rica, ¡mi pobre tía! Présteme
veinte centavos para el sello.
¡El ardid de rechazar un franco a un tan buen sobrino! Por desgracia, la portera
no pudo continuar haciendo el adelanto cotidiano; ella había prestado el billete
a uno de sus inquilinos, un pedigüeño más inocente que había olvidado
devolverlo. «¡Ruinoso oficio!» había exclamado el auténtico pedigüeño.
En el bulevar, a la hora llamada del absenta, raramente obtiene éxito, al estar
casi todos los asiduos de los cafés literarios al corriente de sus ingeniosas
estrategias. Sin embargo, no renuncia a tentativas casi siempre inútiles, pues
ni una hora se debe permanecer ocioso en una vida bien ordenada.
Es extraño ver al crepúsculo, corriendo con aire atareado a lo largo de las
mesas llenas, delgado, enjuto, directo, con el aire de una flecha que va recta
hacia el objetivo.
A pesar de la rapidez de su paso, analiza a los consumidores espantados, y en el
momento que detecta uno «nuevo», se detiene, gira en ángulo recto, salta hacia
la víctima elegida y le pide prestado... ¡dos centavos! sí, dos centavos, «para
comprar un periódico vespertino que no se encuentra en los cafés» o «para añadir
un centavo a otra que él ya tiene, lo que le permitirá tomar el omnibús» o «para
hacerse lustrar sus botas, porque cena esa noche en casa del director del teatro
de la Porte-Saint-Martin1 ».
Las noches de estrenos, practica una bonita industria. Toma posiciones en el
café más próximo al teatro y espera pacientemente bebiendo media taza de café.
Una vez acabado el primer acto, los espectadores vienen y van o se agrupan sobre
la acera; él los acecha y no tarde en hacer una seña a uno de los críticos que
conoce un poco.
–¿Eh? ¿Qué hay de nuevo?
–¡Oh! Que alegría que usted esté aquí. Figúrese que he tomado media taza de café
sin pensar que había dejado mi monedero sobre la cómoda al vestirme. Présteme
diez centavos, debiéndole una. Estos accidentes pueden ocurrirle a todo el
mundo.
Reiterada cinco o seis veces, esta pequeña comedia produce una suma apreciable.
Además, está probado, el pedigüeño sabe moderar sus ambiciones. El pide a menudo
y pide poco. ¿Por qué? ¿Porque está demasiado «quemado» para esperar el éxito en
operaciones importantes? tal vez, pero quizás también por principios, por
método, a consecuencia de un profundo conocimiento de los hombres, y persuadido
como todos los buenos comerciantes, que son los pequeños arroyos los que hacen
grandes ríos.
Sin embargo algunas veces, en ciertas circunstancias completamente favorables, y
sobre todo cuando se encuentra en un medio todavía sin explotar, el pedigüeño se
aventura a intentar negocios de mayor envergadura.
Un día, pasando ante un café de la calle del Sentier, observó a través del
cristal la figura de un hombre muy joven, dulce, de aspecto bondadoso, un poco
inocente incluso, una persona que llamó su atención.
Entró con aire humilde, desviando la mirada, casi furtivo, y se sentó muy cerca
del joven.
–¿Que desea el señor? – preguntó el camarero del café.
–Le pido disculpas, no quisiera tomar nada... perdóneme... solamente quisiera...
papel y tinta... para una carta...
Con aire compasivo, el camarero le trajo lo necesario para escribir, y,
entonces, con mano temblorosa, emitiendo profundos suspiros, frotándose los ojos
de vez en cuando con el reverso de la mano izquierda, el pedigüeño trazó estas
líneas:
«Mi querida, mi pobre madre,
«Todo ha acabado, ¡ya no queda esperanza alguna! He llamado a todas las puertas.
¡Dios sabe lo que me ha costado dirigirme a mis amigos! Pero era necesario
hacerlo por ti, para ti, a la que una propietaria desalmada ha expulsado de
nuestra miserable buhardilla, y que me esperas tiritando bajo el portal de un
garaje, casi en la calle.
«Por desgracia nuestro infortunio no ha conmovido a nadie. Y sin embargo, los
cien francos que pedía prestados –¡que mendigaba!– para poder entrar en nuestro
nuevo alojamiento y para comer pan durante algunos días, esos cien francos,
estoy seguro de haber podido devolverlos a principios del mes que viene, cuando
tú cobrases el trimestre de tu pensión. ¡No me han creído! ¡Me han dado con la
puerta en las narices!
«Pues bien, pobre y querida madre, lo siento, no podré soportar la vista de tu
indigencia y tu desesperación... Puesto que no soy bueno en nada, al menos me
ahorraré ese espectáculo terrible... ¡Adiós!... ¡adiós! Perdóname... Que Dios te
proteja... Cuando recibas esta carta... ya no seré más que un... »
Fue interrumpido por un grito de angustia.
–¡Oh! caballero, caballero, no acabe, no escriba eso – le dijo el joven.–
Discúlpeme. Estaba usted tan cerca. Me he fijado en usted a causa de ese aspecto
tan triste y he leído sin querer por encima de su hombro. ¿Necesita cien
francos? Escuche, yo no soy rico y no tengo dinero, pero soy empleado en casa
del Sr. Durantin, el fabricante de telas, en la calle del Sentier, a dos pasos
de aquí; puedo pedir que me hagan un adelanto sobre mi sueldo del próximo mes.
Tendrá usted los cien francos. ¿Pero esta usted seguro de poder devolvérmelos?
pues sin mi dinero moriría de hambre.
– ¡Ah! caballero – exclamó el monstruo sollozando de alegría – es usted mi
providencia, la providencia de mi anciana y venerable madre. ¡Desde luego que se
los devolveré! no somos muy pobres... un contratiempo momentáneo...
Un año más tarde, cuando inspeccionaba el bulevar Poissionnière, el pedigüeño se
volvió vivamente porque acababa de recibir un bastonazo sobre el hombro.
Reconoció sin emoción al joven empleado de la calle del Sentier a quien
naturalmente no había devuelto un céntimo; y en honor a la verdad hay que
reconocer que supo mantener una actitud verdaderamente estoica en tal
circunstancia.
Los reproches le caían en andanadas. Él sonreía.
Los golpes llovían. Seguía sonriendo.
Pero no se limitó a ser estoico, fue sublime. Habiéndose percatado de que su
chaleco había quedado un poco deteriorado por el bastón del joven, le pidió
prestados cuarenta centavos para hacer zurcir la prenda.
1. El Teatro de la Porte-Saint-Martin es una sala
de espectáculos situada en el número 16 del bulevar Saint-Martin en el X
distrito de París. (N. del T.)
Traducción de
José M. Ramos
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