LA PEQUEÑA THOMASSON

I

Era la cena número cien en el restaurante Brébant, en el gran comedor tapizado de negro y oro, donde los brazos colgantes de los candelabros y los apliques, semejantes a racimos de agua congelada que brillaba, tintineaban entre las idas y venidas de los camareros con un ruido de sombreros chinos de cristal. Estrépito de tenedores y risas, palabras confusas y de elevado timbre, seguidas de entrechocar de vasos, y, aquí y allá, charlas en voz baja mientras los codos de la tela se entretienen en rozar los codos desnudos. Pues, bajo el claro temblor de las velas, alrededor del luminoso mantel, arreglado con ramos y arabescos, y repleto de porcelanas y fulgurante de platerías, se encontraba allí, en traje negro, con una gardenia en el ojal, todo el espíritu del París periodístico, y vestidos como en escena, faldas cortas y corsés bajos, satenes, sedas, flores y encajes, toda la belleza de la farándula parisina. A decir verdad, las hermosas muchachas cumplían concienzudamente su función, que no era otra cosa que mostrar a los ojos maravillados la cálida nieve viva de los brazos y los hombros, y el rosa carnoso de las bocas rojas. ¡Los hombres de ingenio eran idiotas! Toda inepta broma de las más antiguas antologías, las banales metáforas del argot de bulevar y los retruécanos, veinte años atrás vulgarizaos por los refranes de los café-concert, se mezclaban en el baturrillo de los apóstrofes y las respuestas. Tomad cincuenta hombres perfectamente inteligentes, ponedlos juntos en una fiesta: apostaría lo que fuese a que obtendríais una cincuentena de imbéciles. ¿Por qué? Misterio. Tal vez la convención tácita de estar todos «divirtiéndose» anule la originalidad de cada uno; tal vez la presencia de rivales que observan, haga germinar en ellos la franqueza de los impulsos y las agudezas. Pero, esa noche, a falta de talento, la alegría campaba por sus fueros, ruidosa; y, puesto que los vinos eran buenos y las mujeres bonitas, puesto que el vapor de los platos se mezclaba con olores de terciopelo y piel, había en el corazón y en los ojos de los comensales ese alegre humor que proporcionan el buen yantar y la hermosa carne.
Bruscamente, Rose Mousson sollozó en su plato completamente lleno de cangrejos a la bordelesa, porque su amante, un tenor de los Folies-Parisinos, había hecho, agachándose bajo la mesa para recoger su servilleta, que la gruesa Constance Chaput emitiese un grito. El incidente pasó inadvertido gracias a la pequeña Thomasson que cenaba, esa noche, con personas importantes a causa de su éxito en la obra festejada. Tomó a Rose Mousson por el brazo, la llevó consigo hacia una ventana, y allí, tras las cortinas de cretona rosácea, que dejaba traspasar la luz del comedor, se dispuso a consolarla y a aconsejarla.
–¡Ah! de todos modos debes mostrarte indiferente, ¡no alterarte por un hombre! – dijo ella con la voz agria y aguda, voz joven y experimentada a la vez de una Déjazet a los setenta años.–¡Los hombres! Y éste es peor que los demás. Hablamos de un guapo caballero que almuerza todas las mañanas en tu casa y nunca te ha preguntado de donde sale el dinero para ir al mercado. ¡No digas que no! yo conozco a ese pájaro; estaba con Léo en la época que ella vivía en la edificio donde vivo yo. Él pagaba su sastre con los billetes de Leo. ¡Te digo que es cierto! Un día me encontraba allí cuando ella le reclamaba una suma, y el no quería devolvérsela; necesitaba dinero para ir al café, ¡o a algún otro lugar! No, es demasiado tonto dejarse estafar de ese modo. ¡Oh! sé bien lo que vas a decirme. ¡Lo amas! ¡tú lo amas! Una buena broma a mayores, el amor. Hija mía, tú no eres de tu tiempo. ¿Es que acaso se ama hoy en día? Bueno, en las obras de teatro, para hacer llorar a los burgueses, pero es bien sabido que no se consigue. Sin duda, sin duda, eres joven y quieres divertirte, lo entiendo. Esa no es una razón para perder el tiempo en tonterías, ¡como una ingenua! Sea la fiesta si el corazón te lo pide. Hay mujeres a las que le gusta eso. Que le vamos a hacer. Pero debes ser razonable, reflexiona. Bonita como eres, es vergonzoso que no tengas ya tu apartamento y tu coche. ¡Mirad a Rose Flaman! ¡He aquí una que no se deja engatusar por los actores! También dos casas en Bougibal, y letras del Tesoro, querida. Pero, tú, te lo advierto, si no pones a ese tenor de patitas en la calle, no llegarás a nada y serás desgraciada como las piedras. ¡Me dará igual cuando seas limpiadora de pisos o barrendera de calles, tras haber cantado dúos con tu ruiseñor de cartón!
La pequeña Thomasson, que hablaba a Rose de este modo, como buena compañera, cumplirá trece años el año que viene, el domingo de Pascua.

II

¿Hay pájaros que gorjean en los árboles? ¿Hay entre la hierba, flores que se recogen riendo para hacer ramilletes? ¿Existen niños que juegan todo el día, al aire libre, al sol, luego se duermen por las noches, cansados y felices sobre las rodillas de la madre que los mece con una bonita canción? Y, esas muñecas que se ven detrás de los escaparates de las tiendas de juguetes, ¿se las regalan realmente a pequeñas muchachitas que las visten, las denudan y las acuestan con tiernos arrebatos?
La pequeña Thomasson lo ignora, siempre lo ha ignorado. Bueno, si sospecha que en los árboles hay pájaros y flores entre las hierbas y niños acunados por las madres y muñecas mecidas por las niñitas, es que alguna vez pudieran haber figurado en las canciones o en los guiones que se le dan a memorizar.
Hija de una portera de un pequeño teatro que había sido vendedora en el Châtelet, nació y creció en la fétida atmósfera de los largos pasillos oscuros y las estrechas escaleras donde van y vienen, con juramentos soeces y sucias palabras, los aprendices de maquinistas y el tropel de figurantes. A los cinco años llevaba cartas a los camerinos de las actrices, merodeaba de la mañana a la noche entre bastidores. En lugar de sol, gas; en lugar de los frescos paisajes y los jardines floridos, la pintura de las telas de los decorados de fondo; por cielo las cintas de aire que tiemblan como una colada que se ha puesto a secar; y, mientras no le era revelado nada de todo lo que quieren saber las ingenuas curiosidades de la infancia, aprendía todo lo que puede mancillar y pervertir el joven candor de una alma. Los impudores de la desnudez en los camerinos entreabiertos, los abrazos en los pasillos mal iluminados, parejas que no se inmutaban por su presencia, y todas esas bajas aventuras, las citas concedidas en respuesta a notas llevadas por una acomodadora, las idas y venidas de viejas vendedoras de flores llevando ramos; todo eso la envolvía.
En honor a la verdad, aprendía mal, a fuerza de ver, sin comprenderlo aún, como un escolar aprende por corazón, a fuerza de leer, una lección demasiado complicada para su edad; y, siempre ingenua, pero repitiendo las palabras que oía, cínicas o libertinas, imitando los gestos, las actitudes que observaba, tenía un no sé qué de inocencia infame. Algunas veces se despertaban en ella unos instintos de una vida diferente, instintos alegres y encantadores. Un día, durante el ensayo de una opereta, miró durante mucho rato, detrás de un decorado un hilo desenrollado que un maquinista había dejado allí, y, bruscamente, – aunque tal vez ella no hubiese visto nunca saltar a la cuerda, – tomó el hilo y se puso a saltar a la cuerda con entusiasmo. Un corista, en traje de cortesano del país de los Sonetos, consideró que la niña molestaba su entrada, y de un empellón la envió rodando a un rincón, gritando: «Date prisa en apartar tus pies de ahí, tonta» Ella pensó que no estaba bien saltar a la cuerda. Otra vez, – por la mañana– sentada sobre el peldaño de piedra, delante de la entrada de artistas, seguía con su larga mirada asombrada y triste a las muchachitas que iban por grupos con una cesta al brazo y libros en la mano, y, volviéndose hacia su madre que barría el pasillo, le dijo con voz temblorosa por un apasionado deseo: «¡Oh!, mamá a mi también me gustaría ir a la escuela!» ¡La Sra. Thomasson le propinó una bofetada! La niña se resignó, suponiendo que no era decente ir a la escuela.
Pero esos momentos eran raros y fue cambiando cada vez más. Comenzaba a gustarle, comprendiendo, el mal que había a su alrededor. Sí, ¡comprendió! ¡a los nueve años! El vicio tiene esas precocidades. Hay prímulas envenenadas. Había encontrado personas – no entre los artistas, sino entre las personas que viven de ellos, y en torno a ellos, y que son a un teatro lo que los patanes son a un ejército, – personas que había encontrado para que le explicasen las cosas, como se suele decir para educarla. Y la caída de esta pequeña alma fue irremediable cuando la Sra. de Thomasson, – no se puede mantener sin hacer nada a un hijo que cuesta los dos ojos de la cara– se decidió a ofrecer a su chiquilla al director para representar un papel de princesa inocente en una comedia que se estaba montando.
La muchachita representó el papel, y, por su aplomo de pilluela depravada, a fe mía que tuvo mucho éxito. Se la solicitó en todos los teatros, para todas las obras en las que había una niña. ¡Éxito tras éxito!
A partir de ese momento ya estaba formada; pues, lo que había podido quedar todavía de natural infancia lo perdió en los artificios de la escena, ya no fue ella nunca más, no volvió a pronunciar palabra alguna más que con el tono que le había sido enseñado, no hizo ni un gesto que el autor no hubiese indicado, y acabó por ser, al cabo de algunos meses, a los doce años, e incluso en la vida real, no una joven actriz sino una espantosa mujercita de teatro. Al mismo tiempo, comprendiendo cada vez más, adquiriendo extrañas experiencias, se convirtió en una criatura perfectamente perversa, y, por desgracia, absolutamente consciente.
Esos eran los antecedentes por lo que la noche de la centésima cena, daba consejos de moral a Rose Mousson tras la cortina de cretona rosácea, y porque, acabando la cena, – mientras los últimas parejas, un poco achispadas, se hablaban muy cerca, en voz baja, bajo el amanecer que se adivinaba en el aire a través de los cristales, después de apagar las velas y que la Sra. Thomasson, ¡la madre! completamente ahíta de viandas, se aferraba a una botella de chartreuse amarillo, – ella dijo a la gruesa Constance Chaput pesadamente tumbada sobre tres sillas en el fondo del comedor: «Ya está, iré a verte mañana, después del ensayo, pero no se lo digas a Leo, porque, imagínate, si supiese algo, me arrancaría los ojos, ¡tenlo por seguro!»

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes