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ROSA FLAMAN
Hacia el final
de la cena, alguien, bajando la voz, preguntó a una de las mujeres:
–¿Qué le ocurre a Rosa Flaman esta noche? Ríe con furor; y, riendo de ese modo
muestra sus dientes que parecen querer morder.
La mujer se echó sobre la espaldera de su silla y respondió tras el abanico:
–¿Cómo? ¿No lo sabe usted? Su amante ha sido condenado hoy por la audiencia. Eso
la pone nerviosa; y además ha bebido para aturdirse.
Rosa Flaman la oyó. Llenó de chartreuse verde un vaso que vació de un solo
trago; y con los codos sobre el mantel, las manos en los cabellos y las uñas en
la piel de las sienes, muy roja, sudorosa, con los ojos desorbitados, – sin
embargo bella, pues ninguna emoción podía alterar el perfecto esplendor de su
rostro – se puso a hablar violentamente, como en una borrachera de feroz
alegría.
«¡Eh! sí, condenado. A veinte años de trabajos forzados. Veo que está usted
enterada. ¿Y qué? ¿Acaso soy culpable de lo sucedido? Si alguien debe lamentarse
soy yo. Me he comprometido por culpa de ese imbécil. Se me ha hecho ir a
declarar al jugado de instrucción. Me he salvado por los pelos. Y se me ha
obligado a comparecer ante la corte para testimoniar. Era divertido, en un
asunto como ese. También he declarado tanto como he podido, y por prudencia.
Señora, comprenda usted, la caridad bien entendida no comienza por los demás. Él
me ha dejado decir, no se ha atrevido a desmentirme. Volvía la cabeza,
enrojecía, casi lloraba. ¡Un niño! ni dos centavos de carácter. ¡Uf! se ha
acabado. Veinte años. No volveré a oír hablar de él. Pero usted verá como este
asunto me ha de perjudicar. En París hay muchos prejuicios. Están los
extranjeros que felizmente no saben. Es igual, me sacarán los colores cuando se
me reproche ser la amante de un artista.
«Le contaré toda la historia.
«Hace cinco años, cuando Valentin vino a mi casa por primera vez era muy joven.
Creo que ya era famoso. Hacía estatuas, grupos, en mármol y bronce; mujeres
desnudas y hombres con cascos, que levantaban sus brazos para batirse.
Gladiadores, como se dice. Hacía también grabados – unos cuadros sin color según
otros cuadros. A causa de todo esto se hablaba mucho de él, se le habían
concedido medallas en la Exposición. Yo no lo conocía de nada, pero él me
explicó su posición enseguida. Me dijo también que yo era bella como ninguna;
que, por haberme visto en la Puerta de San Martin donde yo representaba entonces
el papel de la hada Aventurine, – con un elegante vestido, ¿lo recuerda? – se
había vuelto loco. Y frases como esta: «Yo, como artista os admiro, como amante
os adoro.» En definitiva que yo era su ideal. Y si quería servirle de modelo a
menudo y amarle alguna vez, él sería el más grande de los escultores y el más
feliz de los hombres. ¡Ah! si hubiese podido prever el final...lo pondría de
patitas en la calle sin duda.
«Las primeras semanas no me aburría demasiado. Iba a su taller casi todos los
días antes del paseo por el Bosque, y posaba sobre un estrado de terciopelo
rojo, para una Venus guerrera, al menos eso decía. Nada más que mis cabellos, y
un escudo en la mano izquierda. ¡Agotador! Pero yo estaba halagada –¡hay que ser
tonta! – oyéndole exclamar que yo era más perfecta y más triunfal que las diosas
de la antigüedad, como los héroes, durante diez años, se hubiesen matado entre
ellos por una mujer que no hubiese sido digna de mezclarse siquiera con la
multitud de mis sirvientes. Alguna veces se levantaba, se abalanzaba hacia mi,
me tomaba en sus brazos duros y sucios de arcilla,– a mi no me gustaba mucho eso
porque ante todo soy limpia, – o bien se arrodillaba, con los brazos elevados
hacia el techo, los ojos anegados en lágrimas, en éxtasis, recitando frases como
en las tragedias. Yo reía, él no era como los demás. Luego debía exponer la
estatua, y me había prometido que citaría mi nombre en los periódicos.
«En resumen, durante dos meses, fue bastante amable. Pero he aquí que una noche
se decidió a ir a mi casa sin advertírmelo. Precisamente yo estaba con un
caballero de Bruselas, – un magistrado que venía a hacerme una visita durante
las vacaciones. ¡Usted hubiese tenido miedo, se lo aseguro, si hubiese visto a
Valentin! Completamente pálido, con los ojos enrojecidos; y su pecho latiendo
como el de los actores en los dramas. Levantó una silla y la hizo oscilar en el
aire, con furia, silbando, con los dientes apretados: «¡Salga, señor, salga!»
Naturalmente el belga no articulaba palabra; pero no encontraba su sombrero, que
estaba detrás del tocador. Por fin puso la mano encima y se fue; tan solo antes
de partir me miró con aspecto piadoso y me dijo que lamentaba mucho que yo
tuviese semejante relación, que no resultaría nada bueno de eso. ¡Cuánta razón
tenía!
«Yo había estado sentada durante todo el rato y además no quería hacerle una
escena delante de todo el mundo. Pero cuando quedamos a solas le dije todo lo
que tenía en el corazón; que su conducta era ridícula y que era un maleducado;
que me había dado dos o tres mil francos en dos meses, y que una mujer no vive
del aire todo el tiempo; que eso no era suficiente renta por posar para la Venus
guerrera, y que no podía alejarme de personas que eran serias por agradar a un
artista. En fin, todo lo que debía decirle. Pero él, durante todo ese tiempo,
lloraba con cálidas lágrimas, – como ante los jueces esta mañana; ¡siempre como
un autentico niño! – y acabó por responderme, mirándome tristemente: «Eres muy
infame, – ¡menudo cara dura! – pero te adoro, y no podría existir sin ti. A
partir de hoy me hago cargo de todas tus necesidades. A Dios gracias gano
bastante dinero para que no tengas necesidad de engañarme.»
«De dinero, sí, no andaba mal, ganaba bastante. Y debo decir, – pues ante todo
soy sincera – que se autocompadecía mucho. Como no es fácil vender estatuas, se
puso a trabajar para el comercio; hacía dibujos para relojes, lámparas,
candelabros. Por las noches, toda la noche en alguna ocasión, hacía grabados
para los vendedores de estampas y para los periódicos. En definitiva, con que
pagar la renta del apartamento donde me había llevado a vivir con él, y con que
comer. Pero, yo se lo pregunto a usted, ¿es que yo podía vivir así? ¡Yo había
tenido coche! y, ahora, cuando salía, taxis. Así, vestida como una burguesita.
Poco a poco me iba decepcionando con él. Porque veía perfectamente que era un
egoísta, y que no me amaba. Si en realidad me hubiese amado ¿ no se le hubiese
destrozado el corazón viendo que yo no tenía más que tres o cuatro vestidos y
que llevaba sombreros de cincuenta francos? ¿Es que no hubiese comprendido, sin
que nadie se lo dijera, que yo era demasiado joven y demasiado hermosa para
continuar viviendo de ese modo? ¡Eh! Dios mío, habríamos podido ser amigos; él
podría venir a verme de vez en cuando. Pero no, él me quería toda entera, para
él en exclusiva; y le daba igual que yo fuese desgraciada como las piedras.
Incluso alguna vez se lamentaba de verse obligado a hacer «oficio», como él
decía; de haber renunciado al arte. En fin, reproches. ¡Eso era demasiado! ¿Es
que yo no había renunciado a nada? ¡Ah! los hombres son todos iguales.
Encuentran perfectamente natural que una se sacrifique por ellos, pero cuando
les llega el turno de hacer algo por nosotras, el más pequeño de los
sacrificios, ¡nos lo echan en cara alegremente! Al final su ingratitud me
encolerizó, y, una vez en la que me había dado dos billetes de quinientos
francos para pagar a mi costurera, – me había dicho: «¡los últimos!» con aire de
echarlos de menos, – a fe mía que estallé; le arrojé en las narices, claramente,
que un hombre es un canalla cuando conserva a una mujer sin tener con que
hacerla feliz; que se molestaba mucho por dos billetes de banco; que si no tenía
mas podía conseguirlos puesto que era grabador; y que decididamente yo tenía
bastante con arrastrar la miseria para sus bellos ojos. ¡Creí que me iba a
matar! «¡Miserable!» gritó, y me arrojó por la escalera, empujándome por los
hombros. Un día señor, como ve usted. Pues, veamos, los hago a ustedes jueces,
¿que había dicho yo fuera de lugar?
«A raíz del incidente creí que me dejaría tranquila, que me había desembarazado
de él. ¡Ah!, sí. Yo debía ser su víctima hasta el final.
«Una buena mañana – yo vivía en la calle Saint-Georges desde hacía quince días,
– él cayó en mi recibidor en el momento en el que yo ponía mi sombrero para ir
de compras; se arrojó a mi cuello, sollozando y besándome, y me gritó: «¡Haz tus
maletas! Partimos para Italia esta misma noche! Fíjate, fíjate, mira, ¡soy
rico!» Había extraído de su bolsillo un gran billetero y lanzaba por el aire
fajos de billetes. ¡Ustedes piensan que me sorprendí! «¿Has heredado, mi
pequeñín? – ¡Eh! no, respondió estallando en una risa maliciosa; tú me has
aconsejado hacer billetes de banco y yo los he hecho » Naturalmente no creí ni
una palabra de lo que me contaba. Yo había dicho no sé qué, en el fragor de la
discusión, quince días antes; ¿es que eso significa algo, una palabra dicha así,
al azar? Con toda seguridad él había heredado. Y además yo no tenía razones para
investigar de donde provenía su dinero. ¡Eso no era de mi incumbencia! No se
debe ser indiscreta. Me senté sobre sus rodillas y le dije al oído que estaba
muy contenta de verlo en una actitud tan razonable; se había dado cuenta, – mas
valía tarde que nunca, – que hay que ser rico para amar a mujeres como nosotras;
enhorabuena; y, como yo nunca había sabido decirle no, como siempre hacía sus
cuatro voluntades, estaba dispuesta a partir con él.¡Ah! durante tres años, por
Italia y Austria, fue una bonita vida, ciertamente! ¡Éramos un príncipe y una
princesa de viaje! Únicamente Valentin me irritaba porque siempre me arrastraba
por todos los museos y, a menudo, permanecía días enteros alicaído y taciturno
sin decir una palabra. Pronto deseé regresar a Paris. Me procuraba mucha alegría
la idea de que, rico como era, me compraría un palacete, caballos, coches.
¡Triste desilusión, hijos míos! No hacía veinticuatro horas que estábamos en
Paris cuando Valentin fue arrestado en la calle. ¡Un falsificador! ¡era un
falsificador! Había puesto en circulación, en Francia y en el extranjero, unos
trescientos mil francos en billetes falsos. La herencia no era más que una
tapadera. Me había engañado indignamente. Y el muy animal quería arrastrarme en
su delito. Todo lo que yo sabía al respecto se lo he dicho a los jueces, y ¡él
ira a presidio! Ustedes me dirán que no lo ha robado.»
Cuando Rosa Flaman hubo acabado este abominable relato, los hombres se
levantaron; y las mujeres, asimismo desconcertadas, buscaban sus abrigos sobre
la consola, en silencio.
Sin embargo, uno de aquellos que había cenado, – un extranjero, un ruso –
preguntó:
– Ese Valentin, señora, ¿es Valentin Lignerac?
– El mismo, Lignerac.
–Un gran artista! Siempre he deseado poseer alguna de sus obras.
–¡Eso es fácil! exclamo Rosa Flaman con la mirada encendida. Tengo en mi casa
dos estatuillas que me ha hecho hace tiempo; un Dafnis y una Cloe. Me gustaría
vendérselas si usted les pone el precio. Sepa usted que me ha costado bastante
conocerlo por lo que finalmente algo debía reportarme.
Traducción de
José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes |