LA SEÑORA DE PORTALÉGRE

¡La peste es temible, desde luego! Pero para todas las casadas y todas las solteras, la Señora de Portalègre es cien veces más temible que la peste. ¿Estás casado? Pues bien, escucha y sigue estos consejos: si estando en la Opera con tu esposa, ves entrar a la Señora de Portalègre en un palco vecino, levántate, pide los abrigos y sal inmediatamente del teatro, sin permitir incluso a aquella que lleva tu apellido echar un último vistazo a la sala; en el Bosque de Bolonia, si observas que el coche de la Señora de Portalègre sigue demasiado de cerca a aquel en el que tú te encuentras sentado al lado de tu esposa, no vaciles, ordena al cochero: «¡A casa! ¡aprisa! ¡a casa!» y si un día, entrando en tu casa, encuentras a la Señora de Portalègre riendo y cuchicheando con tu esposa, en el salón, entonces, ¡oh marido! olvida todas las conveniencias, repudia todas las cortesías, y, brutal como un carretero ebrio, toma a la Señora de Portalègre por el brazo y flanquéale la puerta: esto te hará pasar por un mal trago, ser expulsado de tu círculo, de tener cuatro duelos en ocho días; pero podrás al menos creerte más o menos seguro, – más o menos, pues no se puede jurar nada, – de que tu esposa no irá, al día siguiente o esa misma noche, a cenar en bella y mala compañía en algún cabaret dorado, y no inscribirá su nombre entre los de Anatoline Meyer y de Rose Mousson, sobre los espejos de un reservado particular, esos registros nocturnos de las adulteras en el champán.
Pues los contagios emanan de la Señora de Portalègre como un perfume sale de una rosa.
Además se muestran tan perversas como ella. Ser desenfrenadas y depravadas: engañar a sus maridos y a sus amantes, arruinar a los unos, luego a los otros; no es sorprendente que una gran dama se prenda de su criado, ni de pálidas muchachas, morenas y pelirrojas, que se hablan en voz baja en los pequeños teatros, detrás de los tresillos de los palcos, mirando girar bajo la luz eléctrica los maillot rosados de los bailarines; tener curiosidades extrañas, y satisfacerlas: esperar en coche, durante la noche, después del estreno de una revista, ante la puerta por donde salen los artistas, una respuesta a algunas señas o a alguna carta, entrar, con el velo levantado, en los salones donde se marchita sobre la chimenea un ramo que ellas han enviado la víspera, saber direcciones de antros que se le han dicho en voz baja, y que ellas a su vez dicen al cochero en voz alta; eso, entre otras cosas, pueden hacerlo, como la Señora de Portalègre. Pero no hay una que sea en igual grado tan peligroso y fatal. ¿Por qué? porque ella es adorablemente elegante y bonita, preciosa y exquisita; porque lleva uno de los más hermosos apellidos de Francia y tiene cuatro cientos mil francos de renta y un millón de deudas; porque, bajo uno de los últimos reinos, tan joven entonces, inventando placeres y fiestas, realizando quimeras, poniendo todo su poderío al servicio de todo deseo, ella fue una de las dos Amigas, – la otra era la Señora de Soïnoff; porque ella es todavía la más deliciosa al mismo tiempo que la más vil, ¡la más ilustre a la vez que la más infame!
La Señora de Portalègre es el mal ejemplo, encantador, deslumbrante, célebre, –irresistible.
Además, tiene de horroroso que no es consciente de su poder; ella lo conoce y se divierte ejerciéndolo; ha deseado el mal que provoca. Tal vez una cólera de sentirse culpable, – ¡pues no hay conciencias completamente muertas! – la empuja imperiosamente a querer que todas sean tan culpables como ella. Despreciándose, tiene necesidad de despreciar a las demás; corrompida, corrompe para tener semejantes. Cada caída que provoca la consuela de haber caído, apacigua el vago remordimiento que tiene. «¡No podía ser una mujer decente, puesto que no hay ninguna mujer decente!» Ella se justifica por el crimen de las demás, y su ignominia le proporciona una especie de honor.

I

Un día del invierno pasado, hacia el mediodía, regresando de no sé qué ceremonia en la iglesia de Saint Philiphe du Roule, estaba sentada ante la chimenea, calentando sus pequeños pies en las brasas, con la cabeza apoyada sobre la seda del sofá, retirando sus largos guantes con un gesto cansino y soñador.
Arrodillado, cerca de ella, con los codos en los brazos del sofá, el Sr. de Lurcy-Sevi la miraba de cerca, encantado al ver temblar bajo su aliento la pequeña gargantilla de oro blanco que ella tenía bajo el mentón.
Sin levantar la cabeza ella dijo con voz lenta de quien se aburre:
– ¿Era la Señora de Lurcy-Sevi, verdad, esa mujercita delgada, bastante bonita, vestida de negro, que estaba sentada en uno de los bancos de la iglesia?
Él respondió, irritado, frunciendo el ceño donde aparecieron unas arrugas:
–Sí, era ella.
Entonces ella se levantó violentamente, tomó un jarrón japonés sobre la chimenea y lo rompió en veinte fragmentos contra la cabeza de león de uno de los grandes morillos de cobre.
– Pues bien, mi querido Raul, ¡hay que acabar hoy mismo! Concédame el placer de salir de mi casa y no volver a poner los pies en ella.
Él pensó que ella bromeaba pero estaba muy pálida, con la mirada dura, donde se vislumbraba la ira, y, como él la adoraba, tembló, fue cobarde.
–¡Oh!, dijo, siempre arrodillado y tendiendo los brazos hacia ella, me dice usted esto para darme miedo, ¡estoy seguro! Usted no es celosa, es imposible que sea usted celosa. Usted sabe bien que yo no amo a mi esposa, puesto que desde hace tres años todo mi amor es para usted. Créame si le digo que yo apenas conozco a la Señora de Lurcy-Sevi, que jamás la he mirado, – ¡como te miro a tí! ¿Dice usted que es bonita? es posible; no lo sé. Era una niña cuando nos casaron. Ella no podía amarme, tan joven, y yo, yo ya la adoraba a usted, pregunte, no se lo impido. La habitación de mi esposa y la mía están separadas por las restantes habitaciones. Yo le hago alguna visita de vez en cuando en el salón donde ella recibe amigos que no son los míos. Y yo ceno en el circulo, y paso allí mis veladas, cuando usted no me abre su puerta. Reflexione en todo eso y no me despida, no me rompa el corazón. ¡Es usted tan cruel haciéndome daño como loca al estar celosa!
Ella iba y venía por la habitación, crispando sus largos y frágiles dedos.
–¡Odio a su esposa! y, por culpa de ella lo detesto a usted. ¿Por qué se viste de negro, y de un modo tan simple, como una burguesa de luto? Usted es rico sin embargo y ella podría tener los vestidos de su mundo. No vestidos de diez luises. Como una esposa de empleado. Y ni un diamante. ¿Por qué? ¡Eh! yo lo sé muy bien: porque ¡yo soy la mujer mejor vestida de París, y yo tengo cien mil francos en joyas!
Él al principio no comprendió. Respondió:
–La Señora de Lurcy-Sevi tiene gustos muy sencillos...
– ¡Que hacen destacar mis gustos caros y lujosos! ¡Ah! el juego que ella practica no es la primera vez que lo veo. Ella es victima, se resigna. Confiese que jamás se queja, que solamente está un poco triste, con unas sonrisas lánguidas y la mirada baja? Y siempre, en sus labios la misma cantinela: «Como usted quiera, amigo mío» Estoy segura. Ella se humilla, ella, su esposa, para humillarme a mí, que soy su amante. ¡Quiere tener el mundo para ella! el plan está claro. Cuando más yo brillo ella más se apaga. Lo contrario de lo que yo hago lo hace ella para que se establezcan comparaciones. Por la mañana va a misa, mientras yo paseo por el Bosque. A la hora en la que pruebo vestidos en casa de mi modisto, ella hace sus visitas de caridad en los barrios pobres. ¡Va a vísperas, el domingo del Gran Premio! y como todo el mundo sabe que yo salgo del baile a las tres después de medianoche, ella se acuesta desde que el sol se pone, tras haber rezado sus oraciones ante su sirvienta. Además tiene pocas relaciones en la alta sociedad. Viejos amigos solamente, amigos de su familia, que van a cenar con ella una vez por semana, –¡qué cenas! ¡tan ordinarias como en una pensión! – y que se retiran muy temprano tras haberle estrechado la mano, suspirando. ¡Ah!, desde luego, ¡el plan es muy astuto! «¡Pero es un ángel, esta pobre Señora de Lurcy-Sevi! Ella podría, como tantas otras, consolarse del abandono en el que la tiene sumida su marido; no, no, ella prefiere sufrir en silencio, y él nunca ha tenido nada que decir al respecto.» Estas palabras las escucho, ¡créame! pues se apresuran a pronunciarlas expresamente cuando estoy presente. Pero entonces, si su esposa es un ángel para todo el mundo ¿en qué me convierte a mí? en una pordiosera. ¡Ah! mire usted, ya tengo suficiente con las alabanzas que le arrojan y que para mi suponen otras tantas injurias. ¡Su simplicidad se burla de mi, su piedad se mofa, su virtud me ultraja! No quiero volver a oír hablar de ella ni de usted. ¡Váyase! Déjeme. Váyase.
Él comprendía finalmente a esta mujer, espantado.
–¿Me echa usted?
–Sí.
–¿No me volverá a recibir?
–No. A menos...
–¿A menos que?...
–A menos, ¡caramba! dijo ella riendo con risa maliciosa, que su esposa se vuelva como las demás y que tenga un amante, ¡como yo!

II

Dos meses más tarde, él regresó.
–¿Cómo? ¿Usted por aquí? exclamó ella, sorprendida.
–Sí, aquí estoy. ¿No ha consentido usted en recibirme el día en que la Señora de Lurcy-Sevi...
–¿Tuviese un amante?
–Pues bien, dijo él con una sonrisa, está hecho, tiene uno.
Ella se frotó las manos, como una niña alegre.
–¿En serio? ¿Es cierto? ¿No será un cuento para reirse de mí que usted me está contando? ¿Su esposa tiene un amante?
–Sí.
–¿Ella lo ama?
–Ella lo adora.
–¿Es amada por él?
–Es adorada.
–¿Y se sabe?
–Se sabe.
Entonces, riendo con todos sus bonitos y crueles dientes, se aproximó al Sr. de Lurcy-Sevi, y, con las mangas colgando, le depositó en el cuello uno de sus tiernos brazos desnudos. Pero, sonriendo siempre, él la aportó suavemente.
–No me ha preguntado usted todo, dijo él.
–¿Que debo saber aún?
–No sabe usted quien es el amante de mi mujer.
–¡Ah! sí ¿quién es?
–¡Dios mío! señora, soy yo.
Y salió dando un gran saludo.

¡Pero esta derrota es la única que jamás haya padecido la Señora de Portalègre! Y aún así no me atrevería a afirmar que haya sido definitiva. Quién ha sido vencida por el marido tal vez pueda ser victoriosa con la esposa. Adán hubiese resistido, pero Eva se dejó tentar; y la serpiente del Edén era sin duda una culebra. Es sabido que ahora la Señora de Lurcy-Sevi no lleva más que vestidos de doscientos francos, ¿quien sabe si no ha sido la Señora de Portalègre quien le ha dado la dirección del costurero de moda?

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes