LA SEÑORA DE VALENSOLE

El Señor de Valensole entró furiosamente en la salita de su esposa, arrojó sobre la mesa una carta abierta, arrugada, y dijo con rechinar de dientes:
–¡Vos me engañáis, señora!
Ella miró a su marido, luego a la carta, continuó arrancando una a una, con gesto despreocupado, algunas hojas marchitas de una gardenia, y respondió tranquilamente:
–Sí, señor, así es, os engaño.
–¿Confesáis – gritó el marido – que sois la amante del conde de Vaugueray?
–¿Por qué habría de negarlo? vos lo sabéis. Pero no lo sabéis todo – añadió, tomando una flor que se puso en el tercer ojal de su blusa.
–¿Que tengo que saber todavía, miserable?
–Muchas cosas, os lo aseguro. Que soy del Sr. de Vaugueray es algo incuestionable en este momento. Pero también he sido cariñosa con el Sr. de Penalva, un español: quizás hayáis leído en algún periódico, el mes pasado, mientras estabais en Holanda, una anécdota bastante picante en relación con una caseta de baño en Trouville, que, bruscamente abierta bajo un golpe de viento, permitió a todo el mundo observar a «una de nuestras más bellas mundadas» y a «un joven extranjero» obligados a mantenerse muy cerca el uno del otro debido a las pequeñas dimensiones de la caseta? El extranjero era el Sr. de Penalva; la mundana era yo. Eso es lo que ha pasado. En cuanto al futuro, me da la impresión de que no será de vuestro agrado. He dejado de amar al conde de Vaugueray. Muy provinciano, aunque parisino. Un deportista casi palafrenero. En fin, no distinguido del todo. Es muy comprometedor. ¡Vos mismo harías bien en renunciar a verlo! Pero me ha presentado a uno de sus amigos, el Sr. Georges Strudelle, capitán del estado mayor, un hombre más cabal. Os lo recomiendo. ¡Oh! todavía no ha habido entre nosotros más que sonrisas y ligeros apretones de mano de un flirteo absolutamente irreprochable. Pero siento que hace progresos. Gana terreno. Ya ha conseguido ser recibido, incluso cuando no es mi día. En fin, entra dentro de lo posible que en breve cometa alguna locura por él, a menos que no haga una tontería por ese tenor de Milán, tan pálido y moreno, vos ya sabéis, que nos ha cantado la pasada semana la serenata del Barbero en casa de la Sra. de Portalègre.
El Sr. de Valensole había tomado, de la repisa de la chimenea, un pesado candelabro de bronce japonés, y amenazante, con los ojos inyectados en sangre, lo tenía levantado sobre la cabeza de su esposa, quien no cesaba de hablar.
–¿Vais a matarme? – dijo ella sonriente.–¡Oh! podéis hacerlo. Pero tened cuidado: esa brutalidad os privará de la única satisfacción que podéis esperar en el estado en el que estáis; me refiero al de conocer la causa de vuestra desgracia. Por añadidura, ese asesinato sería una injusticia. No soy yo la culpable; sois vos. Si tenéis el mal gusto de querer proporcionar un hecho luctuoso a los periódicos, en buena lógica deberíais pegaros un tiro en la cabeza en lugar de rompérmela a mí.
Él escuchaba, idiotizado de horror. Ella se sentó en un sillón bajo, e inclinando la cabeza hacia atrás, con la nuca sobre la seda del respaldo, continuó hablando negligentemente.
– ¡Erais el mejor y el más encantador de los maridos! Joven aún, elegante, sin mal humor, preocupado por agradarme, y agradándome. Además, muy mundano, muy rico, e incluso no concibiendo que se pudiese dudar de pagar una sonrisa de joven esposa agradecida, me dabais y compartíais conmigo todos los placeres y todos los lujos. ¡Ah! ciertamente el marido modelo, con el que sueñan sobre las almohadas llenas de confidencias las pequeñas internas de los conventos donde se comienza a aprender la cuadrilla cruzada y el vals desde que se ha hecho la primera comunión. También yo os amaba con todo mi corazón, con un amor muy sincero, casi profundo. Y me encontraba feliz, no deseando otra cosa que serlo al día siguiente como lo era hoy; y sabed, caballero: jamás se me pasó por la cabeza dejar, aunque solo fuese por un instante, mi mano en la mano de otro hombre que no fueseis vos; orgullosa de mi felicidad y de la virtud que le debía, despreciaba a todas las vanas y culpables mujeres que ceden a las pecaminosas tentaciones, – ¡ni siquiera yo tenía tentaciones!– y deshonran el apellido que llevan.
«Pero llegó el día en el que vos ibais a hacerme una irreparable afrenta.
«Una noche salíamos de un pequeño teatro del bulevar. Soplaba el viento y llovía. Me estreché contra vos bajo la marquesina y os reíais cerca de mis labios, – teniendo prisa, desde luego, para regresar a casa – mientras el mayordomo acercaba el coche.
«Una vendedora de flores iba y venía, delgada, fea, casi harapienta, presentando bajo las narices de las personas un ramo de gruesas rosas rojas.
«No eran frescas esas rosas. Demasiado abiertas, casi deshojadas, con aspecto de una vieja sonrisa. Sin embargo, ¿cómo os lo diría? bajo el gas amarillo, en el gris de la lluvia y el viento, entonces me parecieron exquisitas, y, estremecida por el otoño, me extasiaba como una niña por esa primavera a dos centavos la flor.
«Os dije, más cerca de vos todavía:
–Regaladme una rosa, amigo mío.
«Pero el mayordomo ya llegaba, y vos respondisteis, desapacible, la primera vez:
– No, no, ¿para qué? Venid rápido.
«Subimos al coche. Con la cara pegada a la ventanilla vi alejarse a la florista, que todavía seguía ofreciendo sus flores rojas a los transeúntes. ¡Cometisteis un gran error, caballero, no regalándome esa rosa!
«¡Pues yo la quería!
«¡Oh! sin duda, hasta ese día, jamás me habíais negado nada, colmando mis más mínimos deseos, e incluso aquellos que ni yo misma me daba cuenta en desear. Todas las bellas telas y los raros encajes; los delicados muebles que pueden servir a las parisinas puesto que han servido a las japonesas; los coches ligeros que tienen alas en lugar de ruedas, y los finos caballos que de ellos tiran, ¡los tenía! Tenía un palacete en París y un castillo en Touraine. Habíais comprometido dos años de vuestros emolumentos para pagar mis deudas en la joyería Worth para que tuviese un collar de diamantes negros, ¡iluminando de llamas sombrías la blancura de mi cuello! Pero yo había querido una rosa y vos os atrevisteis a negármela.
«¿Habéis leído un cuento de Théodore de Banville, titulado El Carruaje? Un cuento, no, un poema adorable y poderoso, eterno y moderno, divino y real, como si se hubiese debido a la colaboración de Orfeo y Balzac. Allí, en algunas páginas, el autor afirma y pretende demostrar que «el mejor medio de perder a las mujeres es mostrarse cobarde, aunque tan solo sea un minuto.» Pues bien, Théodore de Banville se ha equivocado, ¡una vez! Pues yo os lo digo – y creo habéroslo probado suficientemente, – existe un medio mejor de perder para siempre la admiración, es decir el amor de una mujer; es, después de haberle dado tanto, ¡negarle una sola cosa! aunque le hubieseis dado todos los tronos de todos los imperios, basta con negarle nada más que una de las flores marchitas que venden por la noche en los bulevares las harapientas floristas.
«Así es: las mujeres son una dominadoras eternamente insaciables, a quien todo falta desde el preciso instante que les falta algo, por insignificante que sea. Conseguid para mi las estrellas, sea; pero traedme ese pequeño guijarro del camino. Exijo los enormes sacrificios, es cierto, pero no puedo ignorar que pasen de las más pequeñas trivialidades. Me gusta ser obedecida, en todo lugar, a toda hora y de todos modos. Si Cleopatra, cenando, discutió con Marco Antonio, tal vez fue porque tras haberle dado de beber perlas, él no le ofreció de inmediato una frágil fresa rosa que estaba en una cesta de frutas, y de la que ella tenía ganas en ese preciso momento.
«Tras vuestra negativa a regalarme la rosa, ya no fuisteis para mí el hombre al que tanto había querido durante tanto tiempo. Yo no me había mostrado agradecida con vos, desde luego – ni lo hubieseis querido ni tampoco os lo debía; – pero concebí un sordo y duro rencor, más profundo que lo que había sido mi amor. ¡En un instante mi deseo no había sido vuestra única regla! ¿Cómo era posible que, durante dos segundos, distraído, habiéndome entendido mal, o temiendo mojar vuestros pies en el barro, hubieseis tenido un pensamiento no acorde con el mío y os hubieséis resistido a mi capricho? ¡Lo hicisteis peor todavía! no comprendiendo lo que había de bello abandono y de amoroso mimo por mi parte no pidiéndoos precismante al rico y generoso, sino a vos, el amante, un objeto de tan poco valor. Si me hubieseis dicho, a propósito de un vestido de veinte mil francos o de un caballo que hubiese ganado el gran premio de Paris, o de no importa que otra cosa cualquiera que un millonario puede pagar: «¡No lo tendrá!», probablemente os hubiese; pero no podía perdonaros el no haberme ofrecido lo que se siempre puede ofrecer, y sea quien sea, ¡un enamorado! Irritada, humillada, mi corazón dejó de perteneceros; y, un día de aburrimiento o de rabia, – un día en el que había visto pasar una florista por la calle, – me entregué al primero recién llegado porque vos no me habíais regalado una rosa.»
En un estado terrible por haber escuchado eso, él iba a echarle las dos manos al cuello, apretar su garganta, estrangularla. Ella le dijo, siempre con una sonrisa en los labios.
–¡Ah! ¡vengaos, puesto que es vuestro vulgar capricho! Pero si muero, y si, invadido por un remordimiento tardío, tenéis la intención de llevar alguna ofrenda a mi tumba, no se os ocurra depositar sobre la lápida un ramo de rosas, pues ¡me levantaría de mi ataúd para arrojároslas a la cara!

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes