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LA SEÑORITA ABISAG1 Uno de estos
martes pasados, ascendía por la gran escalera de la Comedia Francesa. Me detuve,
maravillado, y me incliné lleno de respeto; pues era un espectáculo, a la vez
encantador y venerable, el de esta joven muchacha, esbelta y tan perfectamente
bella, sosteniendo, peldaño tras peldaño, el entrecortado descenso de ese lento
e impedido anciano. ¡Absolutamente bella, en efecto! con el candor un poco frío,
altivo y augusto que tienen las flores de lis y las vírgenes. Sin embargo se
curvaba, se humillaba, filial y servil. Y no tenía en la mirada, en la actitud,
ni orgullo, ni resignación ni un exceso de ternura que habría podido parecer
afectado. Ella no buscaba las miradas y no las evitaba tampoco. Se comportaba
con gran sencillez. Evidentemente, el hábito y la satisfacción de cumplir con su
deber hacían que encontrase natural llevarlo a cabo. Fue Así como Cordelia ayudó
al rey Lear a descender del trono2 . Yo adivinaba toda una
vida de grave e inocente sacrificio, de inconsciente heroísmo. Además, como esa
noche se representaba Edipo Rey, del Sr. Jules Lacroix, me puse a pensar en el
Edipo en Colonia, de Sófocles, y pude oír en mi recuerdo el divino suspiro de
Antígona: «¡Lo que no resulta dulce para nadie me lo parece a mi cuando lo
sostengo en mis manos!» «¿Te has fijado bien en el general? Es odioso, con sus ojillos inyectados en sangre y bilis, como, bajo la hinchazón de sus párpados, siempre derrama una sucia lágrima; con su piel gris, parecida a la de la tierra seca, y donde se agrietan, aquí y allá, unas ulceraciones de viejas heridas; con su boca caída, de donde cuelga y se mueve, cuando camina sacudido por temblores, una lengua no rosada, sino blancuzca y exangüe. Jamás tan abyecto rostro ha mancillado la mirada de los hombres y las mujeres desde que el principe Saratoff se ha podrido bajo tierra, ¡lo que no debe hacer mucho tiempo!, diría el enterrador de Shakespeare. Y si se pudiese ver el alma del general, parecería más inmunda que su cara. Antes de llevárselo, ¡el Diablo, que tiene sus detalles de delicadeza, deberá lavársela!» Por muy distraído que seas, has debido escuchar veinte anécdotas que todo el mundo comenta, y que son ciertas. Se cuenta en las embajadas la razón de que el entonces coronel Glinckosch, en 1863, en Viena, debió ser borrado de las listas del ejército; el proceso no tuvo lugar por orden del emperador; y las dos víctimas – ambas se casaron a continuación con dos burgueses de Budapest – fueron confinadas en un convento en los alrededores de Salzsburgo; una de ellas se volvió medio loca. Desde los diez años que hace que se ha retirado y que vive en Francia, el general ha podido, gracias a su inmensa fortuna, – ¡una renta de dos millones de florines! – evitar los escándalos demasiado llamativos; pero circulan rumores en voz baja difíciles de refutar. Se sabe lo que ha ocurrido, en más de una ocasión, en el pequeño palacete de la avenida Hoche, que tiene tres entradas; no se ignora que, a consecuencia de una oscura aventura, una sirvienta normanda, llegada la víspera de su pueblo, fue encontrada una mañana detrás del palacete con un pañuelo en la boca, y las manos atadas con unas ligas. Incluso aún sin llegar a consumar el crimen, los vicios del general son singulares y temibles. Pregunta en los bastidores de los pequeños teatros o en las cuadras del Hipódromo, a las muchachas facilonas que de ordinario desconocen la timidez y las reticencias; las más temerarias no te contaran palabra alguna sin no poca congoja de las extrañas cenas y de las fiestas a las que Glinckosch las ha invitado en unos salones dispuestos como las pequeñas casas de los Fronsac y las de la Popeliniere. Qué cuadros estaban colgados en las paredes, qué dibujos dispersos sobre los muebles, y de que comedias han sido las protagonistas, – pues se representan comedias en casa del general, – solamente dos o tres se han atrevido a confesarlo, turbándose, casi completamente enrojecidas. A día de hoy, las más intrépidas que son tentadas en vano por intermediarios que muestran billetes y oro, ¡no consienten en acudir a casa de ese horrible hombre!, pues la perversidad de sus exigencia se ha exacerbado del mismo modo como los años han abolido definitivamente sus fuerzas; y la gruesa Constance Chaput, que, sin embargo, ha sido durante tres meses la amante del actor Vassang, y, durante ocho días, la amiga de la pequeña Thomasson, ha rechazado tajantemente los mil luises que debía encontrar en la palangana de una alcoba infernal. Pues bien, escucha esto: a ese monstruo, feo, vil, terrible, temido por las prostitutas, una jovencita de dieciocho años, pura y bella, – sí, la que has visto antes – ha venido a ofrecerse una mañana sin ser solicitada, con resolución, y, por la noche, ¡infame Abisag!, ha dormido al lado del abominable anciano» Interrumpí a
Valentin con un gesto de horror. «Nada mejor que ser bella, y desde luego, su belleza, su encanto, su juventud, podría entregarse por completo a algún apuesto y orgulloso hombre joven, – marido o amante, – ¡que le aportaría un gran goce entre unos brazos vigorosos! ¡Amar, ser amada, ese es el sueño eterno y encantador! Pero ser pobre es horrible, incluso cuando son dos; incluso cuando se adora, la miseria, la habitación sin muebles, la despensa vacía, la chimenea sin leña, y todo el día el timbre sonando por la visita de los acreedores que hablan en voz alta delante de la puerta, y las noches inquietas a pesar de la ternura de los besos, y el rencor, sobre todo, de ver pasar en carruajes a mujeres vestidas de seda y encajes, mientras que una tiene que ir a pie, en ropa barata, llevando el último par de trapitos al monte de piedad más próximo. ¿Por qué no convertirse en una puta, como tantas otras? Sí, podría ser. Pero también es horroroso entregarse sin amar. Además, el éxito es incierto; aun siendo bonita y joven, y en un abrir y cerrar de ojos se cae muy bajo, enseguida; y, como una se aja pronto en el arroyo, enseguida se puede convertir en una cinta marchita, que ni los mismos carreteros desean sus servicios. No, lo que hay que hacer es buscar la ocasión de enriquecerse de pronto, de una sola vez. ¿A qué precio? ¡Poco importaría! puesto que si una se vuelve verdaderamente rica, bastante rica para ser libre, puede a continuación ser feliz a su antojo. No digo que no sea un razonamiento culpable, pero Abisag lo ha hecho como tantas otras miserables criaturas. Y encontró la ocasión – ¡tal como quería, precisamente! y, con una brusquedad resolutiva que, en otro ámbito de ideas y en otras circunstancias hubiese sido admirable, agarró esa oportunidad como un ave de rapiña toma con sus garras un pajarillo. ¿Por qué paciente voluntad, o por que concatenación de azares se produjo el acontecimiento? Lo ignoro, es inútil saberlo. Ahora, la sana y serena niña, ¡perfuma y encanta la alcoba del odioso David! No muestra ningún disgusto, sonríe consintiendo en todo. Y he aquí que, a cambio de su cama caliente y de su vieja sangre que se reaviva, el general Glinckosh ha comprado tres casas a Abisag, le ha dado montones de diamantes, y sumas de dinero, y más que tuviera. Pero eso era poca cosa. Ella le obligó a redactar un testamento que la nombra como heredera universal. Cuando el viejo haya muerto, ella poseerá ¡cuarenta millones de florines! Ahora bien, el morirá pronto, dentro de algunos días, mañana tal vez. No es que ella haya concebido jamás algún brutal y pueril proyecto... ¡no está tan loca! Existen otro medios. Virgen todavía, – ¡puesto que el es tan viejo!– ha adquirido, tomando consejos y leyendo libros, acerca de las más espantosas ciencias del pecado y la condenación. Joven puta, es una despiadada cortesana, la paciente devoradora. ¡Ah! ¡cuántas nauseas y arcadas! y ¡ganas de estrangular entre sus manos vengadoras esa garganta que vibra de placer! Pero no, no, no hay que apresurarse; no hay que comprometer un éxito seguro. Todavía dos o tres sonrisas más, alguna caricia, todavía un solo beso y será liberada, y entonces se entregará a aquel que ama, ¡triunfalmente rica, y pura!» –¡Basta!
¡basta!– exclamé.– Si tal mujer existiese, darían ganas de apagar todas las
estrellas y de pisotear todas las rosas. Pero, afortunadamente estás mintiendo.
¡Eh! sí, mientes, o, si lo prefieres expresar de otro modo, te lo estás
inventando. Pues Abisag, que sólo ella habría podido contarte esta espantosa
historia, se guardaría mucho de revelártela. Notas del traductor: 1.Abisag aparece en el Libro de los
reyes como una doncella que servía y calentaba al viejo David; aunque fue la
última de sus esposas, no mantuvo relaciones con él. Traducción de
José M. Ramos |