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LA SEÑORITA
LAÏS
París acaba de
conocer con estupor la aventura de esa inteligente y hermosa muchacha de alta
alcurnia que de repente, como en un estallido, se ha convertido en puta. Ni
periodo de transición ni de adaptación. La caída ha sido súbita, directa; un
salto del balcón a la calle. El viaje que en coche la condujo desde el untuoso
palacete familiar de la calle de la Universidad al coqueto lupanar del bulevar
de Corucelles, alquilada por una intermediaria, ha sido el más corto posible.
Hace una semana nadie se hubiese atrevido a desearla; bruscamente se ha
entregado a todos. Los más audaces no habrían tenido siquiera la osadía de rozar
con un soplido la punta de su pequeño dedo enguantado; ahora ustedes podrán,
esta noche, durante la cena, – si les apetece y ella les gusta – conocer el
sabor del champán en sus labios.
El pasado invierno tuve el honor de ser presentado a su familia; todavía veo el
amplio salón un poco oscuro, con las paredes adornadas de antiguas tapicerías,
el techo de madera de nogal negro, y ante la alta chimenea, una gran anciana,
flaca, de cabellos canosos, que se encontraba sentada con el busto recto y las
manos juntas sobre las rodillas, saludando con una muy lenta inclinación de
cabeza.
Quedé impresionado de un modo muy particular por esa caída en el arroyo; la
curiosidad me impelió a tratar de averiguar la causa.
En su recibidor, estrecho, calido, acogedor, donde el pesado aire tenía el olor
de un aliento demasiado perfumado y casi una tibieza de piel, las incandescentes
brasas de la chimenea iluminaban las sedas amarillentas de las paredes y los
sofás. Como un vestido demasiado gastado por el uso se veían el dorado de las
sillas y los cien abalorios de los candelabros y del lustre, de modo que cuando
entré, tintinearon con el pequeño ruido claro de un sombrero chino de cristal.
Entre las dos ventanas, de las cuales una no tenía cortinas, pues los tapiceros
están llenos de desconfianza ya que enseguida se acaba aprendiendo el camino del
monte de piedad, se extendía un mullido diván, con un dosel blanco de
terciopelo, con la lasciva pereza de una cama donde se duerme durante el día.
Como me detuviese, entristecido, ella se acercó a mí, un poco desasida entre los
encajes de una bata gastada y ajustando con una mano su moño de donde pendían
unos bucles; muy blanca y sonrosada, fresca de juventud y de colorete, oliendo a
carne y almizcle, más que bella, ¡espléndida! Y, ardientemente, sin ser
interrogada, incluso antes de que yo hubiese dicho una palabra, comenzó a hablar
con un tono triunfal en la voz y en la mirada.
« ¡Soy yo, sin duda! Usted ha querido verme, pues mire. ¿He cambiado? seguro que
sí. ¿Se acuerda usted de la damita que le ofrecía una taza de té bajando la
mirada? Son más bonitos mis ojos ahora cuando los elevo. Y puede usted besarme
si el corazón se lo pide. He aquí en lo que me he convertido, lo que me he
hecho. ¿Por qué? Se lo voy a explicar. Mostrarle todo lo que pienso, desnudar mi
espíritu. Ya comienzo a acostumbrarme, ¡venga!
Es posible que haya mujeres que hayan nacido decentes, pero yo no soy una de
ellas. Uno de mis antepasados se casó con la amante de un rey que había estado
en la casa Fillon; lo mío ya viene de atrás. Llevar bajo un vestido un corsé que
aplasta el pecho, tener pantalones de algodón que llegan hasta los tobillos,
adornarse el pelo con cintas, hablar en voz baja, aguantar la respiración para
enrojecer mejor, diciendo: «sí, señor» o «no, señora» es lo que he hecho durante
diez años, pero nunca he podido acostumbrarme a ello. Me retiraba a mi
habitación, luego, con la puerta cerrada, bailaba casi sin ropa, riendo,
gritando, alborotando todos mis cabellos. Y pronto supe lo que quería gracias a
los libros que se leen por la noche y que abren los ojos. Entonces me dije:
«¡Adelante!» ¿Resistir? ¿para qué? puesto que ya me sentía vencida por
adelantado. Si hubiese permanecido con mi familia habría caído una noche
cualquiera en los brazos del primero que hubiese subido la escalera; si me
hubiese casado habría engañado a mi marido, a mi amante, a mis amantes. De falta
en falta, de vergüenza en vergüenza, ¿a donde hubiese llegado? al lugar en el
que ahora estoy. Y ese lento descenso, escalón por escalón, tan infame como la
brusca caída, habría sido además hipócrita y cobarde, y no me hubiese producido
mas que imperfectas delicias siempre perturbadas por la necesidad de la astucia
y la mentira, por la preocupación de mi reputación, por el temor de una palabra
indiscreta, por el espanto de ser sorprendida o estar bajo sospecha. Lo que
debía ser finalmente, mejor valía serlo de inmediato, violentamente, – ¡la
audacia es una especie de excusa! – el devenir en plena juventud, en plena
belleza, y no vieja y cansada; el futuro antes de que mi deseo se hubiese
aletargado en amargas o incompletas satisfacciones, – sentarme a la mesa con
todo mi apetito. ¡Eso es por lo que he precipitado mi destino, por lo que me he
prostituido siendo virgen! Ahora, estando perdida del todo, siendo una de esas
criaturas que se entregan o se venden, que llenas de una inalterable alegría,
arruinan familias, deshonran razas, secan los corazones y matan las almas, me
solazo en la constatación de mi suerte, en la satisfacción de mi instinto, en
toda la expansión de mis fuerzas, como el músico o el poeta, cuya vocación
durante mucho tiempo reprimida, se expande y disfruta de su obra realizada.»
Era un monstruo y me espantaba, pero no lo suficiente al mostrarse encantadora.
Yo no sabía que decir; además no era yo quién tenía por misión sermonearla ni
poder para convencerla. Balbuceé cinco o seis palabras, entre las cuales ésta:
«la estima». Ella prorrumpió en carcajadas.
«¿La estima? ¡Ah! eso, eso es lo que usted piensa en serio que podía bastarme,
¿la estima? Vamos, razonemos. Usted compone poemas, escribe novelas o dramas,
¿no es así? Para aquella de sus obras en la que usted hubiese expresado todo su
pensamiento, toda su pasión, todo su arte, ¿se conformaría con un éxito de
estima? ese éxito que consiste en aprobaciones moderadas y educadas, en juicios
como este: «¡Oh! desde luego no se puede más que felicitar al autor por sus
buenas intenciones; sus ideas, que nada ofrecen y sorprenden, están expresadas
en un lenguaje completamente conveniente...» ¡Vamos pues! lo que usted sueña, es
decir los entusiasmos y las aclamaciones, deben verse metidos en el mismo saco
con odios y ultrajes; es toda la multitud sacudida por su obra, es el ruido y el
inmenso tumulto. Pues bien, mi poema, mi novela o mi drama (ella se aproximaba
con la bata más abierta), hela aquí, y yo solicito para él todo el glorioso
clamor de las admiraciones apasionadas. Bien las vale, ¡se lo aseguro! No quiero
ser llamada «chica decente», del mismo modo que usted no quisiera ser calificado
como un «escritor honesto». Si en el ardiente concierto de las alabanzas se
añaden gritos maledicientes o risas de desprecio, que me importa: ¡el estrépito
aumenta con ellos!
¿Además está usted seguro de que a mí o a mis semejantes se nos desprecia tanto?
Mire a su alrededor y escuche. ¿Cuáles son, en el Bosque o en el teatro, los
coches o los palcos que se señalan? Los nuestros. ¿Cuáles son, en los libros y
periódicos, en las conversaciones mundanas, los vestidos que se describen, las
bellezas que se detallan, las palabras que la gente repite? ¡Las nuestras, las
nuestras! Y más aún: se celebran nuestras virtudes. ¡Sí, nuestras virtudes!
Nosotras nos hemos mostrado «muy chic» durante el asedio, nuestra caridad es
proverbial. Por haber cantado: Es en la piel de la espalda donde se me clava un
alfiler, en beneficio de las inundaciones del Sahara, o: Cuando se busca una
zorra se me encuentra, a favor de los incendios del Polo Boreal, la mayor de las
casquivanas es mucho más alabada y santificada que la valiente mujer que suda de
la mañana a la noche manejando la maquina de coser para educar a un crío que
ella misma ha recogido un día, gimiendo entre sus ropas, en un rincón de la
calle, cerca del agujero de la alcantarilla. Cuando una de nosotras informa de
la muerte de su padre, un hombre muy digno aunque borracho, que venía los
sábados por la noche, –¡los días de paga!– para sonsacarnos unas monedas de
cuarenta céntimos en la cocina, se respeta, se venera, se exalta su dolor
filial. ¡Nosotras, no solamente somos las triunfadoras, somos las honradas! Una
vez, un poeta cenaba a la mesa de un burgués; tras haber mirado
complacientemente a las tres hijas del anfitrión, preguntó al padre educadamente
con tono interesado: «¿Cuál de estas jóvenes señoritas destina usted a la
prostitución?» ¡Esto no había sido dicho con intención de bromear! ese poeta
podía, e incluso debía hablar ese modo. Pues, sería absurdo ponerlo en tela de
juicio, el oficio de puta es hoy, como otros oficios, una función social,
reconocida útil, admitida, protegida. Como el albañil, como el ingeniero, como
el farmacéutico, como el banquero, – como el soldado o como el sacerdote, –
tenemos un estado, ejercemos una industria. ¡Y nuestro oficio, en muchos casos,
se eleva a la condición de arte! Al fin y al cabo estamos en una sociedad
moderna, nosotras, las putas de París, venidas de Pontoise o de Batignolles, lo
que eran en la sociedad antigua, las cortesanas de Atenas, que procedían de
Mileto o Lesbos. Todo eso está de tal modo reconocido, que las propias mujeres
decentes, que todavía nos envidian, ya no nos odian; comprenden que somos
diferentes las unas de las otras, pero que nosotras tenemos el derecho de ser lo
que somos, tan bien como ellas tienen el derecho de ser lo que son; que nuestra
situación y la suya, diversas, son iguales e igualmente legítimas. Todavía no ha
llegado la hora de la estima mutua, de la alianza entre las dos especies
rivales, ¡pero acabará llegando! Hoy en día, ¿cuál es la joven esposa o la madre
que duda en pasar por los bulevares, sentarse en los jardines donde el suave
ruido del arrastre de nuestras largas colas rumorea sobre el asfalto y desplaza
los pequeños guijarros? ¿No ha visto usted, hace tres años, en una deslumbrante
fiesta, en la Opera, a las más irreprochables grandes damas acoger cortésmente
en sus palcos y saludar con una sonrisa absolutamente desprovista de desdén a
las bellas muchachitas impúdicamente desvestidas que mostraban sus piernas y sus
pechos para vender, a cinco luises la pieza, flores y programas?»
¡Oh! que fácil me hubiese sido refutar esta abominable teoría! Pero,
precisamente irritado de tanto descaro, consideraba más vengar la moral
ultrajada humillando a la orgullosa criatura, inspirándole algún pavor. Hablé
duramente del futuro, reservado a sus semejantes, de la innoble vejez tras la
radiante juventud, de la miseria tras los esplendores, del abandono...
Ella me interrumpió con un nuevo estallido de risas.
«¡Historias antiguas! ¿Acaso hay alguna de nosotras que siendo anciana no es
rica? ¿Es que no tienen casas en la avenida de la Opera, chalets en Montmorency
y bonos del Estado? ¿Acaso no invitan a cenas, a bailes y no protegen a los
artistas? ¡Ah! mire usted, es que hoy en día las cigarras son hormigas; nosotras
ahorramos, en el deshonor, como se dice algunas veces aún – ¡pronto dejará de
decirse!– para dar la limosna a las ancianas mujeres decentes. Pero, aun cuando
incluso la antigua leyenda de los funestos desenlaces no fuese una quimera, poco
importaría. Portera con gorrito harapiento enamorada de un gato sin pelo o de un
perro lanudo, limpiadora de palcos, barrendera, trapera con los ojos enrojecidos
y la nariz negra de tabaco, admito que me convertiría en una de esas
desgraciadas; que tal es el fin lógico de nuestras existencias. ¿Dónde estaría
el daño? ¿No habría encontrado por adelantado, en tantos placeres y gloria, una
compensación a esos temores y degradación? Además ¿con qué derecho podría
quejarme de lo que sería inevitable, necesario, justo? Todos los finales son
lúgubres. Es una ley a la que nadie puede sustraerse. El soldado, joven y audaz
en el combate, no siente su valor disminuido por la idea de que, más tarde,
viejo tosiendo y escupiendo, sufrirá hasta la muerte a causa de sus viejas
heridas, y la fornida campesina que lleva sobre la espalda las gavillas y los
sacos o que va a lavar en la fría fuente la ropa del esposo y los hijos, poco le
preocupa la parálisis o el reumatismo que pronto la postrarán sobre una silla,
ante la puerta, al sol.»
El mal era irremediable; todo lo que yo hubiese podido responder no habría
tenido efecto alguno. Además esas bocas blancas y rosadas que forman los
pequeños pliegues de las batas, son, aunque mudas, singularmente turbadoras y
persuasivas. «Después de todo, me decía, dos horas más tarde, bajando la
escalera, no hay nada de espantoso en todo esto; puesto que esta desgraciada
muchacha es, evidentemente, una criatura excepcional.» Sin embargo, como soy
proclive a extraer de todo una moral, concluyo de la aventura – encendiendo un
cigarrillo – que las madres de familia actuarían sabiamente no dejando leer
todos los libros a sus jóvenes hijitas, no llevarlas demasiado a los teatros
donde se representan operetas, y sobre todo alejarlas de ciertas fiestas de
caridad donde pequeñas actrices vienen a recolectar billetes de banco, con
diamantes en los ojos y en las orejas; pues esos diamantes, demasiado fijamente
mirados, pueden producir fenómenos de hipnotismo y, en consecuencia unas
neurosis que el doctor Charcot estudiaría con el mayor interés, pero que le
serían, al menos eso creo, difíciles de curar.
Traducción de
José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes |