LA SEÑORITA ANTÍGONA

I

Genoveva era la nieta de un anciano escritor, casi ilustre antaño, más o menos olvidado hoy, pero que todavía se le recordaba con cariño cuando, por casualidad, alguien lo mencionaba. ¡Fue deslumbrante y soberbio! mezcló su audacia con las generosas temeridades del comienzo de este siglo, corrió riesgos en peligrosas batallas, tuvo su parte de gloria en el triunfo. A la vez que célebre, era guapo, con cierta impertinencia; atrevido en su cortejo, tanto como en sus versos, dejando flotar sus largos cabellos rubios que se hubiesen dicho movidos por una brisa de lirismo. Aventurero por otra parte, como un poema de capa y espada, tuvo veinte amores extranjeros y famosos, subió, por escalas de seda a ventanas entreabiertas, no sin llevar entre los dientes, en caso de la presencia de un marido incómodo, el acero de alguna daga traída de Toledo. Antiguas locuras, viejas rimas. Hoy es bajito, curvado, inclinada sobre un hombre, su cabeza que oscila, deja caer su labio, cerrados a medias los ojos, y, completamente enclenque cuando una tos lo sacude, tiene alrededor de la frente mechones de cabellos blancos, igual a un arbolillo invernal al que el viento dispersa la nieve. Alguna vez – cuando están presentes jóvenes hombres de letras – se ilumina en sus tiernos ojos el recuerdo de antiguas luchas y viejos nombres, y su palabra abundante, sonora, altiva, se derrama en gloriosas historias: ¡el viejito se convierte en un guapo anciano! Pero son esporádicas esas resurrecciones. Raramente abandona su sillón cerca de la estufa durante el invierno; en el verano, ante la ventana, no habla mucho, no escucha, masculla por instantes no se sabe que palabras, con aire descontento, siempre tembloroso, baboso, bosteza, se aburre, se duerme. Genoveva vive sola con su abuelo, cuidándolo y consolándolo. Ella no se casará, para dedicarse por entero a su deber. Es buena, sencilla, augusta.

II

Genoveva tiene dieciocho años. En sus gestos se manifiestan todas las gracias, todas las músicas en su voz. En la transparencia de su piel, más pálida bajo el oro de sus cabellos, se mezcla ese vago azulado que tienen las blancuras inmaculadas. Queda un poco de cielo en la nieve. Su boca de labios finos parece una fresca rosa, y los dientes parecen un rosario de perlas. El azul casi verde de sus grandes ojos reposados que nunca parecen turbarse, es infinito; por ellos desfilan ensoñaciones como un vuelo de cisnes. pero no solamente es hermosa. Tiene ese encanto supremo, casi divino: la pureza. Se ven árboles, en la primavera, tan tiernamente verdes de hojas nuevas, tan blancos de pequeñas tímidas flores, que jamás ningún sombrío pájaro o enojoso augurio debe posarse jamás en ellos; nunca un mal pensamiento ha rozado la mente de Genoveva. Las palabras que dice, raras, perezosas, dulces, tienen el sonido del cristal de las perfectas ingenuidades, dejan entrever santas ignorancias. Ella es la reencarnación del mismísimo candor, visible, incuestionable, que confunde al deseo y apenas permite el amor; cuando parece tan castamente bonita, grande, esbelta, un poco pálida, ningún poeta pagano podría adorarla en un verso, –¡no, ni siquiera Virgilio! – pues su porte no es el de una diosa, sino el de un ángel.
Tal es la evidencia de su pureza que ninguna sospecha ha podido alcanzar a esta muchacha huérfana, viviendo sola, casi libre, junto a un anciano que la cuida mal.
Algunos maledicientes, en voz baja, tratan de insinuar que el abuelo es pobre, muy pobre, teniendo como único recurso una pequeña pensión de la Sociedad de escritores; sin embargo hay cierto lujo en el domicilio, muebles confortables, aquí y allá figuras preciosas de porcelana; que Genoveva lleva vestidos cuya modestia no excluye una cierta elegancia costosa; en definitiva tienen sus gastos; ¿de dónde obtiene ella el dinero? Lo que es cierto es que jamás ha trabajado; la leyenda de su colaboración, bajo seudónimo, en periódicos de moda, es absolutamente absurda: hay un misterio en la existencia de Genoveva.
Pero hay que hacer callar a esas malévolas personas, diciéndoles: «¿Qué es lo que pensáis?» El mundo parisino, poco respetuosos con las cosas y las personas, rodea con una veneración tierna a la bella y pura muchacha, que se vuelca, tan joven, con un anciano; y se la llama señorita Antigona, con unas sonrisas no exenta de una ironía que sin embargo no es maliciosa.

III

En una ocasión ¡Justin Bernier no aguantó más! Hacía más de un año que adoraba a Genoveva, no atreviéndose a decirle nada, no atreviéndose apenas a mirarla. Pero, hoy, transportado por un cariño exasperado, casi pasional, tendría valor. Iría a su casa, se arrodillaría, le diría enfáticamente: «¡Os amo!» ¿Y por qué no habría de casarse con ella? Él era joven, había conseguido una medalla en el último Salón de Exposiciones, tenía cierta fortuna. ¿El abuelo? ¡Eh! no lo abandonaría. Serían dos en el hogar cuidando de él. Y además, ¡se preocuparía bien del viejo! Amaba a Genoveva y quería ser amado por ella: se trataba de eso, de eso solamente. Corrió por las calles, importunando a los transeúntes; en la escalera tuvo que detenerse faltándole el aliento.
El abuelo dormía en el comedor, cerca de la estufa; Justin fue introducido en el salón; la criada le dijo: «La señorita lo recibirá enseguida.»
Él salón era encantador, aunque formal. Pequeño, con aspecto de un saloncito serio, con cortinas opacas que no dejaban transparentar la luz del día, con flores aquí y allá, que sonreían soñadoramente en los rincones sombríos, era dulce, triste, tranquilo, aislado, como lejano. Era bien cierto que ella vivía allí; Genoveva, dulce también, tranquila también, solitaria. Justin sentía a su alrededor esa presencia invisible que la larga estancia de una persona deja en un lugar familiar. El diseño, un poco taciturno, de los muebles, recordaba actitudes resignadas, acodamientos pensadores, y, en la gracia profunda, azulada por la penumbra, se intuía el infinito de los ojos que se habían mirado allí como había en esas frágiles flores, blancas, perezosas, que se ocultaban, todo un florecimiento tímido de puras ensoñaciones. Extasiado de estar rodeado de ella, caminaba, yendo y viniendo, a pasos sordos, mirando, tocando. En una biblioteca de madera negra había unos pocos libros: solamente poetas, aquellos que cantaron con la más inmaterial embriaguez las delicias del amor sin beso. Algunos cuadros en las paredes; acuarelas, pasteles, dibujos a lápiz rojo entre vagas desnudeces, unos ángeles volaban, abriendo sus alas pálidas, fluidas como el aire; jóvenes muchachas inclinadas sobre el agua miraban huir en la corriente el reflejo de sus pensamientos; más lejos, unos niños rezaban, arrodillados en una iglesia, ante una estatua de la virgen María que, desde un lis, mostraba las estrellas. Esos dibujos y esas pinturas eran de Genoveva, y Justin Bernier, asombrado, encantado, se preguntaba que artista, más hábil y menos inocente, habría podido poner tanta sincera devoción, en una iglesia, ante María, tanto candor en la transparencia del agua, tanto paraíso en el cielo.
Se detuvo cerca de una mesita, como apartada en un rincón más oscuro; allí se dispersaban, en el desorden del trabajo interrumpido, unas hojas impresas también, en las que se veían tachaduras.
Su curiosidad era culpable; pero desde que había llegado, ardía en deseos de saber lo que Genoveva dibujaba, lo que es escribía.
Y además, él también, se había inquietado a veces, a pesar de su amor, del misterio que había en la vida de Genoveva. ¿A qué se dedicaba para pagar el bienestar del que su abuelo estaba rodeado? ¿hacía acuarelas vendidas a bajo precio sin duda? ¿escribía en efecto en los periódicos de moda? Justin pensó que una mirada arrojada sobre esos papeles en desorden le confesarían tal vez la verdad.
El salón estaba poco iluminado y debió inclinarse para ver.
¡Apenas pudo emitir un grito de horror! esos esbozos eran borradores de infame pornografía; las líneas que leyó, – ¡esas líneas de una larga y fina escritura de mujer! – describían con palabras abyectas las más monstruosas escenas de una abominable obscenidad, y, temblando, creyéndose loco, perdido, reconoció que las hojas impresas, –¡corregidas por Genoveva! – eran las pruebas de un libro famoso e inmundo, del que un editor belga anunciaba su próxima publicación.

IV

Cuando Genoveva entró en el salón Justin ya no estaba allí. Había huido, espantado. Ella no se sorprendió de esa desaparición; tan solo le parecía insólito. Pero, aproximándose a la mesa, se estremeció y palideció. ¡Imprudente! en su precipitación ella no había pensado en esos papeles. ¿Tal vez él los hubiese visto? Se tranquilizó poco a poco; el salón estaba a oscuras. Pidió una lámpara, Luego, sentada, inclinada bajo la tulipa, con el dulce oro de sus cabellos iluminados por la claridad, se puso a trabajar, apaciblemente, con una sonrisa pura en los labios, levantando a veces, con aire de pedir consejo a algún divino inspirador, el azul casi verde de sus grandes ojos reposados, infinito, dónde, como en un vuelo de cisnes, desfilan ensoñaciones.

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes