LA SEÑORITA ZULEÏKA

Nada emborracha más abominablemente que un vaso de ginebra nueva, bebido de un solo trago, tras una larga caminata al sol, en algún albergue rosa y negro del Tirol situado al borde de una cuesta dando la impresión que va a caerse, dejando colgar sobre la carretera la hiedra y el lúpulo de su tejado como si de largos cabellos se tratase.
Tras el tercer vaso, mi compañero de viaje observó entre la humareda ocre del pino húmedo, a los bebedores que nos rodeaban, – caras largas y gruesas, impasibles, que, bajo un sombrero gris coronado con una pluma de un verde dorado, fumaban largas pipas blancas, – aspirando el olor de los jamones colgados y acodado sobre la mesa, exclamó sin mediar palabra:
– ¡Nuestro enemigo no es nuestro jefe, es nuestra amante! ¿Cómo se llama su Dalila? No importa, usted es Sansón. Mientras usted duerme a su lado, ella afila sus tijeras en silencio en el pedernal de su corazón. ¡No se ría de esta metáfora! Es el corazón de las mujeres lo que es de alabastro, no su seno. ¡Todo mal proviene de ellas! Nosotros somos los lobos devorados por esos corderos. La maldad femenina es ubicua y eterna. Por Helena se perdió Troya, y por Sita la isla de Ceilán, al igual que Lola casi hace perder Munich y Lolo quebrar la Banca de Bélgica. Desde Semíramis1 , la paloma con pico de hierro, – para no remontarnos demasiado atrás en la historia, – hasta la mayor de las señoritas Rissler, la mujer siempre ha sido igual; hay poca diferencia entre la función de la señorita Anatoline sonriendo, bajo las palmeras de cinz de Mabille2 , a los abogados de provincias o a esos jóvenes hijos de familia bien, a los que Suzanne Lagier ha llamado los pequeños «hijos públicos», y la de Cleopatra, que, bajo las palmeras de esmeralda de los jardines de Alejandría, dejaba acercarse a ella a los hermosos esclavos nubios; una recluta, la otra educa; resultado idéntico: el hombre sucumbe, destrozado.
–¿Está usted achispado? – le dije.
–Todavía no – respondió.
Y continuó:
– No considero fuerte a un hombre porque pueda sostener un mundo como Atlas, o tres mundos como la tortuga hindú; no admiro más que con reservas a Milon quien de un buey vivo se hacía un abrigo, y al atleta que prometió dar tres vueltas al Jardín aclimatado llevando el gran elefante cargado con veinticuatro bebés, diez niñeras y un número igual de militares. El hombre verdaderamente fuerte es aquél que permanece en pie bajo esa cosa ligera, fugaz, imponderable, que se llama la sonrisa de una mujer; sea esa mujer la hija de su portera o la prima de su aguador.
«Antes la lucha era posible. La mujer tenía una arma dulce y cruel, la coquetería, pero había medios para defenderse de ella. A la coquetería el hombre respondía mediante la impertinencia. Celimena3 estaba segura de que podía más que Alceste; él era ingenuo y franco, lo llevaba mal el pobre; ¡pero los Marqueses eran adversarios temibles! Se mostraban frívolos y vanos como ella. Ser casi una mujer es un buen medio de vencer a la mujer. ¿Cómo hacer para torturar a un amable hombre, que, a la hora de la cita, se preocupase cien veces más de los bucles de su peluca que de los cabellos de su amiga, y se esfuerza, cayendo de rodillas, en no arrugar los encajes de su chaleco? Por desgracia, la lucha ha cambiado de carácter. Como uno se imagina el cañón Krupp después de la ametralladora, la mujer, después de la coquetería, ha inventado el flirteo.
«Eso es formidable. La coquetería se dirigía al espíritu, al corazón; el flirteo, sin ambages, abiertamente, ataca los sentidos del hombre; ¡resiste si puedes, pobre diablo! «Mira mis brazos, mis hombros, – ¡toda la carne a plena luz!» La mujer se atreve a todo para conquistar; la seda de los vestidos, entre el mantel, después de las trufas y el champan, busca la tela de los pantalones; el extremo del zapato roza la punta de la bota; mientras que, en la mesa, la inclinación languideciente de los bustos desvela misterios cálidos y corsés que bostezan. ¿Y por qué se ofrecen de ese modo? para rechazarnos. «¡Fíjate, mira!... No, no lo tendrás.» ¿Sabe usted lo que se experimenta? Ganas de estrangularlas. Pero el estrangulamiento no sería admitido en algunos salones. Es necesario encontrar otra cosa.
–¿La ha encontrado usted?
–Desde luego. La impertinencia bastaba para dar réplica a la coquetería, para el flirteo hay que responder mediante...
Dudaba.
–¿Y bien? – le dije.
–¡Mediante la impudicia! ¿Qué se ofrecen? Tomémoslas. De golpe. Con dientes y uñas. No durante una cena o en un baile, – esa conducta podría llamar la atención, y conviene evitar el escándalo, – pero en su casa, al día siguiente o el posterior, durante una de esas visitas íntimas con las que a menudo se placen en llevarnos al extremo mediante desnudeces perversas. ¿Ha visto usted en el zoológico a los leones hambrientos saltar hacia la carne que se le arroja? Sigamos ese ejemplo. Le propongo fundar una sociedad mutua de seguridad contra la barbarie del flirteo.
– ¡Rayos! sus procedimientos son violentos y peligrosos.
–¿Eso cree usted? Razonemos. De dos cosas una: la seductora dará la alarma o no. Si no llama a nadie, todo a pedir de boca en el más discreto de los salones.
– ¿Y si grita?
–Entrará el mayordomo y usted será puesto de patitas en la calle. Pero la seductora, aterrorizada por la severa lección que usted le habrá infligido, tal vez dude en recomenzar con otros su infernal maquinación, y ¡usted habrá salvado de la rabia o de la desesperación a un número considerable de valientes y francos muchachos!
Llegado a este punto de mi relato, quisiera encontrar una fórmula de juramento que nunca ha de ser traicionada, para persuadir a mis lectoras que yo nada tengo en común con el protagonista de esta historieta; su teoría me parece monstruosa, –¡el nihilismo del amor!– y si me he atrevido a exponerla, es únicamente por el temor de que algún otro lo hiciese con una gracia que yo no tengo: lo que habría podido hacerla parecer menos detestable. Estoy comprometido en interés de la moral.
Él prosiguió:
–Lo he intentado. Había ido a Weimar, – en la época en la que se iba a Alemania, – a escuchar los dramas líricos de Richard Wagner. ¿Conoce usted Weimar? una ciudad que es un bosque de rosas.
«Fui presentado a la señorita Zuleïka Cohen. Cohen porque había nacido en el barrio judío de Frankfurt; Zuleïka porque era la hija de un poeta persa.
«Ese poeta persa era alemán como el vino del Rhin . Pero había traducido a Ferdusi o a Keyam, no sé cual de los dos. De ahí, una gran celebridad. Entre los compatriotas de Goethe, no es muy difícil ser excesivamente original. Decir a una mujer: «¡Mi Leila!» es lo último en galantería; y aquellos que llaman al ruiseñor Bulbul, pasan por ser una especie de prodigios.
«En cuanto a Zuleïka Cohen, era un monstruo.
«Diecisiete años, un poco gorda, un poco redonda, con unas mejillas sonrosadas que quieren ser mordidas, una boca que revienta como un fresón maduro, ojos de color de aguardiente tostada; y, alrededor de esa carita cálida y llena, exhalando perfumes de carne, unos cabellos castaños, casi morenos, pelirrojos por zonas, se retorcían, se desplegaban, volaban, haciendo pensar en no sé que aureola de diablesa, completamente maltrecha de besos.
«Depués de cenar en el comedor del hotel del Principe Carlos, ella se mostraba de un modo terrible entre los hombres, incluso en presencia de su padre.
«En falda corta (pues aprovechaba lo que le quedaba de infancia para enseñar, de unas piernas torneadas como las de Artemisa, solamente la gruesa pantorrilla), desplegando fuera de un corsé de muselina las redondeces duras de su busto, que lucían, un poco blandas; iba, venía, corría, sonreía a éste cerca de los labios, miraba a aquél otro cerca de los ojos, y arrojaba a todos, como un irritante desafío, con su proximidad, bocanadas de calores íntimos. ¿Ha visto usted, en alguna barraca de feria, un malabarista que hace girar a la vez una veintena de platos sobre una mesa, apresurarse de uno a otro, sin cesar, para no permitirles ni un solo instante de detención? ¡Lo que el malabarista hace a los platos, Zuleïka nos lo hacía a nosotros! y, todos, encantados, extasiados, enloquecidos y torturados, jadeábamos, nos estremecíamos, sin tregua, sin fin. En cierta ocasión, ¡Dios me condene! se sentó sobre mis rodillas como un niño que juega y se echó a reir en mis barbas.
«Eso ya era demasiado.
«Al día siguiente se volvía a representar el Vaisseau Fantôme4 ; me senté al lado de Zuleïka, en la sala casi oscura.
«Escotada como para un baile, inclinándose y levantando un poco su corta falda, – más corta todavía. – para apoyar sus pequeños pies al borde de una silla, reía muy cerca de mí, balbuceaba, se removía, se acercaba, se frotaba, se ofrecía... – un cálido cosquilleo de detalles que nos dice: «¡Eh! bien, ¿te apetece?»
«Yo dejaba caer mis anteojos a su lado, demorándome mucho tiempo en recogerlos.
«Emitió un grito, luego se calló, ocultó sus pies bajo su falda, abrochó su corsé, pues ¡estaba desabrochado! cerro los ojos a medias y se recogió en su silla.
–¡Estaba vencida!– exclamé yo.
–Sí.
–¿Y por la noche, después de la cena? ¿se comportó con modestia? ¿un vestido largo? ¿un corsé alzado?
Mi compañero dudaba en responder.
–En honor a la verdad me veo obligado a decir, – confesó finalmente – que por la noche fue más impertinente que la víspera y se mostró más escotada que nunca.
Yo exclamé riendo:
–¡Es que vuestro ardid no valió de nada!
–No –dijo seriamente – es que yo había sido demasiado reservado.

Notas del traductor:

 1.Semíramis fue, según las leyendas griegas, reina de la antigua Asiria Se le atribuye la fundación de numerosas ciudades y la construcción de maravillosos edificios como Babilonia, con sus palacios y hermosos jardines colgantes. Conquistó Egipto y según la leyenda ascendió al cielo en forma de paloma. Aparece nombrada en la Divina Comedia como emperatriz de mucha gente y desenfrenada en el vicio de la lujuria.
 2 El baile Mabille era el establecimiento de moda en París. Estaba reservado, debido a su alto precio, a personas bastante acomodadas. En 1844 fue transformado en una especie de jardín artificial, de ahí la expresión “bajo las palmeras de cinz”.
 3 Protagonista femenina de El Misántropo de Molière.
 4. Ópera de Richard Wagner, compuesta en 1843 

Traducción de José M. Ramos
para http://www.iesxunqueira1.com/mendes